El problema de la guerra en Colombia ha sido pobremente analizado en los últimos años por propios y extraños. Como lo dice el analista Alfredo Rangel Suárez en su libro «Colombia: guerra en el fin de siglo» (Tercer Mundo Editores, 1998), a la guerrilla no le interesa negociar porque no cree ese cuento de que no puede ganar la guerra y que el Estado tampoco la puede derrotar. Ambas  cosas pueden pasar y la guerrilla lo sabe; por eso ha dado los pasos necesarios para ganar la guerra mientras el Estado y la sociedad civil, dormidos en los laureles, han perdido un valioso tiempo para establecer una estrategia general de lucha, otorgándole a la guerrilla una ventaja que hoy, de hecho, nos está costando caro.

La guerrilla está ganando la guerra porque ha podido consolidar y extender su dominio en amplias zonas de todo el territorio nacional y por eso no le interesa negociar la paz. El ELN y las FARC tienen una concepción del tiempo diferente; es decir, no tienen afán, ellos saben que como van, van bien. La guerra de guerrillas que han venido practicando los ha hecho madurar a tal grado que están a punto de pasar a la guerra de posiciones y constituirse en ejércitos regulares con jurisdicciones a su mando. Para eso han acumulado capital (billete) durante años y en vez de sentarse a la mesa parecen más dispuestos a lo contrario.

La guerrilla colombiana tiene una gran dignidad y considera haber hecho méritos como para no venderse por limosnas como otros grupos ya desmovilizados. Han obtenido unos recursos que les permiten pensar en una victoria final aun en contra del sentir y el querer popular. En ese sentido habría que preguntarse ante quién va a gobernar la subversión cuando gane la guerra si el respaldo popular que ostentan es nulo y en los municipios donde su presencia es notable tampoco ha existido pulcritud en el manejo de los recursos ni se han subsanado los problemas sociales de las gentes menos pudientes. Eso sería un indicador de que la guerrilla quiere el poder y está segura de ser capaz de conseguirlo pero no sabe para qué va a ostentarlo.

Lo cierto es que el actual estado de los diálogos de paz comprueba que a la guerrilla no le convencen mucho las ofertas del gobierno y los gremios de la producción porque (ellos, los guerrilleros) saben que están en su mejor momento y se regodean sabiendo que el Estado colombiano no tiene ni ha tenido una política integral para derrotarlos que debería empezar por la recuperación de territorios estratégicos.

Esa es la realidad del conflicto guerrillero en Colombia, un conflicto que está muy lejos de resolverse mientras se siga creyendo que es una cuestión de buena voluntad y mientras el Estado siga supeditado a los términos cortoplacistas de cada cuatrienio frente a los términos intemporales bajo los que actúa la guerrilla colombiana. Además, en este país no se ha formado Nación, y por ende existe una gran indiferencia e insolidaridad de la opinión pública hacia el fenómeno guerrillero. No hay una voz coherente que se haga escuchar y le exija al Estado proceder con objetivos para atajar la avanzada subversiva y a la guerrilla detener su accionar militar o por lo menos respetar el Derecho Internacional Humanitario y las «reglas de la guerra».

En definitiva, el conflicto colombiano avanza como un cáncer que está a punto de hacer metástasis.  Se ignoró por mucho tiempo como a los carteles de la droga, frente a los que  sólo se despertó cuando ya tenían poder suficiente como para hacer tambalear a las instituciones y, aunque cayeron derrotados de una forma relativamente simple, hay que tener en cuenta que no son lo mismo ni plantearon un conflicto similar, que el objetivo de los narcotraficantes fue el dinero fácil como medio de exagerado enriquecimiento para satisfacer la lujuria en todas sus expresiones, y como tales no estaban preparados ni en disposición de enfrentar militarmente al Estado hasta las últimas consecuencias, de manera que el capo más temido cayó en una azotea solo, enfrentado a un grupo de élite, detectado mientras conversaba telefónicamente con su hijo.

En cambio, la guerrilla sí está preparada para irse hasta las últimas consecuencias y ha metido toda la carne en el asador para ello. Creer que la guerrilla no tiene propósitos altruistas sino que busca el beneficio personal de sus cabecillas es una de las grandes mentiras que impiden la comprensión del conflicto. La guerrilla sí tiene una finalidad —que no sabemos si vaya a ser positiva para Colombia, de triunfar en la guerra—  pero esperar a que se caiga sola o se canse es una actitud que ni siquiera pasa por lo que toca al sentido común y la sensatez, y cuando el Estado y la sociedad civil despierten podría ser demasiado tarde. ♦

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Posted by Saúl Hernández

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