La captura de Simón Trinidad es el primer gran triunfo del Estado colombiano en la guerra contra el terrorismo pero es mejor extraditarlo a Estados Unidos para no terminar con un sabor amargo.

Lo mejor que puede pasar con Ricardo Palmera —o Simón Trinidad como hacía llamarse el subversivo detenido en Ecuador— es que lo extraditen a los Estados Unidos porque en Colombia no están dadas las condiciones para mantener en la sombra a un pez gordo de las Farc. Las razones son muchas. Para empezar, las cárceles de máxima seguridad que se han construido en los últimos años no parecen del todo apropiadas para garantizar el encierro de este o de otros cabecillas que se capturen en el futuro. Lo ideal es una cárcel pequeña con pocos presos vigilados estrechamente por una guardia de élite bien pagada y entrenada, con la que el preso no tenga contacto alguno; que además esté en predios de una guarnición militar o policial y ojalá bajo tierra, como la que guarda a Abimael Guzmán en Perú.

Eso, tan sólo para evitar su fuga de una de estas tres formas: a sangre y fuego, comprando las conciencias de guardianes y funcionarios para salir por la puerta principal sin hacer un solo disparo o, simplemente, haciendo túneles. Nuestra historia carcelaria es pródiga en fugas: saliendo entre un colchón, cambiándose por un visitante, volando en un helicóptero o como José Santacruz: en el carro de un falso fiscal que le tomó una declaratoria en la cárcel. Dicen que Palmera está enfermo; una salida a un hospital puede ser la oportunidad de consumar la fuga.

La verdad es que ni la mejor cárcel puede ser suficiente para mantenerlo preso en Colombia, donde hay tanta propensión a ceder al chantaje del llamado canje humanitario que exigen las Farc. El interés de los terroristas por el canje será mayor ahora con un miembro del Secretariado tras las rejas, aunque este no pueda ser objeto del mismo bajo ningún motivo. Ni siquiera es probable que las Farc acepten las condiciones del Gobierno para el canje —como creen algunos ingenuos— con tal de liberar a su cabecilla, ni se podrá creer en su palabra. Tampoco se deberá ceder a presiones mayores en el caso de que las Farc secuestren —y van a intentar hacerlo— a personas más importantes para este Gobierno o para el país que las que ya tienen retenidas. Claro que cabría preguntarse si hay quienes puedan considerarse más ‘importantes’ que la asesinada ex ministra de Cultura, que el asesinado gobernador de Antioquia, que el asesinado ex ministro Gilberto Echeverri o que la ex candidata presidencial Ingrid Betancur.

De otro lado, creer que Palmera puede convertirse, en la cárcel, en un interlocutor de paz entre las Farc y el Gobierno es pensar con el deseo. No puede compararse la disposición de diálogo de los elenos recluidos en Itagüí, Antonio Galán y Felipe Torres (este último ya en libertad), con las posturas radicales de alguien que hace parte del ala dura de las Farc, y quien durante el ficticio proceso de paz del Gobierno anterior no tuvo empacho en afirmar que lo único que querían era el poder para implantar el sistema comunista, y que jamás dejarían sus armas porque ellos se transformarían en el Ejército regular o en parte de él.

Dado el caso, Palmera también podría quedar libre por obra y gracia de un proceso de paz y los centenares de crímenes de los que es culpable quedarían impunes: homicidios, secuestros, desplazamientos, terrorismo, robos, daños en propiedad ajena, extorsiones y demás. Y, aunque la responsabilidad de los actos de las Farc hay que buscarla precisamente en sus cabecillas, los autores intelectuales, y no tanto entre los lugartenientes que las han ejecutado, nuestra justicia que es débil —con una grave tendencia garantista y, a menudo, politizada—, terminará enredada en un juicio político a la Izquierda donde la ausencia de ‘pruebas reinas’ harán ver a este terrorista como un pobre perseguido político que más allá de la rebelión no debe nada. Por eso es mejor que lo pidan los gringos.

Ya se habla de pedir 60 años de condena para Palmera por los 59 procesos que tiene en la Fiscalía General de la Nación, pero si lo condenan aquí, en el país del Sagrado Corazón de Jesús, va a resultar sentenciado a una pena ridícula como las impuestas a los mafiosos de los carteles de Cali o Medellín: menos de 20 años que quedan en 12 ó 13 tras las disminuciones de pena por trabajo, estudio y alguna delación, y saldrá en ocho años, bajo fianza, porque a algún juez supernumerario, en un diciembre, le va a parecer que el reo no representa ningún peligro para la sociedad, que ya se ha rehabilitado y que tiene derecho a comer natilla y buñuelo en el seno familiar.

Más que un ideólogo, falsa virtud que algunos le atribuyen, Palmera es un verdadero delincuente con un pasado oscuro. Se ha especulado acerca de problemas mentales o emocionales que lo llevaron a renunciar a esa alta sociedad donde nació y creció para luego convertirse en su azote, secuestrando amigos, vecinos y familiares, renunciando a sus propios hijos por una causa política cuando jamás tuvo el más mínimo interés por el tema. En eso se parece mucho a Osama Bin Laden y su peligro radica en que es un revolucionario tardío delirante, y además alcohólico.

Con la captura de Simón Trinidad o Ricardo Palmera se comprueba que estos bandidos se están escondiendo en el exterior, que se pueden capturar y que la guerra puede ganarse con perseverancia. Las naciones que han seguido ese camino para sobreponerse a sus flagelos siempre han triunfado. ·

(Publicado en el periódico El Informador de Santa Marta, el 11 de enero de 2004; y en el periódico El Mundo, el 19 de enero de 2004)

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Posted by Saúl Hernández

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