Sin una verdadera educación, no habrá posibilidad de derrotar la pobreza. 

Días atrás veíamos, con cierta sorpresa, los disturbios estudiantiles en Santiago de Chile. Sorpresa porque los manifestantes no eran universitarios, como de costumbre, sino chicos de colegio, porque protestaban en el entorno de un gobierno socialista y porque, a diferencia de otros jóvenes y otras revueltas, estos sí tenían clara la causa de su protesta y la naturaleza de sus solicitudes. Tanto en Chile como en Colombia, el meollo del asunto es la calidad de la educación, esa es la puerta al futuro.

Los pingüinos –como se les llama a los estudiantes chilenos debido a sus uniformes– padecen una mediocre educación pública que más tarde se traduce en inferioridad de condiciones para ingresar no solo a la universidad sino también al mercado laboral. Tanto allá como acá, la educación privada ha tomado franca ventaja frente a la escuela pública en lo que a formación de competencias se refiere, y los pobres, aunque avancen, cada vez se rezagan más.

En Colombia, las pruebas Icfes y Saber permiten constatar que los colegios privados de mayor costo se posicionan repetidamente como los de mejor desempeño, lo que demuestra que, hoy más que nunca, la educación se está elitizando a tal grado que de ser una herramienta para cerrar la brecha entre ricos y pobres ha pasado a ser un factor que la profundiza mucho más. Esto redunda, igualmente, en que el acceso a la universidad de la población de menores ingresos sea marginal y que, incluso, tenga lugar ese aparente predominio de la Javeriana y los Andes en la vida nacional en detrimento de universidades públicas con mejor desempeño en los Ecaes y otros indicadores.

El Ministerio de Educación Nacional argumenta que en Colombia ya se ha dado el cambio de enfoque educativo y de contenidos pero, en realidad, no parece muy claro que se haya dado un giro radical hacia la formación en tecnología, el dominio de una segunda lengua (del inglés, idioma universal de negocios), la formación vocacional aunada al ‘emprenderismo’, la formación de competencias de tipo analítico y conceptual, etc. Es un pesado lastre para el país y para los menos favorecidos el verse abocados todavía a una educación premoderna modulada por la tiranía de lo insustancial, que llega a arruinar el solaz familiar de los domingos con tareas absurdas.

Al margen del enfoque, la educación que el Estado les brinda a niños y adolescentes sufre de males inherentes a ella, como la medianía de unos docentes que no se dejan evaluar, el corto calendario de estudios con menos de 200 días hábiles al año, mientras en países avanzados ronda los 300, y la baja intensidad horaria, insuficiente para las matemáticas, las ciencias, los idiomas…

A eso se suman males externos, que son un tropiezo para la educación de los marginados como la desnutrición, la dispersión geográfica, el transporte o la obligación de trabajar para aportar dinero al núcleo familiar. La disyuntiva es perversa porque los pobres –más de 50 por ciento de los colombianos– reciben una educación muy inferior a la deseable o desertan, se desescolarizan, rehúyen a la más leve oportunidad de mejorar su futuro.

Los beneficios de una verdadera educación con calidad son para todos porque eso conduce a que en el futuro se reduzca el asistencialismo y se liberen recursos aplicables a otras necesidades. Es, además, el primer peldaño para que prevalezca la formación de tecnólogos y no de ‘profesionales’ y se le dé el impulso que merece la investigación con propósitos industriales.

Hay que recordar que uno de los cinco puntos de la Agenda Interna que se ha trazado a propósito del TLC es la formación en ciencia y tecnología. La globalización no permite seguir pasando por alto el hecho de que no haya nada más infructuoso que un título de bachiller. Si a nuestros jóvenes no les damos una verdadera educación, no habrá posibilidad de derrotar la pobreza. En el TLC, el problema no son los pollos, ¡son los pingüinos!

El Tiempo, 27 de junio de 2006

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Posted by Saúl Hernández

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