No hay nada más difícil en el mundo que explicar el conflicto colombiano. Si un extranjero pregunta, uno se sorprende porque no hay por dónde empezar a desenredar el ovillo, siempre resulta uno ofreciendo una visión simplista o reduccionista que puede ser terriblemente equivocada. La mayoría de las veces se asocia nuestra situación al tema social, a las desigualdades, pero los expertos desvirtúan esa tesis con el argumento de que no hay tanta violencia en Haití, en Bolivia y en decenas de países tanto o más pobres que el nuestro.

En el fondo, comparar no es útil, siempre habrá algo mejor y algo peor que aquello que se analiza. Seguramente, en Bolivia no hay violencia porque no hay colombianos, aunque suene muy duro decirlo. Lo cierto es que los colombianos, por envidia —como argumenta Cochise— o por un dudoso sentido de la justicia, no soportamos las diferencias sociales. En otras latitudes, a los ricos ni se les envidia, ni se les odia; hasta se les rinde un tributo inmerecido y ridículo pero de cualquier manera mejor que el resentimiento.

Si uno busca un elemento común en la multiplicidad de violencias que entrecruzan el país lo encuentra muy patente: el signo pesos. Sicariato, secuestro, corrupción y narcotráfico son cuatro fenómenos que demuestran que un colombiano hace lo que sea por plata, lo que sea menos trabajar duro, ahorrar y ser precavido, endeudarse hasta la coronilla para sacar adelante un proyecto, investigar y crear, luchar pacientemente durante muchos años y volver a empezar si es necesario.

La falta de oportunidades, es cierto, explica en gran parte esta mentalidad pero no tanto como la falta de educación. Aquí se le rinde culto al dinero porque —como decía Pambelé— «es mejor ser rico que pobre», y el que no tiene se cree con derecho de arrebatárselo a los demás, se cree Robin Hood. El cómo llegamos a esto parece explicarse en el hecho de que nunca hemos tenido ni moral ni ética civiles. Eso se le había legado a la religión y la religión se despeñó, ya nadie cree en el pecado ni le teme al infierno. Entonces hay que educar y crear un clima económico más justo.

Por eso, hay que celebrar que las conversaciones de paz comiencen por el tema de la economía porque, aunque lo nieguen muchos hipócritas, es lo que más nos interesa a todos y tal vez lo único verdaderamente importante para muchos. Porque el camino de la paz no se puede transitar si las monedas se acumulan —como obstáculos— en plena vía, sino bien distribuidas en la calzada.

Colombia necesita un modelo económico que no sea tan excluyente y un plan de distribución de la riqueza que le permita vivir dignamente a más de 10 millones de compatriotas que viven en la pobreza absoluta. No se trata de despojar a los ricos sino de desconcentrar el capital para posibilitar la convivencia pacífica. Y no es que uno sea un ‘resentido’, esa palabra que hace como 15 años era un insulto y que hoy da pena usarla para agraviar a otro. Es que no creer en la necesidad imperante de la justicia social —léase compartir el billete por las buenas—, es tener ‘sentido de res’, o sea cerebro de vaca y esa mirada astuta de las reses Holstein cuando las llevan al ordeño.

Ese sentido de res que le impide a muchos becerros de oro vivir dignamente, porque tampoco es digno tener que ir con escolta al baño. Ese sentido de res que ha convertido el dinero en un fin, en el fin, y no ya en un medio, de tal manera que acumulan más de lo que pueden gastar en toda la vida. Y la gente de abajo se da cuenta y como los colombianos somos así y como la impunidad reina estamos donde estamos, en gran parte por culpa del signo pesos, ese signo no está presente en el teclado de mucha gente.

También le puede interesar

Posted by Saúl Hernández

Deja un comentario