Entre las reformas propuestas por el presidente Pastrana dentro del Referendo figura una medida de gran importancia que podría marcar la diferencia en el futuro de la política colombiana y en el rumbo del país, y es lo relacionado con la obligatoriedad del voto; en este caso, al menos para los comicios que se avecinan.

Hasta ahora se ha dicho que obligar al voto es coartar la libertad de acción de los ciudadanos; sin embargo, esa idea podría corresponder a una equívoca interpretación del concepto de Libertad a que un ciudadano tiene derecho dentro de un Estado asociado, lo mismo que a una errónea visión de los derechos y deberes de la ciudadanía.

Se ha considerado al voto como un derecho adquirido que pone de manifiesto el ejercicio de la nacionalidad, igual que el derecho de ser elegido. Por ser manifestaciones conexas de la democracia se les iguala dentro de la misma categoría pero hay diferencias amplias que obligan a catalogarlas de manera diferente.

El ser elegido es un derecho y no un deber porque implica la dedicación parcial o total al ejercicio democrático del poder. Obligar, en este caso, no sería tan sencillo como el servicio militar obligatorio o la práctica profesional en áreas rurales de ciertas materias como la medicina. En ambos casos los ciudadanos se prestan para hacer parte de una jerarquizada estructura donde ellos forman la base y no las altas esferas.

Gobernar no podría ser una obligación por la dificultad de seleccionar los miembros más aptos de la sociedad para el efecto y porque se convertiría, al mismo tiempo, en un acto discriminatorio hacia muchos ciudadanos que tienen esa vocación de servicio y que por falta de otros méritos no serían ‘obligados’ a ejercer el poder. No sobra decir que como en cualquier organización, la pirámide de la escala jerárquica es más angosta en la cúspide que en la base, lo que quiere decir que los puestos de mando son muy pocos.

Por eso la democracia ofrece un sistema de elección sin igual donde cualquier ciudadano se ofrece a gobernar con el mejor aval y la mejor selección que puede hacerse, que es la que hacen los gobernados. No obstante, aquella selección —ese sistema casi perfecto— se pervierte cuando los gobernados no eligen bien.

Pero más grave aún es no elegir, que es lo que ocurre cuando, como en Colombia, el porcentaje de electores es muy bajo. El abstencionismo electoral, en nuestro país, es casi una tradición entre quienes no creen en la clase política y ha sido una costumbre cómplice de las peores prácticas electorales, como las de cambiar el voto por un sancocho, un bulto de cemento o un puesto público.

De esta manera, para los políticos corruptos es relativamente fácil cautivar una clientela que los perpetúe en el poder, sumado eso, claro, a la fórmula de los cocientes y los residuos, y a la estrategia de proliferación de listas (operación avispa) que terminan imponiendo el mando de las maquinarias. Valga decir que ambos aspectos también se quieren eliminar con el Referendo.

Así, si votamos todos, los políticos corruptos no podrán comprar los votos suficientes para lograr su elección y cada vez serán menos los que puedan prolongarse en el poder, máxime cuando el voto en blanco va a adquirir una nueva dimensión, dándosele —también con el Referendo— un valor que nunca ha tenido. Cuando los votos en blanco constituyan mayoría absoluta (para corporaciones públicas) o mayoría simple (para gobernaciones y alcaldías) habría que repetir la elección con nuevas listas y nuevos candidatos.

Pero, ¿por qué votar debería ser una obligación y no un simple derecho? La realidad colombiana es la respuesta: somos mal gobernados por una minoría que se elige a sí misma a través de los ciudadanos más irresponsables, los que venden el voto. Y a todos, obligatoriamente, nos toca pagar ‘el pato’ con impuestos de todo tipo y calibre que manejan a su antojo personas a quienes no hemos dado nuestro beneplácito… Parasitan, viven a costa nuestra y luego nos toca padecer las carreteras rotas, la inseguridad, la pobreza de nuestros compatriotas, la mala atención en los hospitales…

Aun así más de la mitad de los colombianos creemos que votar es una cuestión voluntaria, como dar limosna en la iglesia, y volvemos esos domingos de elecciones, días de ocio ciego; ciego porque lo que se descansa no alcanza a mitigar el dolor de una sola madre por su hijo muerto, o el hambre de un sólo niño. Entonces, como no comprendemos nuestra obligación moral, que se convierta en una obligación legal y nos saquen a votar a sombrerazos… Eso sí, que amplíen el horario para poder dormir hasta tarde.

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Posted by Saúl Hernández

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