Es incomprensible que el gremio financiero, en pleno, considere que los bancos no tienen nada qué ver en el tema de las pirámides. Pongamos las cosas en perspectiva: más del 50 por ciento de los colombianos están por fuera del sistema bancario y muchos sólo lo utilizan por obligación pues en sus empresas les exigen una cuenta para depositarles el salario. La mayoría de los colombianos se encuentran excluidos porque se supone que no tienen fondos, que apenas tienen lo justo para la supervivencia diaria y carecen de toda capacidad de ahorro e inversión. Pero después de ver los chorros de dinero que gentes de todos los estratos pero pobres en su mayoría –de pueblitos de Putumayo, Nariño, Cauca, Huila, Tolima, Boyacá, etc.– metieron en las pirámides, no parece que esa teoría tenga fundamento.

La verdad es que los bancos son vistos con recelo por mucha gente porque la experiencia que la mayoría tiene de ellos no es grata. No sobra repetir por enésima vez que para hacerse acreedor a un préstamo hay que demostrar que no se necesita la plata, por aquello de que quien está muy necesitado podría tener dificultades para salvar el crédito. Pero resulta que muchos préstamos suntuarios se van a cobro jurídico en tanto que las necesidades vitales de muchas personas de escasos recursos son solventadas mediante modalidades informales de crédito como el gota a gota o las prenderías, donde las deudas son debidamente honradas pues de por medio está hasta la vida misma, en el primer caso, o una prenda entregada en garantía cuyo costo es muy superior al crédito y no se quiere perder.

En realidad, los pobres no son tan malas pagas como los bancos creen, y el caso del sistema hipotecario es prueba más de una gran avidez y una deshonesta política de usura que de la incapacidad de pago del deudor. El caso colombiano es muy distinto al de Estados Unidos. Allá le prestaron dinero a miles de personas que no podían pagar su hipoteca con el prurito de que los precios iban al alza y perder era imposible. Aquí lo que ha sucedido con el Upac –desde 1992 cuando se le ató al DTF– y la UVR, es que se ha llevado a efecto un cobro leonino al deudor, hasta por diez y más veces del tamaño de la deuda adquirida. De manera que casi todos los que han perdido su vivienda la habían pagado con creces.

Por otra parte, los bancos le achacan al impuesto del 4 x mil el hecho de que muchas personas prefieran meter la plata debajo del colchón, pero esto es absurdo. En primer lugar, ese impuesto sólo se le cobra a quienes tienen cuentas con movimientos superiores a 7 millones mensuales, y esa es una cifra que no mueve el pueblo ni la clase media. En segundo lugar, aún si no existiera esa condición, es un impuesto muy bajo que no alcanza a impactar los ahorros de una persona del común. Bancolombia cobra 7.300 pesos mensuales por la cuota de manejo de la tarjeta débito y para que a uno le cobren esa misma cantidad por concepto del 4 x mil hay que hacer un retiro de 1 millón 825 mil pesos que no cualquiera tiene porque eso equivale a cuatro salarios mínimos. Es decir, un retiro de esos se hace para comprar un computador o un plasma y esas son cosas que Juan Pueblo no compra todos los días. Es cierto que ese impuesto ha alejado a muchos de los bancos pero el problema para las mayorías son los exagerados costos de la banca que terminan evaporando el ahorro. No es cierto que la gente sólo busque ganancias fabulosas, es que si alguien mete 100 mil pesos a una cuenta de ahorros –que como su nombre lo indica es para ahorrar–, al cabo de un año la mera cuota de manejo de la tarjeta débito –sin la cual no le abren la cuenta– se habrá comido 90 mil pesos por nada.

Pero eso no es lo único que le cobran al cuentahabiente. El listado de servicios financieros es bastante largo y cada uno de ellos es muy costoso. Ese es el motivo por el que el nivel de bancarización en Colombia es bajo. Por eso, es necesario darle a esos servicios un valor sensato que nos regrese al principio de los tiempos, cuando las cuentas de ahorros crecían de manera lenta pero segura en vez de esfumarse como ocurre en nuestros días. Los banqueros hasta podrían ganar más que hoy al incrementarse el volumen de ahorradores y dinamizarse la economía, pero si no se pellizcan ni con una convulsión social que ha estremecido la mismísima silla del presidente más popular de la historia, estamos jodidos. No hay peor ciego que el que no quiere ver. ·

Publicado en el periódico El Mundo, el 1 de diciembre de 2008 (www.elmundo.com).

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Posted by Saúl Hernández

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