No es razonable la polémica suscitada por el supuesto “arboricidio” que algunos consideran que se va a cometer en la Avenida Regional al construirse un nuevo carril sobre lo que hoy es una zona verde entre la quebrada Zúñiga (límite con Envigado) y la calle 34. En esto no hay que llamarse a engaños porque las franjas a ambos lados del Río (como bien lo trae a colación el editorial de EL MUNDO del 21 de mayo) se reservaron para uso vial multimodal desde hace décadas —la primera disposición data de 1913— y entorpecer ese acto previsor es jugarle sucio a la ciudad.

Si bien toda la ciudadanía suele reclamar la construcción de vías nuevas y la ampliación de las existentes, el problema en este caso estriba en la falta de solidaridad de vecinos de estratos altos que se van a perjudicar por el ruido y la contaminación. Esa actitud insolidaria e individualista ha venido haciendo carrera en el país en todas las clases sociales, y ya es común oponerse a la construcción o instalación de cárceles, bases militares y de Policía o entidades judiciales como si se tratara de leprocomios. Y ni hablar de la resistencia que genera la construcción de rellenos sanitarios a distancias a las que puedan advertirse las moscas, los gallinazos y los malos olores pero eso sí, sin preocuparse en lo más mínimo por reciclar o hacer separación de los desechos en las casas.

No cabe duda de que la franja verde que se pretende suprimir para darle paso a un nuevo carril es, para las edificaciones vecinas, una barrera de protección contra el ruido y la contaminación, y que su pérdida podría desvalorizar algunas de esas propiedades. Tampoco se discute que esta área de 30 mil metros cuadrados es un pulmón para la ciudad y que la actual administración se ha equivocado remplazando árboles grandes con dos o tres arbustos que no igualan en biomasa al que se ha retirado o que tardarán muchos años en igualarlo y procesar la misma cantidad de CO2, precisamente cuando la ciudad está recibiendo un combustible de ominosa calidad por parte de Ecopetrol, como el ACPM, con más de 2.000 ppm (partículas contaminantes por millón) cuando el estándar europeo —la norma Euro IV— es de 50 ppm.

De la misma forma, no es posible afirmar que esta obra es la panacea a los problemas de movilidad de Medellín cuando apenas es un fragmento de la gran intervención que requiere ese eje vial. Tiene razón el concejal Gabriel Jaime Rico cuando señala la necesidad de desembotellar las lomas de El Poblado hacia el corredor del Río y de construir varios puentes adicionales sobre el Río, porque los existentes ya no dan abasto para distribuir los flujos en horas pico. Y, por supuesto, no está nada desenfocado cuando plantea la ampliación del par vial del Río a 16 carriles como eje principal y básico de la movilidad de toda el área metropolitana.

Sin embargo, hay dos cosas que cabe mencionar para bien de la planeación, la movilidad y las obras públicas en la ciudad. La primera es que hay volver al esquema de valorización si no se quiere incurrir en el tema de los peajes urbanos en obras realizadas por concesión, como sería el segundo piso vial propuesto por el ex alcalde y candidato Pérez Gutiérrez. No puede ser que los estratos cinco y seis exijan unas obras y boicoteen otras a su arbitrio sin poner un solo peso. El atraso vial de El Poblado es culpa del fracaso político de la consulta de la recordada obra 500, hace ya 15 años, y la tesis del presidente Uribe para convencer a los habitantes de Copacabana, Girardota y Barbosa que se oponían al llamado ‘peajito social’ es aplicable a varias zonas de Medellín.

La segunda cuestión es que se deben tomar medidas de choque —si cabe el término— para mejorar la circulación en las vías neurálgicas de la ciudad. Por mencionar algunas: dedicar grúas a las principales arterias para retirar rápidamente los vehículos varados y guardas para atender los choques; disponer medidas para que los automovilistas concilien los choques de latas y sólo se permita esperar a las autoridades cuando haya heridos o muertos; hacer trabajos en la vía sólo en las noches, etc. Hay que entender que nada provoca más contaminación y más pérdidas económicas que un taco y que la ‘guerra al carro’ no es más que una nueva utopía.  ·

Publicado en el periódico El Mundo de Medellín, el 28 de mayo de 2007

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Posted by Saúl Hernández

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