Las voces que advierten las tragedias no se acallan, se confrontan, se examinan, se verifican. Que no vengan después las lamentaciones.

Colombia no soportaría una tragedia más. No si es demasiado grande. Hace 18 años, el 13 de noviembre de 1985, una avalancha de lodo y piedras sepultó la población de Armero (Tolima) dejando un saldo aproximado de 25 mil muertos. Fue una tragedia anunciada en un país que no tiene memoria. De hecho, ya fue olvidada y las nuevas generaciones ni siquiera tienen una noción de lo que ocurrió allí, eso no fue espontáneo. Con mucho tiempo de antelación se detectó actividad sísmica en el volcán Nevado del Ruiz, una inmensa montaña de la cordillera central con tres cráteres activos. Se alertó a toda la población que vivía en las riberas del río Lagunilla acerca de la avalancha que se podría presentar por el deshielo del glacial si ocurría una erupción y, peor aún, si se presentaban represamientos en la montaña. Hubo tiempo de instalar sirenas de alarma y un sistema de alerta temprana que de nada sirvió.

Por varios días llovieron cenizas y material piroclástico que evidenciaba la fuerte actividad volcánica, pero ni los habitantes de la zona se quisieron retirar ni el Gobierno (el presidente era Belisario Betancur) fue capaz de cumplir con su obligación de evacuarlos; es más, las autoridades fueron incapaces y negligentes para mantener un estricto monitoreo de la montaña para detectar el deshielo y los represamientos de esa inmensa cantidad de lodo que ese martes 13, en la noche, corrió por el curso del río Lagunilla —a cientos de kilómetros por hora— hasta la planicie donde floreció por años la población desaparecida.

Y ¿a qué viene todo esto? A que el columnista de El Colombiano, Raúl Tamayo Gaviria, se ha referido en sus más recientes artículos  (10 y 17 de enero) al temor de varios ingenieros por el estado de una falla estructural existente desde hace varios años en la carretera de Santa Elena que conduce desde Medellín al municipio de Rionegro. Allí la banca de la mencionada vía se hunde cada vez más sin que las autoridades competentes tomen cartas en el asunto lo cual es normal en nuestro país. Lo grave, según los ingenieros citados por Tamayo Gaviria, es que la falla es de tal riesgo que de desprenderse rodarían hasta Medellín rocas gigantescas y una cantidad de tierra descomunal que haría ver lo de Armero como un raspón en la rodilla.

Los ingenieros pronostican que, de ocurrir tal derrumbe, desaparecerían todos los barrios del centro oriente de Medellín y todo el centro de la ciudad. Se atreven a advertir que la destrucción alcanzaría hasta la Plaza Minorista, ubicada junto al río Medellín, justo donde desemboca la quebrada Santa Elena. En plata blanca eso supone un número de víctimas que podría oscilar entre cerca de 300 mil si la tragedia es de noche, cuando el Centro está vacío, o más de un millón si ocurre en horas pico de un día laboral, cuando el Centro hierve del ajetreo.

Ya hay voces dudando de tan apocalíptico pronóstico, considerado como una exageración macondiana, pero no debemos olvidar que de la misma manera fueron desvirtuadas las opiniones que pretendieron alertar de la gravedad de lo que ocurriría en Armero. Lamentablemente, en Colombia no han sido pocos los ‘locos’ que han terminado teniendo la razón con sus advertencias. Ya Santa Elena tuvo su tragedia el 12 de julio de 1954, cuando un alud sepultó a 75 personas en el sector de Media Luna, pero hoy sólo se recuerda como un asunto anecdótico por el hecho de que Gabriel García Márquez viajó entonces por primera vez a Medellín, como enviado especial de El Espectador.

El nuevo alcalde de la ciudad, si es tan inteligente como parece, debería remangarse la camisa y trabajar en el asunto hasta resolverlo, hacer las obras de ingeniería que sean necesarias para evitar una catástrofe para la que no tendríamos suficientes lágrimas con que lamentarla ni recursos para atender a los damnificados y reconstruir una ciudad totalmente colapsada. Armero no le importó mucho a nadie, somos centralistas a ultranza y despreciamos la provincia, pero el impacto de una tragedia espeluznante en la segunda ciudad del país tendría consecuencias incalculables para toda la Nación en medio de esta lucha contra la subversión y los esfuerzos por recuperar la economía.

La cosa se complica si confieso bajo solemne juramento —poniendo una mano sobre el miedo— que conocí, hacia 1975, una pitonisa muy anciana que a todo el mundo le advertía no vivir en las laderas del oriente de Medellín porque se iba a presentar un derrumbe espantoso que sepultaría media ciudad. En 1987 ocurrió el de Villa Tina, pero ese parece insignificante cuando recuerdo la vehemencia de la anciana.

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Posted by Saúl Hernández

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