Definitivamente, hay cosas en la vida que uno no logra comprender nunca, por mucho que lo piense y analice. Una de esas es cómo un hombre, no sustancialmente diferente de los demás, puede levantarse temprano, muy de madrugada, para tirotear a alguien a las 5:45 A.M., con toda la premeditación del caso y la mayor sangre fría, aunque tan sólo él sabe si le temblaron los cojones. Y entiendo menos cómo pudo dormir sabiendo la tarea que le esperaba.

Está bien, acepto el argumento de las carencias y las dificultades que ese ser probablemente ha padecido y que yo conozco apenas de oídas; la vida dura de los marginados, que endurece el alma y borra de un tajo el respeto por la vida. Pero, lo admito, yo mismo, que no soy el más bueno ni el más malo, que soy tan ambicioso, que soy tan colombiano, acaso soñando con tener dinero para comprar un BMW, habría sido capaz de jalar ese gatillo, aunque hubiera preferido hacerlo en las horas de la tarde, después de llenarme de motivos, de pensarlo mucho, de respirar el ambiente enrarecido de Bogotá y leer los periódicos tan llenos de malas noticias. De cualquier forma, al ver la cara de Jaime Garzón, estoy seguro, el pulso se me habría hecho flaco y su sonrisa me habría convencido de que ni un BMW ni una bolsa de leche para un hijo justifican un asesinato.

A Garzón lo mataron las hienas de Colombia, los mismos que atentaron una noche de septiembre contra Bolívar, los mismos que mataron a Rafael Uribe Uribe, los mismos que ordenaron la masacre de las bananeras, los mismos que mataron a Gaitán, a Galán, a Pizarro, a Jaramillo Ossa, a Pardo Leal. A miles de campesinos y obreros, al embolador que linchó una turba enfurecida en Chinchiná hace pocos meses. A Andrés Escobar, a la prostituta y al gamín, al profesor, al soldado, al policía, al guerrillero, al paramilitar…

Porque muy bien lo decía Garzón en una entrevista, guerrilla, paramilitares, Ejército, etc., son títeres: “hay que hablar con los titiriteros para conseguir la paz”. Su pensamiento era claro porque Garzón no era apenas un genio del humor, más bien se valió de él como medio de denuncia. Siendo abogado, politólogo y periodista conjugó toda su capacidad para ser un comediante memorable, el que mejor ha podido interpretar la realidad social de este infierno de país en que vivimos, y su crítica fantasiosa se desbordó en el trabajo tangible de la paz, la liberación de los secuestrados, la acción de tutela, la pedagogía de la democracia y la alcaldía de Sumapaz, un moridero donde sentó cátedra de administración de la cosa pública porque consideraba que el origen de la guerra era que “unos pocos se roban lo de todos”, o sea la maldita corrupción que él tanto denunció poniendo la cara de frente.

Sus asesinos dejan un mensaje muy claro: no quieren la paz, y no la quieren porque el dolor de otros es su negocio: las armas, los pertrechos, la posesión de la tierra, las drogas sicoactivas y el control del erario público, más fácil de robar en un país descuadernado por la guerra, por la impunidad, por la pobreza. Pero pensaron sus asesinos que a Colombia no le iba a importar, que la muerte del cómico iba a ser aleccionadora pero ‘sutil’. Lo que no midieron es que a diferencia de Gómez Hurtado, Guillermo Cano (o Pablo Escobar), Garzón no representaba facciones, ni grupúsculos de ninguna naturaleza, sino que representaba a Colombia, a todos y cada uno de los colombianos.

Tanto sus personajes de comedia como su historia misma eran Colombia entera, algo así como el ‘sueño colombiano’: el pobre que asciende en fama y dinero, que almorzaba con presidentes y ministros, se codeaba con la clase alta, andaba con reinas, modelos y actrices y tenía buenos carros. Pero también el ser que no olvidaba sus orígenes, que se preocupaba por los pobres, por los campesinos, por los indígenas, etc. Por eso, el país sintió su muerte como propia, a excepción de algunos indiferentes y otros que están anestesiados por la violencia y ya no creen en nada. Por eso, la manifestación de dolor y pesar que hizo babear de envidia a más de un político, donde había pobres y ricos por igual como si vieran su propio entierro, pues había un pedazo de cada uno en ese cofre y la suma de todos.

La muerte de Garzón demostró que el gigante dormido está a punto de despertar porque los violentos han estado tocando sistemáticamente donde más nos duele y ¡ay de los violentos cuando Colombia despierte! En Garzón nos mataron a todos, mataron a Colombia. “Si decir la verdad cuesta la vida que nos maten”, decía una señora indignada. Claro que él está feliz porque se dio el lujo de vivir como quiso y de mirar la muerte con la misma irreverencia de Heriberto de la Calle, cumplió con su propósito de NO MORIR en la historia porque nunca lo olvidaremos y tuvo un adiós de carnaval, aunque morir a balazos no sea muy singular en Colombia ni pararse —para toda la eternidad—  junto a una señal de prohibido parquear… ♦

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Posted by Saúl Hernández

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