Comparar al sub-comandante Marcos y su movimiento proindigenista en México con las guerrillas colombianas y sus líderes es un ejercicio a la vez interesante e imposible. No se puede comparar lo que ni siquiera se parece, lo que es esencialmente distinto, como comparar un televisor con una piedra de amolar.

Oír a Marcos da envidia, de la buena y de la mala. Su respeto por el periodista y la audiencia es infinito, su humor concilia, las respuestas corresponden a las preguntas sin vaguedades ni cinismo, ni eufemismos. No tiene la arrogancia de Alfonso Cano, no tiene la lengua extraviada por el alcohol como Simón Trinidad, no tiene la risa nerviosa con la que Iván Ríos niega lo evidente ni la cara de sacerdote mentiroso de Raúl Reyes. Tiene la franqueza de Carlos Castaño, sin las manos manchadas de sangre.

Pero, sobre todo, tiene la inteligencia que le hace falta a nuestros rebeldes incendiarios. Marcos —¿será apresurado compararlo con Gandhi?— puede marchar a ciudad de México con la frente en alto porque su lucha es étnica, básicamente, y, por ende, es justa. Representa a diez millones de indígenas que le estorban a un México agringado y no a cinco o diez gallinas por las que el odio de un hombre ha sido capaz de poner un país de cabezas.

Marcha, Marcos, tranquilo, porque así se puede cuando no se ha secuestrado, ni se ha asesinado malvadamente, ni se han destruido sistemáticamente los pueblos más pobres con cilindros de gas repletos de dinamita, cuando no se ha tenido la cobardía de emboscar tropas del Ejército o la Policía muy inferiores en número, cuando no se ha mentido con tanta malevolencia ni se ha envenenado la ‘causa’ traficando drogas, jugando a ser pabloescobares de monte.

Como aquello de que ‘a una mujer ni con el pétalo de una rosa’, el evangelio de Marcos reza que a la población civil no se la toca aunque se considere enemiga o aunque convenga estratégicamente hablando, financieramente hablando o canallamente hablando. ‘La guerrilla debe proteger a la población y no atacarla’ es el postulado que el Sub-comandante le quiere enseñar a las guerrillas colombianas y que deberían aprender bien esos jóvenes camorreros, que se dicen izquierdistas, que incuban odios insensatos en las universidades públicas porque creen más en el Mono Jojoy, en el libro rojo de Mao o en las bárbaras apologías a la guerra del Che Guevara, que en cualquier teoría que convoque a la construcción y no al aniquilamiento.

Marcos se levanta como una figura política digna de emular en toda Latinoamérica, que surge en el mejor momento y cuya sombra —o ¿deberíamos decir luz?— se expande por todo el continente generando simpatías y mostrando caminos precisamente cuando la globalización económica y el neoliberalismo nos ahogan, cuando se desdibujan los pocos líderes latinoamericanos: Fujimori, en el mar de la corrupción; Chávez, en un mesianismo trastornado; Castro, en la relajación de la pobreza. Hay que escuchar a Marcos porque tiene muchas cosas qué decir, vitales para nuestro subcontinente, que no aturden como un concierto de fusiles.

Con Marcos, paz para México, y progreso… con nuestros atilas, hitlers, polpots, para Colombia, el olor de la muerte, la decadencia y el atraso. El sub-comandante es el otro lado del espejo. ·

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Posted by Saúl Hernández

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