El testimonio de la amante de Pablo Escobar no es un mero chisme de alcoba.

Hace tiempos estábamos esperando en Colombia que alguien hablara, que hubiera alguien que no se llevara sus secretos a la tumba como ha pasado siempre en este país de grandes crímenes e insospechadas confabulaciones. Eso podría explicar en algo la credibilidad que ha generado el testimonio de Virginia Vallejo, una audaz pieza oratoria improvisada ante una cámara de video, pero tal vez haya ganado mayor crédito entre la opinión pública al advertirse la desfachatada y afanosa forma  de desacreditar su testimonio desde las más altas esferas políticas y sociales.

Si  bien puede afirmarse que es apenas lógico que los incriminados directos e indirectos desvirtúen las acusaciones proferidas en su contra y que hasta se valgan de la condición del denunciante para demeritarlo, que se quiera así condenar al delator y desconocer el valor probatorio de su denuncia por ser un sicario, por haber sido condenado por algún acto punible o por ser una mujer de cuatro en conducta, como parece ser este caso, huele muy mal que se le quieran echar culpas a la Vallejo y hacer juicios sobre ética periodística desviando la atención sobre el meollo del asunto que es el juicio en contra de Alberto Santofimio Botero.

Por supuesto que no es nada común que alguien acepte acusaciones de este calibre y admita sus culpas con grave arrepentimiento, ni siquiera aunque la prueba sea irrefutable, pero cuando los argumentos de la defensa son tan peregrinos como los que se han esgrimido contra la señora Vallejo —que quiere plata, que quiere publicitar sus futuros libros, que está casi ciega, que se está desquitando de algunas personas con las que tenía desavenencias, que es una ‘meretriz’ indigna de crédito, que debería haber quedado detenida de inmediato, que es  cómplice de los delitos que ahora denuncia por no haberlo hecho a su debido tiempo, etc.–, hay que pensar muy seriamente que la veracidad de su testimonio es tanta que los incriminados no saben qué hacer.

No hay duda de que en el proceso a Santofimio Botero han ocurrido cosas dignas de investigarse. El procurador Maya Villazón cambió su delegado para pedir anticipadamente la absolución del acusado, el juez decidió no practicar pruebas que había solicitado y dejar de llamar testigos claves como el hermano de Pablo Escobar y el Fiscal General, Mario Iguarán, no recibió a tiempo el testimonio de Virginia Vallejo a pesar de que fue advertido de la importancia de sus denuncias. El periodista Gonzalo Guillén, quien acompañó a la ex presentadora a su cita con el Fiscal, dijo en una entrevista que el ente acusador se abstuvo de citar a la diva por ‘creer’ que estaba fuera del país pero ni siquiera se le indagó al DAS si ella aparecía reportada en el control de salidas al extranjero. Al parecer, no hubo voluntad para escucharla y, lo que es peor, parece que había (y hay) gente interesada en acallarla.

En Derecho Penal, la versión de un testigo o un delator gana o pierde validez no en función de su condición sino en función de la credibilidad que genere su relato de acuerdo con las contradicciones en las que incurra o las convergencias que su declaración tenga con la de otros testigos. Incluso, si en el pasado ha hecho revelaciones ciertas sus acciones suben y si ha entregado testimonios falsos, el valor de su palabra decae como en la fábula del pastorcito mentiroso. Pero además también  importa la prominencia del declarante y su relación con los hechos. Si fue testigo de primera mano su testimonio tiene mayor validez que el de quien se entera de oídas, y si es protagonista del hecho —cómplice, autor  material o intelectual, etc.—su alegación tendría carácter de prueba.

Como si fuera poco, el testimonio de Virginia Vallejo está siendo soportado por gente de todas las pelambres desde Baruch Vega, informante de la DEA, hasta personas intachables como el señor Antonio Melo Salazar, el  médico Augusto Leyva Samper  y Alonso Salazar, actual secretario de Gobierno de Medellín quien, como periodista, lleva años investigando el crimen y es quien mejor conoce la vida, obra y milagros de Escobar. El cuestionado ‘periodista’ Edgar Artunduaga explicó la acusación que le hizo Virginia con el argumento de que era un problema personal al haber sido él quien la sacó de la televisión, pero el periodista Carlos Ruiz salió al paso y aseguró que él es testigo de que Artunduaga sí recibió el famoso casete de manos de Pablo Escobar. Todo esto trae a cuento una sentencia del escritor R. H. Moreno-Durán que por lo dura, aunque certera, más parece un epitafio: “…(en Colombia) la política es tan nefasta que incluso corrompió al narcotráfico”.

Publicado en el periódico El Mundo de Medellín, el 7 de agosto de 2006 (www.elmundo.com).

Posted by Saúl Hernández

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