La erradicación de la coca es un tema tremendamente polémico y absolutamente politizado. No pocos arguyen que erradicar (o criminalizar) es de ‘derechas’ y legalizar, de ‘izquierdas’. Y lanzan un sinnúmero de argumentos extravagantes a favor de las drogas, valiéndose de proclamas contra el imperialismo norteamericano, el sistema capitalista, el puritanismo conservador y defendiendo el ‘valor’ del carácter ancestral (y hasta sagrado) de estas sustancias.

De casi toda discusión se excluye el problema real de salud pública, y los defensores de estas y otras tesis coinciden finalmente en afirmar que todo el lío del narcotráfico se soluciona de un plumazo con la legalización de las drogas. Acaso se acuerdan de algunos filmes gringos, sobre la prohibición de los treinta, que terminan con el usual happy end de Hollywood: los capos en las cárceles, las metras silenciadas y los gringos tomando bourbon en las cantinas.

Quienes en verdad pretendan buscar una solución del problema de criminalidad asociada al negocio de las drogas en Colombia deberían prestar menos atención a esas ideas que no por ser muy difundidas y apoyadas dejan de ser completamente simplistas, y leer con detenimiento al profesor Francisco Elías Thoumí, el hombre que más le ha gastado cabeza a este asunto.

Para el profesor Thoumí, la legalización no es más que una quimera puesto que parte de la falsa creencia de que las drogas se cultivan y procesan en Colombia sólo por ser un negocio muy rentable y que, en consecuencia, al eliminar aquello que infla el precio, la prohibición, se acaba el negocio y la violencia que genera.

Legalizar es una tesis simplista, porque desconoce de tajo el problema de pérdida de valores que ha vivido la sociedad colombiana y esa proclividad decimonónica al delito, atada a nuestra idiosincrasia. El problema de Colombia no es el narcotráfico sino el individualismo que se ha enquistado en nuestra cultura, haciéndonos vulnerables a la tentación del dinero fácil y a la ilegalidad en general; llevándonos a infringir las normas sociales y legales en un entorno de rasgos enfermizos que constituyen el peor de los mundos posibles: carencia de institucionalidad, debilidad e inoperancia de la justicia y laxitud moral de la sociedad.

Así como a cualquier ciudadano de ‘bien’ le importa un pito infringir una norma de tránsito y sobornar a las autoridades para evitar la sanción, delincuentes curtidos como los narcotraficantes no se van a cruzar de brazos en el evento de que el mundo legalice las drogas. Las ganancias que dejarían de percibir tendrán que salir de otras actividades rentables como el secuestro, la extorsión, la trata de personas, el tráfico de armas, la falsificación de moneda y productos de marca, la corrupción pública, el contrabando y demás.

La delincuencia organizada no se conforma con las ganancias fabulosas del perico sino que roban hasta gasolina, presupuestos municipales, dineros de la salud, regalías del petróleo, y despojan a grupos étnicos de sus territorios ancestrales… ¿Debemos, entonces, legalizar todas esas barbaridades?

Pero, además, no hay que hacerse vanas ilusiones porque ningún país del mundo va a fijar una regulación de mercado libre para las drogas. A lo sumo, en el mediano plazo se admitirá la formulación médica para los adictos en tratamiento y no la venta libre, cosa que no es coherente con las medidas antitabaco que se implementan en todo el mundo, o con la prohibición de quemar chispitas mariposa en Bogotá. Así que quien no tenga fórmula médica para comprar cocaína en la farmacia seguirá recurriendo a un jibarito y la coca, en alto porcentaje, seguirá siendo de las mafias colombianas.

Luis Carlos Galán se pasó la vida pidiendo la moralización de las instituciones y de las costumbres para salvar a Colombia, ideal por el que todos debemos luchar. Ahora, a su hijo le parece que el camino es, simplemente, legalizar la coca.  ·

Publicado en el periódico El Tiempo, el 9 de enero de 2007

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Posted by Saúl Hernández

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