La división entre el país político y el país nacional es tan grande que mientras el uno convulsiona como un enfermo, el otro se siente mejor que nunca. Y los médicos, tan obsecuentes, se desviven indagando por qué a su paciente le sigue gustando medicina tan ‘amarga’. Hay un caso a escala que refleja fielmente lo que está sucediendo en Colombia: el 95 por ciento de los trabajadores de Coltejer eligieron renunciar a la convención laboral para salvar a la empresa, pero la minoría restante (los sindicatos) se opone. Cualquier parecido con la realidad nacional no es pura coincidencia.

Veamos esta patología: aquel que renuncie a 26 salarios anuales para ajustarse a los de ley, que son la mitad o poco más, tiene que estar loco, no cabe duda. Por tanto, esas mayorías están enajenadas mentalmente y su juicio ha de equipararse al de un incapaz, por el que sus nobles e iluminados compañeros deben velar en lo sucesivo, aun desde el asfalto. Más análisis sobra. De la misma forma, el ochenta y pico por ciento de los colombianos carecemos de razón, tanto en el sentido filosófico del término como en el de ser faltos de entendimiento. Es decir, amén de ignorantes, somos tarados.

Es así que los conspicuos intelectuales que se libraron de esa enfermedad (¿garciamarquiana?) de la estupidez colectiva se devanan los sesos buscando explicaciones teológicas o freudianas -en un intento por salvar la patria- para tratar de entender por qué ese montañero con cara de sacerdotico ni se moja ni se despeina, y la gente le perdona esas hecatombes que en cualquier país sacarían a las calles a millones de manifestantes que no dejarían piedra sobre piedra. Y nos vienen con el argumento irrefutable de que las mayorías no siempre tienen la razón, cosa que comprueban al paso mencionando casos como el de Fujimori y similares.

Sin embargo, la gente de a pie no es tan torpe como para no saber lo que quieren para sus vidas, ni es tan ingenua como para no percibir las intenciones de quienes desprecian el legítimo dictamen de la colectividad. Todo el mundo sabe que la supuesta crisis no existe, y la mejor prueba es que el país no se resiente.

Toda la escandalera no es más que un artificioso montaje circense hecho para minar la credibilidad del Gobierno. En el país, a lo sumo, hay una catarsis de tantos males acumulados que, a medida que se van resolviendo, provocan algunos malestares y dolencias. Pero lejos estamos de aquellas épocas en que todos se querían ir del país y desde el extranjero nos veían como un Estado fallido en tanto que los políticos y sus voceros creían que íbamos muy bien y solían ir a tomar whisky al Caguán mientras, al otro lado, los ‘paras’ sembraban los campos de fosas.

Ni el gobierno ni el Presidente mismo son perfectos, sería una necedad decirlo. Pero si más del 80 por ciento está con Uribe es porque cambió la demagogia bipartidista por soluciones efectivas, principalmente en el tema de la seguridad, que es el que más preocupa a la gente en un país tan martirizado por la violencia. Pero, además, porque Colombia repudia las aventuras marxistas que cabalgan por el continente aun en contra del sentir general y a contrario sensu de lo que se hace actualmente en los países comunistas como Cuba, donde no hay arroz pero ya se permite la venta de ollas arroceras. En cambio, la oposición no ofrece nada distinto a moralina y demagogia, y vanas propuestas de soluciones inocuas como las asambleas constituyentes, que siempre terminan reclamando politiqueros y subversivos por igual, como si fueran uno solo.

La gente está con Uribe -digámoslo claro- porque siguen viendo en él al único verdaderamente comprometido con impedir que el terrorismo de las Farc -con expreso apoyo de los vecinos- someta a Colombia. Pero nuestra suerte es poca: controlado el cáncer, vienen galenos mezquinos a decir que la salud, del que ya se ha curado, sigue siendo de pronóstico reservado. ·

Publicado en el periódico El Tiempo, el 13 de mayo de 2008

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Posted by Saúl Hernández

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