A no ser que López pretenda que el Parlamento que dirija a Colombia sea el de algún país de Europa, esta propuesta es tan descabellada como su insistencia en el canje humanitario.

El ex presidente Alfonso López Michelsen viene insistiendo, desde hace algún tiempo, en la idea de adoptar en Colombia, un régimen parlamentario de tipo europeo que delegue el mando del Gobierno en la figura de un Primer Ministro nombrado por el Parlamento, y un Presidente elegido por voto popular que apenas sea un elemento decorativo. El hecho es de especial interés ahora que está en boga el asunto de la reelección presidencial —que va a continuar siendo de gran interés, sin importar si se aprueba o no, por lo menos hasta que el actual presidente termine su periodo—, y en momentos en que las altas cortes protagonizan un singular enfrentamiento.

En Colombia, suele decirse que el poder está altamente concentrado en la institución presidencial pero la realidad muestra algo muy distinto: el Congreso de la República es el que detenta, a su amaño, el poder político. A ningún presidente que se recuerde le ha sido suficiente contar con el respaldo de una mayoría parlamentaria para sacar adelante sus principales proyectos pues al Congreso lo mueven intereses muy diversos y cada congresista agarra por su lado a la hora de decidir el apoyo o el rechazo a un proyecto en pos de salvaguardar beneficios particulares pues casi nunca prevalece el bien común. Si algo nos ha salvado de la debacle total es que el Congreso no tenga un protagonismo absoluto.

En nuestra rama legislativa, las bancadas ni siquiera existen y cuando ha habido algo parecido, ha faltado disciplina para mantener posiciones firmes. Ni los gobiernistas ni la oposición se han caracterizado por respetar un perfil de pensamiento único y coherente. Los partidos tradicionales, de hecho, ni siquiera tienen ya una línea ideológica bien definida y, lo que es peor, los políticos no tienen ningún pudor para mezclar corrientes opuestas a la de su propia colectividad de acuerdo con las circunstancias.

Hasta aquí no se ha mencionado un hecho más grave como es el de la calidad misma de quienes alcanzan el favor popular en las urnas para ocupar los escaños de las corporaciones públicas y la inspiración que los impulsa a llegar allí. El sistema democrático es imperfecto y la nuestra es una sociedad todavía inmadura en la que hay un alto grado de abstención, y donde muchos de los sufragantes mercadean su decisión no siempre por un puesto oficial o una beca para la universidad sino apenas por una gallina o un bulto de cemento. No es fácil de creer que quienes consiguen de esa manera una curul, comprándola, tienen buenas intenciones en su ejercicio legislativo y en el control político que hacen al poder ejecutivo. Tampoco puede creerse en sus condiciones éticas y morales y, ni aun, en sus cualidades académicas para el desempeño de las funciones como legislador. Los hechos son contundentes en demostrar que el Congreso colombiano es la entidad más corrupta del país, son numerosas y permanentes las denuncias, y su comportamiento es vulgar, hasta se pelean entre ellos por las mejores oficinas del edificio.

Los políticos tradicionales —y muchos de los nuevos— se postulan al Senado y la Cámara de Representantes tan sólo motivados en las jugosas dietas parlamentarias, el turismo con cargo al Estado, la pensión de congresista, el control de entidades descentralizadas con centenares de cargos para su clientela, el mismísimo presupuesto del Congreso y las partidas presupuestales —los famosos auxilios parlamentarios— que exigen a los gobiernos en contraprestación a su apoyo.

Pero eso no es todo. Los legisladores colombianos crean leyes a su antojo, para su beneficio particular y para el de quienes están tras ellos, moviendo los hilos. Y además, casi ni asisten a las sesiones, trabajan muy poco y se duermen en el recinto. Apenas se ponen muy tiesos y muy majos cuando los debates se transmiten en vivo y en directo por televisión.

Esa es la realidad de la institución a la que el ex presidente López pretende que se le dé todo el control gubernamental porque, según él, un régimen parlamentario sería la solución a todos nuestros problemas. A no ser que López pretenda que el Parlamento que dirija a Colombia sea el de algún país de Europa, esta propuesta es tan descabellada como su insistencia en el canje humanitario pues para dirigir el país es preferible un presidente mediocre como Andrés Pastrana y no el Congreso de la República, precisamente, la institución de mayor desprestigio entre los colombianos.

Publicado en el periódico El Mundo de Medellín, el 7 de abril de 2004 (http://www.elmundo.com/).

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Posted by Saúl Hernández

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