Es imposible tener un buen régimen impositivo cuando priman los intereses particulares sobre el bien común.

Hace un mes hacíamos consideraciones acerca del impuesto de renta en la reforma tributaria que se tramita. Íbamos a hablar del IVA pero ahora ha saltado a la palestra un tema con más fuerza porque pisa muchos callos como es el del desmonte de esa miríada de privilegios que son las llamadas exenciones tributarias, las que cada sector de la economía considera catastrófico eliminar. Bien ha dicho el ministro Carrasquilla que si bien todos somos especiales, cada uno en su actividad, la ley nos hace iguales y el camino de los privilegios es el camino de las injusticias.

Cada que un gremio habla acerca de la reforma tributaria, de la manera como será ‘golpeado’ ese gremio en particular y de las exenciones que deberían mantenerse para evitarlo, es inevitable recordar las discusiones del año anterior en torno del TLC, cuando cada cual defendía lo suyo sin importar lo de los demás y sin ver el conjunto global. Los arroceros, los avicultores, los que viven del maíz y del trigo, algunos sectores de las industrias culturales, etc., enarbolaron un mal fingido nacionalismo  para proteger sus bolsillos. La actuación de cada gremio fue —y sigue siendo— idéntica en esencia a la manera en la que se comporta el sector bancario: cuando hay pérdidas e inestabilidad económica vienen impuestos de salvamento como el 4 x mil o la nacionalización (estatización) de bancos quebrados y cualquier otra medida que socialice las pérdidas. Pero cuando hay jugosas ganancias, como vienen presentándose desde hace tres años, nos hacen creer que el beneficio es común implementando unas tasas de interés para crédito hipotecario que siguen siendo muchísimo más altas que las de países desarrollados como E.U. o España, y de países de similar desarrollo como Brasil, Argentina, Chile y México, mientras siguen esquilmándonos de mil maneras y acumulando jugosas ganancias.

El sector avicultor, por ejemplo, ha tenido largas décadas de interesante actividad económica en las que, de paso, han salido perjudicados los pequeños productores ante la difícil y desigual competencia a la que se han visto abocados por parte de los industriales del pollo, quienes tecnificaron su producción, acrecentaron la productividad levantando grandes cantidades de crías en tiempos cada vez menores (gracias al concentrado enriquecido con hormonas) e implementaron eficaces canales de comercialización tanto para los pollos como para los huevos, de forma que el campesino raso perdió hace muchos años toda opción de negocio en este sector.

Ahora, a pesar de grandes salvaguardias, los perjudicados no serán los campesinos que nadie defendió en su momento sino los industriales, quienes, aunque no puede decirse que la carne de pollo se nos ha estado vendiendo a precios superiores al justo, no deberían invocar intereses nacionales para defender su inversión en detrimento de todos los que podrán adquirir pollo a mejor precio. Por cierto que luego de la Apertura de Gaviria —quien cree que el rabo de paja es un adminículo de poner y quitar—, entraron al país grandes cantidades de cuartos traseros de pollo gringo a bajos precios, pero el boom no duró mucho en razón del acusado mal sabor que los consumidores atribuían a las hormonas. Los bajos precios no excusan la falta de calidad.

Estos ‘tira y afloje’ de intereses personales y grupales son un retrato exacto de lo que está pasando hoy con la reforma tributaria. Todos los sectores aducen que de retirarse determinada exención se verán afectados con la consecuente pérdida de empleos. Eso dicen los hoteleros, las universidades, las fundaciones de caridad, el sector científico y de investigación, la gente del campo cultural, los constructores de vivienda, las aseguradoras, los fondos de pensiones y un largo etcétera. Es tanto el lobby que se ha hecho (esa práctica indeseable de los grupos de presión), que es imposible no desconfiar de quienes pintan escenarios apocalípticos provocados por la eliminación de las exenciones.

Tan exageradas lamentaciones hacen creer a incautos que si algún avance socioeconómico hay en el país, en las últimas décadas, se debe gracias a los estímulos tributarios. No hay que negar que el estímulo puede ser útil y hasta necesario pero las sociedades no pueden crecer con base en indeseables estructuras mentales y culturales que tanto solemos criticar en las clases pobres: la cultura de la limosna, la cultura del policía. Si no es con regalos no se invierte, si no es bajo tutoría del Estado no se invierte.

Las exenciones se convierten en un factor de comodidad para el capital que, filosóficamente, son indefensables. Y resulta que esos mecenazgos aparentemente inofensivos y útiles no son más que una gabela para que los detentadores del capital tributen menos. No puede negarse que con estos estímulos los particulares ejecutan muchas tareas que corresponden al Estado y que éste, en su ineficiencia, es incapaz de cumplir, pero tampoco se puede negar que lo que se hace para favorecer soterrados intereses puede no ser tampoco lo más conveniente y, a lo mejor, no consigue arrojar los resultados favorables esperados.

Es decir, cuando el ejército de abogados de muchas empresas se dedica a diseñar un entramado de apoyos, auxilios e inversiones en fundaciones de caridad, películas de cine, cultivos de palma africana o proyectos de investigación en alguna universidad, entre otras muchas posibilidades, podemos estar seguros de que a futuro ninguna de estas iniciativas va a trascender de la misma forma que si se tratara de un esfuerzo genuino, realizado sin el impulso de los intereses creados y sí con la mayor de las convicciones de su necesidad y su utilidad. Pero lo peor de todo es que las exenciones no son otra cosa que un ruin paternalismo de Estado, en favor básicamente de los ‘ricos’, que en nada se diferencia de los comedores  comunitarios que permiten a los niños pobres estudiar con la barriga llena mientras las madres deciden tener más y más hijos porque papá Estado los alimenta.

Cuando una actividad es buena y las condiciones están dadas no se requiere exención para atraer al inversionista. Los hoteleros no necesitan exenciones sino desarrollo turístico, y así podría hacerse el ejercicio con cada sector incluyendo la caridad y la cultura. Y precisamente para eso es que se necesitan los impuestos: para crear las condiciones propicias para que los particulares inviertan y pongan en marcha el tren del desarrollo. Como se vislumbra, las exenciones son una práctica que pone a la locomotora a andar de revés.

Especial para Tribuna Foro Democrático (http://www.tribunaforodemocratico.com/)

Posted by Saúl Hernández

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