Creo, con todo respeto, que el Presidente de la República se equivoca e incurre en una evidente y grave incoherencia al manifestar que en Colombia no se debería imponer la cadena perpetua para los asesinos de menores por no haber aquí esa tradición o por considerar que eso polarizaría al país. Señor Presidente: ese argumento es muy similar a las tesis que esgrimen algunos en contra del combate frontal a las guerrillas que usted impulsó. Desde el principio, su política de la Seguridad Democrática fue rechazada por sectores minoritarios que aseguraban que eso convertiría al país en un Vietnam, que primero se debía acabar con las ‘causas objetivas’ del conflicto o que aquí teníamos, precisamente, una tradición de diálogo y desmovilización que no se podía tirar de la noche a la mañana. Esos mismos detractores intentaron polarizar el país pero más del 90 por ciento de los colombianos siguen estando de acuerdo con su política de mano dura, y un porcentaje similar quiere extenderla contra los violadores y asesinos de niños.

Entonces, no quisiera creer que tienen algo de razón sus críticos cuando aseguran que su posición contra las Farc parte de un odio visceral que siente usted contra ellos por haber asesinado a su padre, y que es pura sed de venganza. Sea cierto o no, debería entender mejor que nadie que para las gentes de bien no hay ninguna diferencia entre quienes violan y asesinan a sus hijos y el ‘Mono Jojoy’ o ‘Raulito Reyes’. Es más, aquí sí que cabe hacer la distinción entre unos delincuentes convencidos de una ideología política de izquierdas o derechas, y unas mentes enfermas y retorcidas que sólo buscan la satisfacción de sus más bajos instintos y pulsiones, atentando contra la vida, la honra y el pudor de los seres más indefensos e inocentes.

Y no es que se esté pidiendo la cadena perpetua –y hasta la pena de muerte– en la irracionalidad de estos momentos de efervescencia y calor, no. Esto lo venimos pidiendo muchos colombianos hace varios años, viendo con preocupación la manera creciente como se vienen produciendo –cada vez con mayor frecuencia y grado de sevicia– estos atentados contra el futuro de la Nación, dadas las nefastas consecuencias de los maltratos, los abusos sexuales y los homicidios, y el hecho de que los abusadores no abandonan nunca sus prácticas, sumando cada vez más víctimas a su prontuario criminal.

No puedo sentir nada distinto a una honda tristeza cuando veo que al Gobierno le importa un comino que Luis Alfredo Garavito, el sicópata asesino de más de 140 niños, está a pocos meses de quedar en libertad. Y, a pesar de que puede ser irresponsable decirlo, lo único que esperamos las personas de bien es que alguien se tome la ley por mano propia y finiquite la existencia de este monstruo antes de que, en libertad, vuelva a cometer más violaciones y homicidios. De hecho, eso es lo que ocurre cuando un Estado ceja en sus deberes por negligencia o ineptitud. ¿No fue así que surgieron los ‘paras’?

Es que si es grotesco ver una comunidad enardecida tratando de linchar a un violador y asesino de menores, todavía lo es más ver a la Policía defendiendo al criminal cuando han mostrado tantas deficiencias para cuidar a los niños. Puede que esos crímenes no sean culpa directa de las autoridades pero sí le compete al Establecimiento emprender las medidas judiciales pertinentes que eviten a los ciudadanos el tener que hacer justicia por su propia cuenta.

La cadena perpetua es poquito para dementes como Garavito u Orlando Pelayo, el asesino de su propio hijo, un bebé de once meses. Estos personajes deberían ser ejecutados sin mediar impedimentos religiosos u objeciones del garantismo judicial. No se puede seguir aupando a estos criminales con argucias emanadas de quienes se autodenominan ‘progresistas’, que no son otra cosa que los comunistas de siempre, que tratan de minar el sistema aduciendo que las cárceles no socializan, que la justicia no debe convertirse en venganza o que endurecer las penas no sirve para prevenir delitos o disminuir su incidencia.

Por eso, ¿quién puede garantizar que de imponerse la cadena perpetua esta no va a ser desmontada en unos años y devueltos a la calle una horda de criminales? Tal vez por eso aquello de que endurecer las penas no sirve se convierte en una profecía autocumplida, sobre todo cuando, paradójicamente, el máximo líder de la Nación está en contra. ·

Publicado en el periódico El Mundo, el 6 de octubre de 2008 (http://www.elmundo.com/).

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Posted by Saúl Hernández

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