El indulto concedido por el presidente Bill Clinton, en los últimos días de su mandato, a cerca de veinte pequeños traficantes de drogas fue visto en Colombia como un hecho inaudito y hasta desleal porque a nadie le cabe en la cabeza —con toda razón— que mientras para nosotros el trafico de narcóticos es un drama nacional, para ellos es apenas un pretexto para mantener la vieja tradición del indulto presidencial. Sin embargo, revisando la lista de perdonados surge la impresión de que primó el criterio de la clemencia y no esa concepción monstruosa de que las autoridades gringas nos miden con una vara a nosotros y con otra muy indulgente a sus ciudadanos.

Donald Clark, granjero de 60 años, fue acusado de conspiración para cultivar marihuana y sentenciado a 18 años, pagó 9. Derrick Curry, acusado de conspiración para distribuir cocaína, fue sentenciado a 19 años, cumplió 7. Velinda Desalus, acusada de posesión con tentativa de distribución de base de cocaína fue sentenciada a 10 años, pagó 8. Hay una colombiana, Gloria Camargo, acusada de conspiración para posesión de cocaína con tentativa de distribución, sentenciada a 15 años de los cuales pagó más de 10.

El caso más desmedido es el de Loreta Coffman, condenada a 85 años por dirigir una organización mafiosa con ganancias de 2 millones de dólares anuales. Pagó 8 añitos. Pero desmedido por la sentencia que recibió. Miguel Rodríguez Orejuela, capo de Cali con ganancias de 2 mil millones de dólares anuales, mil veces más que la señora Coffman, está condenado a cerca de veinte años de prisión de los que no pagará más de quince.

Es cierto que ha habido hechos aberrantes como el de los esposos Hyett que recibieron una condena ridícula por traficar cocaína y heroína en valijas diplomáticas de la embajada americana en Colombia. Es cierto que ellos producen los precursores químicos para refinar los narcóticos y las armas para que los mafiosos alimenten su imperio de miedo. Es cierto que allá no fumigan la marihuana californiana y que sus drogas sintéticas (Rohypnol, LSD, éxtasis, etc.) invaden al mundo sin que nadie se pellizque… todo eso es verdad.

Pero los críticos de Clinton no se han detenido a pensar que tal vez él es otro de los convencidos de que la lucha contra las drogas es una chifladura y que sólo se gana legalizándola. Esa realidad es cada vez más palpable pero la discusión política parece más lejana. La prohibición es el factor clave que eleva el precio y convierte en apetecible un negocio que debería ser, apenas, cuestión de campesinos. Y esos precios dinamizan el mercado de las armas y la banca internacional.

No obstante, el costo de la violencia —en Colombia, en Estados Unidos, en muchos otros países— es demasiado alto para seguir pagándolo, tanto como el costo de tener una población adicta, o sea de enfermos. Las ventajas económicas que representa para muchos la prohibición de las drogas dejarán de ser, tarde o temprano, la razón oscura de que los gringos pretendan combatir el consumo en sus calles fumigando en las selvas de Suramérica.

Los enemigos de la legalización aseguran que si se levanta la prohibición el consumo se dispara de manera alarmante, lo cual no está comprobado. Lo que sí es seguro es que la legalización en Norteamérica y Europa dejaría la cocaína más barata que el café y la legalización en Colombia le traería a los narcos tantas trabas administrativas, tantos trámites legales, tantos impuestos, que dejaría de ser atractivo y hasta lucrativo el negocio, entonces se convertiría en oficio de labradores explotados por las multinacionales (Marlboro Cannabis mentolado, Cocaína de Bayer, Heroína Roche) y la violencia de los narcos, la corrupción y la pérdida de valores que han ocasionado podrían ser historia.

Probablemente eso no haga del planeta Tierra un sitio mejor pero tampoco lo va a empeorar; a nadie se le obliga a darse un pase de perico, ni a emborracharse, ni a matarse lentamente con el cigarrillo. Al narcotráfico lo está sosteniendo la doblez y la falsedad que lo envuelve y no su nocividad para el ser humano. El Estado colombiano debería ejecutar una política internacional de largo plazo para exigir la legalización de las drogas en el mundo y que así se acabe esa farsa que se ensañó con Colombia, como si fuéramos culpables de que al mundo le guste tanto ese polvo blanco del que Clinton dice que ha ‘fumado’, pero sin aspirarlo… ·

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Posted by Saúl Hernández

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