Muchos economistas pontifican a menudo acerca del por qué Corea del Sur ha avanzado tanto en su economía si en 1960 sus indicadores estaban a la par con los nuestros. Se habla de transferencia de tecnología, de revolución educativa, de cumplimiento obsesivo de metas de productividad en el corto plazo, etc. Todo ello debió, sin duda, tener incidencia en el desarrollo coreano pero la ecuación parece ser distinta.

Pensemos lo siguiente: Colombia 2004, 45 millones de habitantes (según proyecciones del Dane); 29 millones en la pobreza (acaba de informarlo la Cepal); 9 millones en la indigencia, sin los recursos necesarios para satisfacer las necesidades básicas. El desempleo ronda el 17 por ciento, la informalidad, el 30 por ciento. Más allá de las frías estadísticas ¿qué vemos? Carencia de oportunidades, desempleo, deficiencias en la atención en salud, baja cobertura en la prestación de los servicios públicos, déficit en vivienda de interés social, escasez de cupos escolares y universitarios… Tantas necesidades -en un país supuestamente rico en recursos- hace dudar acerca de la esencia del problema: ¿Poca torta o muchos invitados?

El crecimiento económico es inversamente proporcional al crecimiento de la población aunque no sea una consecuencia directa. El Fondo de Población de las Naciones Unidas (FNUAP), en su informe de 2002 titulado ‘Macroeconomía, Pobreza, Población y Desarrollo’, reconoce que «el rápido crecimiento de la población en los países pobres acrecienta la demanda de servicios, como los de atención de la salud y educación, con mayor rapidez que la del aumento de la capacidad para satisfacer esa demanda». En tal sentido, si esa demanda no se satisface las oportunidades de que los pobres mejoren sus condiciones de vida son inexistentes. Entonces, los pobres reproducen pobres sin acceso a salud, educación, trabajo, vivienda, recreación y posibilidades de realización personal que superen la expectativa de pararse a hacer malabares en un semáforo.

La explosión demográfica colombiana, al 1,8 por ciento anual, imposibilita que un crecimiento de la economía del 4 por ciento signifique una reducción de la pobreza. Al contrario, el consumo en los hogares, en 2003, sólo creció 2,39 por ciento a pesar de que había casi un millón más de bocas para alimentar. Las familias más pobres tienen un número de hijos que duplica y hasta triplica el de las familias pudientes; y, mientras más hijos dependan de un exiguo salario las posibilidades de superar la miseria en la escala micro se acortan así como también en la escala macroeconómica.

Según el representante de la Cepal en Colombia, Juan Carlos Ramírez, el país debe crecer a tasas superiores al 5 por ciento para reducir la pobreza a la mitad en el año 2015. Pero la pregunta es ¿cómo hacerlo? Hasta ahora ningún gobierno se ha preocupado por las implicaciones del crecimiento demográfico. Según datos de la Cepal, los países más pobres de América Latina tienen las más altas tasas de natalidad: Haití, Bolivia, Honduras, Guatemala y Nicaragua, todas por encima de 30 nacimientos por cada mil habitantes. Colombia está en una situación intermedia con 22,3 pero por encima de países de referencia como Argentina (19,1), Brasil (19,2), Chile (18,2) y México (22,2). En el otro extremo, que conduce a un envejecimiento insostenible, está Cuba con 11,7.

El Fondo de Población de las Naciones Unidas explica que hay «sólidas pruebas, basadas en la experiencia y la investigación durante dos generaciones, de que existe un “efecto de población” sobre el crecimiento económico. Desde 1970, los países en desarrollo con menores tasas de fecundidad y de crecimiento de la población han registrado más alta productividad, mayores tasas de ahorro y más inversiones productivas: su crecimiento económico ha sido más rápido».

El informe advierte también que «los pobres sufren los efectos directos de sus grandes cantidades: menores salarios para grandes grupos de trabajadores no calificados, parcelas divididas entre mayor cantidad de herederos, aulas demasiado hacinadas para lograr adelantos educacionales. Las altas tasas de fecundidad significan que los pobres tienen menor capacidad para aprovechar las oportunidades de arrancarse a sí mismos de la pobreza».

En la actualidad existe en Colombia gran preocupación por la incidencia de embarazos en adolescentes: 400 mil cada año, sumado a los 300 mil abortos clandestinos que se practican en el país. El Ministerio de Protección Social ha anunciado su intención de romper tabúes culturales y religiosos para promover no sólo el uso del condón sino, incluso, el de la píldora del día después, todo porque el boom de embarazos en adolescentes de clases marginadas cubiertas por el Sisbén se volvió un problema de salud pública con menoscabo del presupuesto de la Salud; y, aunque esto es un avance, la experiencia de países desarrollados demuestra que la regulación de la natalidad debería ser un pilar para establecer las metas de la política económica y social. Las consecuencias de no hacerlo así las vemos a diario en los cinturones de miseria y las hordas de vendedores informales en los semáforos.

La ecuación correcta para obtener un crecimiento económico que doblegue la pobreza comienza haciendo declinar las tasas reproductivas previniendo la fecundidad no deseada y efectuando continuas inversiones a fin de fortalecer los servicios de planificación familiar y salud reproductiva. El informe de la Fundación asegura que la transición desde altas hacia bajas tasas de fecundidad puede crear un “dividendo demográfico” para los países. «Lo que ocurre a medida que las tasas de fecundidad van declinando es que va aumentando la población en edad activa en comparación con los dependientes de menor y mayor edad. Esto crea por única vez una oportunidad de crecimiento que puede plasmarse si los países han efectuado las inversiones apropiadas, no sólo en los servicios de planificación de la familia, sino también en los de salud y educación en general, prestando especial atención a las necesidades de las niñas y las mujeres y a las oportunidades de empleo para la nueva y mejor calificada fuerza laboral».

Según ese informe, si Colombia reduce durante un decenio la tasa de natalidad en cinco puntos -17 nacimientos por cada mil habitantes- podría reducir en un tercio la incidencia de la pobreza al ritmo actual de la economía; eso, siempre y cuando se hagan también los ajustes necesarios para que la riqueza no continúe concentrándose cada vez en más pocas manos.

FUENTES

Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). http://www.dane.gov.co/.

Fondo de Población de las Naciones Unidas (FNUAP) – United Nations Population Fund (UNFPA) http://www.unfpa.org/.

Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) – Economic Comission for Latin America and the Caribbean (Eclac). http://www.eclac.cl/.

Publicado en revista Cambio, Edición No. 568, mayo 17 al 24 de 2004 (http://www.cambio.com.co/).

También le puede interesar

Posted by Saúl Hernández

Deja un comentario