Ha emitido el Instituto de Medicina Legal, en Medellín, un tétrico balance de lo que va corrido de la década de los 90 en la ciudad más violenta del mundo. Dice la mencionada entidad, que en los últimos 9 años (1990-98), han fallecido violentamente 50 mil 359 personas, en este valle estrecho que bien puede anatematizarse como el Valle de la Muerte.

En los últimos nueve años, Medellín ha tenido un promedio de 5.595 muertes anuales, 466 mensuales, 15 diarias. Un muerto cada 96 minutos. Casi todos los humanos nos sentimos fastidiados por las matemáticas, pero ante estas cifras, no queda más remedio que usar una calculadora para entender su dimensión: 5.595 muertes anuales, 466 mensuales, 15 diarias. En Medellín cae un muerto cada 96 minutos, lo que dura un partido de fútbol con el tiempo de reposición. Será por eso que en la lista están Andrés Escobar y otros cinco o seis jóvenes futbolistas?

Pero atención extranjeros, que Medellín no tiene 10 ó 12 ó 14 ó 20 millones de habitantes… No. Apenas tiene 2 millones mal contados o sea que tiene una tasa de mortalidad de 279 personas por cada cien mil habitantes por año, muy superior a los setenta y pico de todo el país, de toda Colombia, a la postre la nación más violenta de la Tierra, con o sin guerra declarada. A propósito, nos siguen Brasil y Panamá, que no llegan a 30 muertos por cada cien mil. Notable diferencia, ¿no?. A propósito, las autoridades de Washington se mostraron satisfechas por el descenso de sus muertes violentas en 1998: cerca de 280. Grande la diferencia, ¿cierto?

A todas estas recuerdo las palabras del escritor antioqueño Fernando Vallejo, en su visita a la Feria del Libro de Medellín en 1998, cuando decía que le parecía una inmoralidad que un Estado que no puede defender la VIDA, honra y bienes de los ciudadanos cobre impuestos. Asqueante, ¿cierto?

Qué miopía tan grande la de aquellos que se manifiestan en contra de la pena de muerte. Rescato otra opinión de Vallejo: ‘Colombia necesita un paredón de fusilamiento de un kilómetro de largo’.

Increíble que haya personas que defienden la inimputabilidad de los menores de edad. Un niño lo es hasta los doce, en promedio. De ahí en adelante la persona adquiere un completo desarrollo sexual y más lentamente el físico. El sicológico en muchos casos no se adquiere nunca. Pero lo cierto es que un niño o niña de trece añitos puede ser un dulce angelito o un perfecto demonio y distingue perfectamente entre el bien y el mal.

Ah, y nada tiene que ver el hecho de regalarles juguetes bélicos en Navidad. Esa es una explicación absurda; un juguete es un juguete y punto. Está en la educación en el seno familiar el enseñarle al individuo, al niño, a ser honesto. Pero en los hogares de hoy en día, entre tantas carencias, es muy difícil educar. Además hay una generación educada en la violencia que va a engendrar quién sabe qué clase de personas. Decía también Vallejo (sin duda un vidente), que el Estado debe procurar programas de control natal de la población. No tiene sentido procrear seres —aunque suene muy fascista— que no se pueden educar, que no se pueden alimentar.

En fin. Increíble es también que haya personas que defiendan el porte legal o ilegal de armas, cuando nuestro pueblo ignorante no tiene madurez para eso, para saber que el espíritu de poseer un arma se fundamenta en disuadir en defensa y no en acometer villanamente, porque hasta buenos ciudadanos han caído en desgracia, envalentonándose tontamente ante la más leve injuria.

Mientras tanto, los gobiernos nacionales y locales se suceden sin cesar sin tomar decisiones oportunas y acertadas. Corre sangre bajo el puente.

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Posted by Saúl Hernández

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