La nueva escalada terrorista que parece volcarse otra vez sobre el país no debe sorprender a nadie porque en nuestras ciudades impera el delito. Bombas como las del parque Lleras de Medellín, el centro comercial El Tesoro y el hotel Torre de Cali, tienen un poder destructor mayor que la devastación que han provocado las Farc con sus famosos cilindros bomba, en muchos pueblos. Los atentados de Medellín han sido dirigidos contra la clase alta de la ciudad y eso provoca mayor difusión de la noticia a nivel nacional e internacional, más desconfianza para los inversionistas y pánico sobre el futuro del país.

Pero no debe sorprender a nadie porque ciudades como Medellín se han vuelto propiedad privada de los delincuentes y la incapacidad del Estado para proteger a la ciudadanía es cada vez más notoria. Resulta cuando menos paradójico el hecho de que las zonas más seguras de Colombia son aquellas donde dominan los paramilitares y las guerrillas. En esas áreas, la justicia —si así puede llamársele— es más primitiva pero también más práctica y efectiva, no tiene ninguna parafernalia operativa ni jerarquías estructurales, sólo el sentido común y la intimidación de la fuerza.

En muchos pueblos, paras y guerrillos han designado a personas respetadas de la comunidad para dirimir conflictos entre la población. Sus decisiones se cumplen al pie de la letra y la desobediencia se cobra, a menudo, con la vida o el destierro. Así se zanjan líos entre vecinos, problemas de pareja y muchas otras infracciones menores. Los delitos graves como crímenes, robos y demás son ‘atendidos’ directamente por los armados y el castigo es casi siempre el mismo: la muerte. Estos ilegales prohíben la prostitución, el consumo de narcóticos, el porte de armas, y restringen el consumo de bebidas alcohólicas, las fiestas ruidosas, el tránsito de personas y vehículos en horas de la noche y otras actividades que pueden generar inseguridad o problemas de convivencia. La violación de cualquiera de estas normas es castigada con rigor.

En países desarrollados no se puede beber en la calle (ni siquiera una cerveza), no se pueden violar las normas de tránsito, no se pueden hacer fiestas ruidosas ni sobrepasar los límites de una libertad sanamente entendida sin recibir un castigo, y ni hablar de los delitos graves. En Gran Bretaña dos niños menores de diez años mataron a otro de dos años colocándolo en la vía del tren; fueron confinados a cadena perpetua. Un chico de 14 años asesinó a uno de sus profesores en Miami, también fue condenado a cadena perpetua. Timothy McVeigh, el asesino que puso la bomba del edificio federal de Oklahoma, donde perecieron alrededor de 180 personas, está condenado a pena de muerte y de ella no se salvará aunque haya sido aplazada por una apelación que surgió al conocerse que el FBI ocultó información.

En nuestro país, en cambio, no hay ley que valga. La monja Leticia López fue liberada a pesar de que el Fiscal General asegura que hay material probatorio suficiente para sentenciarla por el asesinato de otra religiosa. A Diomedes Díaz lo soltaron a pesar de que era obvia su responsabilidad en el asesinato de Doris Adriana Niño. Hace pocos días un juez liberó a un sujeto de apellido Figueroa alias ‘Toto’, que asesinó a un agente de la DEA en el parque de la 93 de Bogotá, aún cuando los testigos aseguran que lo mató como a un perro y, de encima, a un ciudadano común. Y a estas alturas del año ya deben andar libres los asesinos de Diners en Cali, que a mediados de los 80’s asesinaron a más de 10 personas que encerraron en la sede bancaria toda una noche.

Pero eso no es nada. En los barrios más peligrosos de nuestras ciudades no hay presencia policial por físico miedo. Para capturar a los asesinos de un parapentista en el barrio Belén Rincón de Medellín hubo que llevar una tropa de 200 soldados y a pesar de que la comunidad señaló a los criminales, ya un fiscal los dejó en la calle. El coronel Luis Eduardo Rodríguez, cuando fue comandante de la Policía en Medellín, se atrevió a capturar la banda de Frank en pleno, famosos por sus extorsiones a buseros y comerciantes que los han convertido en delincuentes millonarios con flota de buses propia. A los pocos días un juez los liberó.

Un escándalo de proporciones se ha querido levantar con la intervención ‘fraudulenta’ de más de 2 mil teléfonos de Medellín por parte del Gaula. Varias ONG pusieron el grito en el cielo pero las ‘chuzadas’ son necesarias para combatir el secuestro y quien nada debe nada teme. Se sabe que muchas ONG son organizaciones de fachada de la guerrilla; sin embargo, varios oficiales del Gaula están en la cárcel cuando su labor amerita mas bien una medalla. El FBI de Estados Unidos tiene un programa sistematizado de rastreo que se llama ‘Carnívoro’, que  infiltra todas las llamadas de ese país. No sólo eso, E.U., Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda tienen una red llamada ‘Echelon’, que investiga todo mensaje de correo electrónico, voz y datos en busca de comunicaciones que atenten contra la seguridad nacional de esos países. La privacidad no puede ser una cortina del delito.

Mientras nuestras ciudades están plagadas de asesinatos, robos, secuestros, extorsiones, hay que indagar por qué tenemos una fuerza de Policía insuficiente, un aparato judicial tan ineficiente, unas leyes tan permisivas (empezando por el Código del Menor), un sistema penitenciario tan débil y tanto abogado dispuesto a defender delincuentes. La pregunta es: cuál de nuestras realidades en materia de aplicación de Justicia se parece más al ideal de los países desarrollados ¿la justicia que aplica el Estado o la que aplican los paraestados (guerrilla y autodefensas)?

La justicia del Estado la prostituyeron los abogados y ahí se empezó a joder la cosa. Por eso el filósofo Fernando González renunció hace 50 años al ejercicio del Derecho, él decía que el oficio del defensor era hacer que reine la Justicia y que pene el infractor por el delito cometido pues de lo contrario, decía, “en la subconciencia suya y en la de los vecinos y en la de los niños se irá creando la desvalorización de la vida humana, y de la verdad, y de la pena, y de la justicia, y de todos los valores… ¿Qué digo? ¡Si ya vivimos en tal estado, si ya la Copa de la Vida está vacía!…”. ·

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Posted by Saúl Hernández

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