El TLC será un fracaso sin Agenda Interna (AI) y esta, a su vez, será un fracaso si se malogra uno de sus aspectos claves, el de la infraestructura. Este diario, en Editorial del 2 de julio de 2005, advirtió que “es más caro llevar una tonelada de carga de Bogotá a Buenaventura (34 dólares) que de Buenaventura a Tokio (20 dólares)”, simplemente por el deplorable estado de la infraestructura vial. La  Cámara Colombiana para la Infraestructura, señala que el 52 por ciento del costo logístico de las empresas es el flete, y que tenemos un atraso vial de 60 años que, al ritmo actual, nos tomará ese mismo tiempo subsanar.

Para la competitividad estamos en el peor de los escenarios: nuestro aparato productivo está lejos de las costas y el transporte de carga emplea mal la incipiente infraestructura porque el 70 por ciento de la carga se transporta por carretera, el 27 por ciento por vía férrea y sólo alrededor del 2 por ciento por vía fluvial, a pesar de que, por razones de costos, debería ser al revés.

El asunto es muy grave. Nuestro principal puerto, el de Buenaventura, no sólo es el único que tenemos sobre el Pacífico, sino que está casi incomunicado y es obsoleto, no puede recibir buques de gran calado y no tiene un manejo adecuado de contenedores. El Río Magdalena está sedimentado y su utilización es mínima. Los ferrocarriles están casi extintos y son de los pocos de trocha angosta en el mundo, tal es su atraso. Las carreteras dan ganas de llorar: el índice de kilómetros de carreteras pavimentadas por millón de habitantes es de 312, mientras que Chile tiene 994 y México 900. Países de menor desarrollo como Honduras (457) y Bolivia (340) también nos superan.

Según el Banco Mundial, las necesidades anuales de inversión en infraestructura de transporte ascienden a 815 millones de dólares, prácticamente lo que cuesta el Plan Vial 2.500, que tiene un periodo de ejecución de cuatro años. De hecho, la inversión total en infraestructura disminuyó drásticamente, cayendo de 4.4 por ciento del PIB en 1997 a 2.6 por ciento en 2003.

Colombia se quedó rezagada mientras el mundo avanza a marchas forzadas por esa dificultad patológica para ponernos de acuerdo. Hace décadas se habla de proyectos como los puertos de Tribugá y Bahía Málaga, o el famoso canal Atrato-Truandó —fluvial o seco—, y de muchos otros que han terminado engavetados no tanto —digo yo— por factores económicos o ecológicos sino, meramente, por nuestra mentalidad derrotista y timorata, por ese complejo de inferioridad que nos hace creer que la mejor manera de acertar es no hacer nada.

Parece mentira que países vecinos estén ad portas de ejecutar megaproyectos como el nuevo canal de Panamá por cerca de ocho mil millones de dólares o el gasoducto entre Venezuela y Argentina por un valor superior a US $ 20 mil millones, mientras que en Colombia no existe ni siquiera alguna claridad acerca de cuáles son las obras que requiere el país para acompañar un modelo de desarrollo orientado hacia la exportación. No hay alguien que pueda enumerar los túneles que se precisan, los puentes, las dobles calzadas, los tramos de ferrocarril y los ríos que deben habilitarse para la navegación (amén del Magdalena, por su importancia intrínseca). Acaso sea más claro lo que se requiere en puertos y aeropuertos. Tampoco hay precisión con respecto a la necesaria relocalización industrial. ¿Por qué gastar 35 dólares por tonelada hasta Buenaventura si las empresas pueden estar junto al mar? No podemos competir con reglas caprichosas y seguir a lomo de mula.

El Tiempo, mayo 16 de 2006

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Posted by Saúl Hernández

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