Ya decía Alvaro Gómez Hurtado que el régimen está destruyendo al país. Para él el régimen es todo aquel sistema o engranaje político que impide el desarrollo adecuado y el normal desenvolvimiento de los procesos institucionales. Lo que es evidente es que el régimen se ha apoderado de todo el país y de todas sus fuerzas vivas.

Lo que él llama régimen cualquier lego lo puede entender como “rosca”.  Aquel surco propio de los tornillos que debería llevar por nombre el de su ingenioso inventor sirve también para explicar de manera análoga todo aquello que permite que alguien encaje en un sistema. Esas características son a la larga las que constituyen el viciamiento de nuestro régimen, su corrupción en sí mismo.

De alguna manera, todo sistema requiere de piezas que encajen en él de acuerdo con unos parámetros previamente establecidos; así, lo que se busca de una secretaria es que escriba —o sea capaz de hacerlo— un determinado número de palabras por minuto, que sea hábil con el teléfono, que sea capaz de mantener un archivo en orden, etc.

Pero esos parámetros han variado, doblegándose ante los intereses personales. Ahora nadie busca una secretaria eficiente, los requerimientos son otros y las  características primarias han pasado a segundo plano. La buena ortografía se puede cambiar por unas buenas piernas, por unos buenos contactos o por unos voticos que nadie puede certificar, pues sólo los ingenuos políticos parecen creer a pie juntillas que sus electores y los diez o quince amigos que deben llevar para mantener sus puestos van a tachar —con rabia, eso lo deben presumir a ciencia cierta— sus fotografías de tarjetón, que en poco parecen diferir de una reseña judicial. Eso se ve en todo.

En el fondo de la nueva escala de valores subyace la necesidad perentoria de mantener el poder o de ejercerlo a través de otros y a control remoto. A la hora de la verdad no se sabe con absoluta certeza quién le hace el favor a quién, pues el empleado se ve directamente favorecido al obtener lo que quería, y su sustento por ahí derecho, mientras el empleador aumenta su cuota de poder y —como en un ajedrez— va cuadrando sus fichas para dar el zarpazo. Es una guerra de intereses creados alrededor del poder, que excluye lo fundamental, lo ideal, lo único que debería constituir un valor. Se excluyen las verdaderas capacidades y las necesidades de la oferta-demanda de trabajo.

Cada día importa menos la calidad profesional de los funcionarios públicos o privados porque el fin se ha desvirtuado por completo. Si antes la rosca era un medio ahora es un fin, el régimen se ha convertido en el fin. El fin social actual consiste en pertenecer a una maquinaria para favorecer los intereses personales de un cabecilla. Es como abonar un gran árbol para que nos dé su sombra. La más miserable forma de corrupción es aceptada en todos los niveles: «Lo malo de las roscas es no estar en ellas», es el decir popular y muy lejos estamos de penalizar esta forma de manipulación de los individuos y de las instituciones.

La descomposición de nuestra sociedad es el mejor caldo de cultivo para que esta nueva forma de esclavitud prospere hasta límites insalvables y volvamos a tener señores feudales a quien servir, tal vez en un paso insalvable hacia el desarrollo social de nuestros países tercermundistas, evolución que tendrá que darse primero que el ilusorio desarrollo industrial.

Medellín, 26 de abril de 1996

 

 

Posted by Saúl Hernández

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