El problema de la guerra en Colombia ha sido pobremente analizado en los últimos años no sólo en la esfera gubernamental sino también por parte de las diversas fuerzas vivas de la nación, además también por los medios de comunicación y propaganda que están muy lejos de formar en la opinión pública una idea más acorde acerca de la confrontación armada que  vivimos.

El analista Alfredo Rangel Suárez, autor del libro “Colombia: guerra en el fin de siglo”, desmitifica una serie de falsas creencias que, argumentadamente, evidencian haber servido para atizar el conflicto y llevarnos al estado coyuntural permanente en el que hemos caído en el último lustro de este milenio.

Esas falsas creencias, vistas desde un ángulo más acorde con la realidad, parten de la apreciación misma de que la guerra está en un punto muerto, que no la puede ganar la guerrilla y tampoco el Ejército. La realidad es otra bien diferente: las dos guerrillas más importantes del país han dado los pasos necesarios para ganar la guerra mientras el Estado y la sociedad civil se han dedicado a ignorar sistemáticamente el problema perdiendo un valioso tiempo para establecer una estrategia general de lucha y otorgándole a la guerrilla una ventaja que hoy, de hecho, está resultando muy costosa.

Después de varias décadas de lucha romántica, la guerrilla —que fue menospreciada por los gobiernos del Frente Nacional y los sucesivos— dio un viraje pragmático y premonitorio en su pensamiento político (incluso antes que la perestroika, el glasnots y la caída del muro de Berlín), el que si bien sigue siendo marxista es más estratégico y tiene menos atavismos. Las guerrillas de las FARC y el ELN, convencidas de triunfar a largo plazo, trazaron unas políticas y unos objetivos bien determinados y comenzaron a conseguir financiación para mover a gusto sus fichas sobre el tablero de ajedrez que es el territorio nacional. Porque antetodo, el problema guerrillero es un asunto de territorialidad, de control zonal y dominio del poder local.

Una vez definido eso, hacia 1985, la guerrilla se planteó la necesidad de cambiar su modus operandi pasando de ser unos forajidos que “recuperaban” armamento y pertrechos en heroicos asaltos que de alguna manera rememoraban las acciones del ejército patriota frente a las tropas realistas, y de unas condiciones de vida precarias, a ser una gran empresa que, se estima, gana mil millones de pesos diarios al mejor estilo de Bavaria y con unos resultados —para el país— tan amargos como una cerveza.

Así, mientras en las grandes ciudades y los centros de poder económico y político se piensa que la guerrilla es una entelequia, en los sectores rurales y semiurbanos es una presencia concreta que actúa en lo militar, en lo político y en lo económico con unas estrategias de acción muy bien definidas, metódicas y repetitivas que arrojan resultados satisfactorios para la subversión en la medida en que logra debilitar y, a veces, desaparecer la presencia del Estado en regiones enteras donde asume una especie de soberanía.

En lo militar, la guerrilla asume el control del orden público en las zonas a las que se propone entrar con estrategias que producen entre la población unos resultados más que paradójicos. Primero elimina a los delincuentes comunes que pueden representar una amenaza para su estabilidad generando simpatías entre los moradores. Luego ataca a la Policía de forma repetida y teatral  de manera que la población civil sufra ante la incertidumbre del peligro que corre su integridad física y sicológica, amén de su patrimonio, y terminen por considerar a las autoridades como las causantes de grave peligro para la sociedad con la consecuente insolidaridad hacia los uniformados. Finalmente, a veces ya sin presencia de fuerza pública, la guerrilla asume el control total de los territorios municipales con las consecuencias que ello comporta en lo político y en lo económico. En todos los casos, el terror actúa como disolvente de toda resistencia y la población civil termina acogiendo, por obligación, a la subversión armada.

En cuanto a lo económico hay que decir, precisamente, que en este aspecto ha basado la guerrilla su expansión territorial no sólo como propósito aparente sino como agente facilitador de su estrategia general de guerra. La economía de la subversión se nutre de tres maneras básicas: la predatoria, la parasitaria y la simbiótica. La primera se presenta en zonas donde su presencia no es fuerte ni constante por lo que recurre a asaltos, abigeato, extorsión y secuestro. La forma parasitaria se da cuando hay una relación más estrecha entre la guerrilla y la población. En ese caso se da la vacuna, el boleteo, el pago por vigilancia de cultivos ilícitos, la extorsión a funcionarios públicos y contratistas; todo como un pago de “impuestos” a quien ha llegado a remplazar al Estado. La forma simbiótica de financiación se da donde la guerrilla es amo y señor del territorio bien por ausencia estatal histórica  o bien por triunfo militar contundente. En estos casos se dan actividades naturales de la región como agricultura (con cultivos prohibidos a bordo), ganadería y minería, además con un pago de “impuestos revolucionarios” cuya recaudación es abierta, funcional y perfectamente establecida.

En lo político, la guerrilla se ha tomado el poder de las localidades municipales —donde tiene presencia militar y, en ciertos casos, influencia ideológica— de diferentes maneras. En algunos casos con el apoyo directo a alguno(s) de los candidatos a alcaldías y concejos municipales que deja sin opciones a los demás candidatos. En otros, la presencia de cuadros políticos ha sido apoyada por las armas para que se vean beneficiados en las urnas. En cualquier caso, el poder de las armas vence cualquier ideología de partido y como el establecimiento nunca ha tenido una política clara para derrotar a la subversión termina hasta facilitándole las cosas con medidas que favorecen la estrategia guerrillera como la elección popular de alcaldes —que poco o nada ha favorecido la expresión democrática— y la autonomía administrativa con manejo de grandes capitales. Eso ha sido   producto de la Constitución del 91, lo cual ha coadyuvado a facilitar el manejo del poder local legítimo por parte de la guerrilla a través de alcaldes impuestos por el terror de las armas y ha hecho de su estrategia de dominio territorial algo más atractivo porque la descentralización ha dotado a los municipios de unos recursos muy importantes cuyo manejo y disposición final le interesa a la subversión en su idea de ir ganando control local.

En el sentido de lo que se ha expuesto, la guerrilla está ganando la guerra porque ha podido consolidar y extender su dominio en amplias zonas de todo el territorio nacional y por eso no le interesa negociar la paz. Tanto el ELN como las FARC tienen una concepción del tiempo diferente; es decir, no tienen afán, ellos saben que como van, van bien. La guerra de guerrillas que han venido practicando los ha hecho madurar a tal grado que están a punto de pasar a la guerra de posiciones y constituirse en ejércitos regulares con jurisdicciones a su mando. Para eso han acumulado capital durante años y en vez de sentarse a la mesa parecen más dispuestos a lo contrario.

La guerrilla colombiana tiene una gran dignidad, consideran que han hecho lo suficiente como para no venderse por limosnas como otros grupos ya desmovilizados. Al adquirir una visión más pragmática estos grupos han obtenido los recursos que les permiten pensar en una victoria final aun en contra del sentir y el querer popular. En ese sentido habría que preguntarse ante quién va a gobernar la subversión cuando sea el “establecimiento” si el respaldo popular que ostentan es nulo y en los municipios donde su presencia es notable tampoco ha existido pulcritud en el manejo de los recursos ni se han subsanado los problemas sociales de las gentes menos pudientes. Eso sería un indicador de que la guerrilla quiere el poder y está segura de ser capaz de conseguirlo pero no sabe para qué va a ostentarlo.

Lo cierto es que el actual estado de los diálogos de paz comprueba que a la guerrilla no le convencen mucho las ofertas del gobierno y los gremios de la producción porque (ellos, los guerrilleros) saben que están en su mejor momento y se regodean sabiendo que el Estado colombiano no tiene ni ha tenido una política integral para derrotarlos, que debería empezar por la recuperación de territorios estratégicos. Por eso, ante la inoperancia de las Fuerzas Armadas para controlar una guerrilla que rehuye el conflicto franco, que tira la piedra y esconde la mano, se ha dado el surgimiento de una fuerza igual pero de tendencia contraria como lo es el paramilitarismo, que ha logrado neutralizar y a veces erradicar a  la  guerrilla de regiones enteras pero a unos costos sociales tales que puede decirse que ha sido peor el remedio que la enfermedad.

Esa es la realidad del conflicto guerrillero en Colombia, un conflicto que está muy lejos de resolverse mientras se siga creyendo que es una cuestión de voluntades y mientras el Estado siga supeditado a los términos cortoplacistas de cada cuatrienio frente a los términos intemporales bajo los que actúa la guerrilla colombiana. Además, en este país no se ha formado Nación, y por ende existe una gran indiferencia e insolidaridad de la opinión pública hacia el fenómeno guerrillero. No hay una voz coherente que se haga escuchar y le exija al Estado proceder con objetivos para atajar la avanzada subversiva y a la guerrilla detener su accionar militar o por lo menos respetar el Derecho Internacional Humanitario y las “reglas de la guerra”.

En definitiva, el conflicto colombiano está lleno de falsas creencias que sólo han servido para ignorarlo mientras avanza como un cáncer que está a punto de hacer metástasis.  Se ignoró por mucho tiempo como a los carteles de la droga de Medellín y Cali, frente a los que  sólo se despertó cuando ya estos tenían poder suficiente como para hacer tambalear a las instituciones y, aunque cayeron derrotados de una forma relativamente simple, hay que tener en cuenta que no son lo mismo ni plantearon un conflicto similar, que el objetivo de los narcotraficantes fue el dinero fácil como medio de exagerado enriquecimiento para satisfacer la lujuria en todas sus expresiones en medio de una sociedad que le rinde culto al dinero, y como tales no estaban preparados ni en disposición de enfrentar militarmente al Estado hasta las últimas consecuencias, de manera que el capo más temido cayó en una azotea solo, enfrentado a un grupo de élite, detectado mientras conversaba telefónicamente con su hijo. En cambio, la guerrilla sí está preparada para irse hasta las últimas consecuencias y ha metido toda la carne en el asador para ello. Creer que la guerrilla no tiene propósitos altruistas sino que busca el beneficio personal de sus cabecillas es una de las grandes mentiras  que impiden la comprensión del conflicto. La guerrilla sí tiene una finalidad —que no sabemos si vaya a ser positiva para Colombia, de triunfar en la guerra—  pero esperar a que se caiga sola o se canse es una actitud que ni siquiera pasa por lo que toca al sentido común y la sensatez, y cuando el Estado y la sociedad civil despierten podría ser demasiado tarde.

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Posted by Saúl Hernández