Las  élites se cuidan de que sus hijos tengan mejores oportunidades que los hijos de los demás.

El hijo del alcalde de Bogotá, Lucho Garzón, es cabeza de lista en la consulta interna del Polo Democrático en la capital. El hijo del desaparecido Bernardo Jaramillo Ossa anunció que va a retomar las banderas de su padre como también lo están haciendo los hijos de José Antequera y Rodrigo Lara Bonilla. El hijo del abogado Antonio José Cancino, defensor de Ernesto Samper, ya litiga también, y el hijo de César Gaviria es dizque asesor de Peñalosa, candidato a la presidencia que también es un delfín.

Le ha concedido unas palabras a la revista Semana, Simón, hijo de Gaviria, el del ‘revolcón’, donde demuestra que es tan estúpido como Juan Manuel Galán, hijo mayor de Luis Carlos, actual ministro plenipotenciario de la embajada de Colombia en Londres, quien escribió alguna vez que no le gustaba Colombia porque no se conseguían vinos finos y buenos quesos. Años después, como Viceministro de la Juventud, se adjudicó a sí mismo una beca de Colfuturo para estudios en el exterior de colombianos pobres y hace poco se prestó para un programa del canal National Geographic, donde hablaron mal de Colombia. Debería estar en la cárcel por lo de la beca, pero es Galán, creerá que Colombia le debe.

El Tiempo es el periódico más importante del país. Hace poco contrató al hijo menor de Galán como editor político. Sabrá Dios por qué. Semana es la revista más influyente de Colombia, su director es el hijo de don Enrique Santos, el director de El Tiempo, periodista reputado y persona respetable. El hijo de Daniel Samper Pizano, columnista y accionista de El Tiempo y hermano de Ernesto, es el director de la revista más influyente en la bragueta de los colombianos, Soho. Este muchacho, ‘Ramoncito’, tiene el poder de desvestir a cualquier chica del país y ese no es un poder menor.

Un hijo de Juan Felipe Gaviria, gerente de Epm, ex ministro, ex presidente de la junta de Siemens, era hasta hace poco subdirector de Planeación Nacional. Ahora da clases en una universidad de alcurnia, escribe en El Espectador y es miembro de las juntas directivas de Isagen y Bancolombia. El otro, escribe en la revista Cambio, en El Colombiano y hasta hace reportajes para el Canal Caracol. Se parecen a los Valencia Cossio, están por todas partes. Esta lista no pretende ser exhaustiva porque no terminaríamos nunca pero rematemos: un hijo de Santofimio está en la Embajada en Francia; un hijo de Bernardo Guerra Serna es senador y otro, asesor del Ministro de Transporte; la hija de Francisco José Jattin es, ni más ni menos, presidenta de la Cámara de Representantes; y hay un nieto de aquél allí y una hija del otro más allá.

Por supuesto que sería una estupidez —como las de J.M. Galán o las de Simón Gaviria—, afirmar que todos ellos carecen de méritos propios para ocupar esos cargos pero precisamente lo que indica la tendencia es que el mérito no importa sino la casta. Y eso tiene mucho que ver con la concentración del poder en el país, con la concentración del ingreso y la inmensa brecha entre las élites y los demás, con la diáspora de talentosos colombianos, con la violencia misma. Que se prepararon en las mejores universidades del mundo, dirán en su defensa. Claro, es que los demás difícilmente ingresan a las universidades de aquí, menos a las de afuera. Pero si lo hicieran, no encontrarían a su regreso las puertas abiertas de par en par como los hijos de.

Los colombianos más destacados de nuestra historia contemporánea no provienen de ‘buena’ cuna. Ni Gabo, ni Botero, ni las varias decenas de buenos deportistas, artistas y demás, gatearon en tapete persa. Muchos buenos políticos e industriales salieron de abajo, y los narcotraficantes son una buena muestra de gente con talento que no encontró una válvula de presión para encauzarlo. ¿Alguien cree que se puede armar una buena selección de fútbol con los hijos de Asprilla, Higuita, Valderrama, Maturana y el Bolillo, sólo porque son hijos de? La genética y el ambiente ayudan pero el poder no se puede transferir por osmosis ni heredarse por testamento, ni transmitirse en los espermatozoides. Las élites se creen dueñas del país y lo van heredando a sus delfines como las desusadas monarquías. Un país así no va a ninguna parte.

El sociólogo británico Michael Young (citado por Ralf Dahrendorf en El Tiempo, abril 20 de 2005), considera que «la meritocracia significa simplemente que otro grupo dirigente cierra las puertas tras de sí una vez que ha logrado su estatus. Aquellos que llegaron a la cima gracias a su “mérito” ahora quieren tener todo lo demás: no sólo poder y dinero, sino la oportunidad de determinar quién entra y quién queda afuera. Tarde o temprano, las élites meritocráticas dejan de estar abiertas; se cuidan de que sus hijos tengan mejores oportunidades que la prole de los demás, (…)se asientan sólidamente y usan todos los medios a su alcance para mantener ese statu quo».

Muchos de los mencionados deberían imitar el ejemplo del hijo de Álvaro Gómez Hurtado, que después de usufructuar un noticiero que dirigió por ser hijo de, se mandó a pintar mamarrachos a Paris, y allá aprendió que el talento no viene por apellido: lo que natura no da, Harvard tampoco. Es el nepotismo que llaman, del latín nepote, o sobrino, de cuando los papas favorecían a sus sobrinos, a falta de hijos. ·

(Publicado en el periódico El Mundo, el 6 de junio de 2005)

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Posted by Saúl Hernández

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