En Colombia, más que en ninguna otra parte, la historia es cíclica, se repite una y otra vez cada determinado tiempo. Las guerras, las tragedias y los magnicidios van marcando el compás de nuestro acontecer histórico. De magnicidios lo sabemos todo. El mariscal Sucre fue el primer muerto ‘importante’ a raíz de las rencillas políticas de la época. Luego cayó el general Rafael Uribe Uribe en las puertas del Capitolio. Más tarde Gaitán, historia bien conocida que quedó en la impunidad. Recientemente, los magnicidios de la mafia: Lara Bonilla, Galán, Jaramillo Ossa, Pizarro, Guillermo Cano, Pardo Leal, Antonio Roldán, Carlos Mauro Hoyos, Low Mutra, Diana Turbay…

El paramilitarismo y la guerrilla han aportado su cuota de magnicidios, y hasta la intolerancia y violencia generalizada como en el caso de Andrés Escobar. Algunos casos son tan oscuros que su origen insondable jamás podrá ser develado, como ocurrió con Gaitán y casi cincuenta años después con Álvaro Gómez Hurtado.

Hoy es la guerrilla de las Farc la más interesada en desestabilizar el país como lo hizo Pablo Escobar diez años atrás. La subversión le apuesta cada vez más a la destrucción y al caos y menos a sus ideales. Por eso no es de extrañar que no sólo trate Manuel Marulanda de vetar al candidato presidencial Álvaro Uribe Vélez sino que ahora se encuentren trabajando en la ejecución del magnicidio y en el del cardenal Pedro Rubiano, uno de sus más agrios críticos.

Como lo llamaría Gabo, lo de Uribe es la crónica de una muerte anunciada. Sabemos que lo quieren matar porque es el único candidato que se ha negado a hincarse de rodillas ante la guerrilla como lo hacen los otros, muertos de miedo, porque esta horda de asesinos no se ha ganado el derecho a negociar por la vía de las ideas y la resistencia —como el comandante Marcos— sino por la vía del crimen y del terror, y que gracias a esa estrategia aprendida de Escobar mantienen a Pastrana genuflexo, soñando con el premio Nóbel y creyendo que si termina con la zona de distensión “vamos a la guerra”. ¿Y acaso no estamos en ella?

La historia se repite. Matar a Uribe es muy fácil. Le van a cambiar el jefe de seguridad a última hora como a Galán, antes de ir a Soacha. Van a meter un arma al avión para que el sicario le dé como a Pizarro, o una bomba como en el avión de Avianca que iba a tomar Gaviria. Van a darle a la salida de una universidad como a Gómez Hurtado, o adentro. Van a usar sicarios en moto como con Lara Bonilla y Jaime Garzón. O un carrobomba a su paso como con el gobernador de Antioquia Antonio Roldan Betancur.

O tal vez nos sorprendan con una novedad, un rocket a su oficina o a su vehículo, un kamikaze, un niño repleto de explosivos, un camarógrafo infiltrado, el atril de un teatro, un veneno. Nos quieren hacer repetir la historia a todo un país acostumbrado a eliminar a sus mejores hombres, a los que —como a Uribe— les cabe el país en la cabeza y cuyas manos son limpias.

Los violentos se han equivocado siempre en Colombia y este podría ser el error fatal de las Farc. Matar a Uribe puede ser la gota que derrame el vaso y nos haga reaccionar a los colombianos. Hace años ha estado circulando por Internet un relato futurista en el que el asesinato de Uribe Vélez es el último paso de las Farc antes de llegar a la Casa de Nariño, aún  en contra de la voluntad nacional, para luego ser esclavos de un tirano estalinista. Con Uribe vivo, Colombia tiene futuro; con Uribe asesinado la nación tendrá que alzarse contra los criminales guerrilleros para evitar que en un día no lejano el solio de Bolívar sea mancillado por uno de estos criminales que dicen matar en nuestro nombre y para nuestro bien. Que no sea la crónica de una muerte anunciada. ·

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Posted by Saúl Hernández

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