Por Juan Benemelis – Especial para el Nuevo Herald, Miami

Fidel Castro entró a formar parte del bloque soviético cuando la URSS se consolidó como superpotencia militar e irrumpió fuera de la masa continental euroasiática, en los momentos también del cisma chinosoviético y de la descolonización afroasiática. En Africa, Medio Oriente y América Latina, su familiar silueta, tocada con un puro en la boca, se vio mitificada por su antiyanquismo, que lo convirtió en el paladín de la escena no alineada. El elemento definitorio de su política exterior fue conformar alianzas con Estados que compartiesen su enemistad hacia Estados Unidos y la democracia, proyección que, en plena Guerra Fría, implicó integrarse a los intereses estratégicos de la URSS.

Su política exterior, la más desconcertante y provocadora de los tiempos modernos, como si fuese una potencia militar, se proyectó en islas, estrechos y territorios claves de dos continentes: Africa y América Latina, utilizando una red de organizaciones pantallas que le permitió unificar recursos y ganancias políticas dentro del antiguo bloque soviético y entre los movimientos de izquierda.

Con rapidez, fundó un entramado de espionajes (la DGI, el Departamento América, la DIM) considerado en su momento el tercero del planeta, después de la KGB y de la CIA, no sólo por su dimensión sino por su capacidad para golpear diversos objetivos en lugares dispares, y para descubrir, identificar y explotar conflictos locales genuinos o evitables. Estos dominaron las acciones encubiertas, la falsificación de documentos, la inteligencia humana y tecnológica, la penetración de gobiernos (Ana Belén Montes, la Red Avispa en Estados Unidos), ejércitos e instituciones civiles, la adquisición de secretos, la implantación de centros ilegales, la desinformación y guerra psicológica, la promoción de la narcoguerrilla, la transferencia tecnológica occidental al bloque soviético, el lavado de dinero, el comercio ilegal. Ni la Mossad israelí, la Stassi germanoriental, la Securité francesa o el M-6 inglés lograron montar la vastedad de maquinaciones de espionaje y subversión como él: en América Latina y Africa, en el mundo árabe y el asiático, del Sahara español a Vanuatu, en el Pacífico.

Castro transformó a Cuba en un estado mayor de lucha armada, terrorista, y de inteligencia contra Estados Unidos, arrastrando consigo a toda una generación latinoamericana y afroárabe, y en ocasiones a una cautelosa Unión Soviética. Poco se conoce, fuera de los círculos militares y de inteligencia, de la complejidad y la magnitud de esta subversión, cuando un verdadero racimo humano, alrededor de 25,000 individuos de diversos continentes y filiaciones ideológicas (entre ellos 10,000 latinoamericanos), fueron entrenados como guerrilleros y terroristas en más de una docena de campos de entrenamientos dentro y fuera de la Isla.

Nunca en la historia contemporánea un país tan pequeño y escaso de recursos ha ejercido la influencia internacional de la Cuba castrista. Ni la China de Mao o el tercermundismo de Nehru, ni el neomarxismo europeo o el panarabismo de Nasser, ni la autogestión de Tito o el sandinismo de los Ortega, se granjearon la mitológica proyección de Fidel y el Che, que invadió los mapamundis y llevó al mundo al borde del holocausto nuclear. Esta impronta de violencia no fue igualada por Estado o estadista de su época, fuese Muamar Khadafi, el ayatolá Jomeini, Saddam Hussein, Yasser Arafat o Hafez el Assad; ninguno acumuló la experiencia, la ramificación operacional, la infraestructura y las alianzas del castrismo para desatar la revolución en cualquier parte del mundo; ninguno perfeccionó como él la organización de focos guerrilleros, la piratería aérea, golpes de Estado, envío de mercenarios a escenarios bélicos de América Latina y Africa, y otras formas de operaciones de baja intensidad.

Entre las organizaciones terroristas que se beneficiaron figuraron los separatistas vascos de España, y los nacionalistas de Irlanda del Norte, los tribeños Moro de Filipinas, el ANC de Nelson Mandela, la mafia marsellesa, las FARC de “Tiro Fijo”, las células comunistas de Bélgica, las Brigadas Rojas de Giangacomo Feltrinelli, los Macheteros de Puerto Rico, la Hizb-Allah, las Panteras Negras de Rap Brown, las transmisiones de Radio Free Dixie, dirigido por el afroamericano Robert Williams y santuario a, por lo menos, 84 fugitivos de la justicia norteamericana.

Es interminable el número de Estados latinoamericanos y africanos que fueron objetivos de Castro. Estados Unidos, Canadá, España, Inglaterra, Francia, Chipre, Turquía, Omán, tampoco escaparon al frenético trajín de su espionaje. Los actos de sabotaje en Beirut y en Kuwait, el terrorismo en aeropuertos europeos y en aviones en pleno vuelo de la El-Al, los atentados del Septiembre Negro palestino contaron con la asesoría de inteligencia de la DGI. Incluso, renombrados terroristas, como Abu Iyad, Abu Abbas, Carlos el Chacal, Mohamed Budiá, recibieron ayuda de Cuba.

Castro se involucró con casi todas las agrupaciones políticas africanas llamadas de liberación, armando a los radicales dedicados al derrocamiento de gobiernos autoritarios o elegidos, inmiscuyéndose en las luchas anticoloniales, entrometiéndose en guerra civiles en Sudán, Yemen del Sur, Congo Brazzaville, propulsando guerrillas rurales y urbanas latinoamericanas desde 1960. Uno de los primeros escenarios fue el apoyo a los guerrilleros argelinos por su independencia, y el envío en 1963 de combatientes en el conflicto argelomarroquí. Asimismo, en 1964 estableció allí una base con 250 asesores, para entrenar latinoamericanos y africanos. En 1966, Castro organizó la Conferencia Tricontinental de movimientos armados y partidos de izquierda, para coordinar desde La Habana un frente común contra Estados Unidos. Allí se forjó la alianza con la OLP de Yasser Arafat y se asumió el antisemitismo que culminó con el envío de una brigada de artilleros a las Alturas de Golán, en 1973, durante la Guerra del Yom Kippur.

A simismo, en el Medio Oriente, su impronta en el Mar Rojo (Somalia, Etiopía y Yemen del Sur) complicó la carrera bipolar por el Océano Indico. Su aviación, además, descargó golpes letales en las fronteras con Omán y en Yemen del Norte. Con los petrodólares de Muamar el Kadafi, Castro armó a Nicaragua y desestabilizó El Salvador, a cambio de buscarle armas de destrucción masiva al gobernante libio. Su relación con Saddam Hussein proviene de los primeros momentos del iraquí en el poder, cuando le brindó asesoramiento de inteligencia y brigadas cubanas construyeron las carreteras militares hacia la frontera con Irán, así como muchos de sus bunkers. En 1976 el Shah de Irán expulsó a la embajada cubana por conspirar con los comunistas iraníes prosoviéticos, (el IPP) para derrocar la monarquía. Luego Castro se acercó al ayatolá Jomeini, cooperando en el campo de la biotecnología, y en ocasión de su visita en mayo del 2001, aseguró que entre ambos pondrían a Estados Unidos de rodillas.

Sus brigadas armadas llevaron al poder al movimiento angoleño del MPLA y al PAIGC de Guinea Bissau y Cabo Verde, en el desierto etíope del Ogaden, en Eritrea, y sus unidades blindadas chocaron con las sudafricanas. Su aviación, en Angola, utilizó los gases VX y Sarin, así como el napalm. Los cubanos sirvieron de instructores militares en los campos de terrorismo de Argelia, Libia, Yemen, Chile, Líbano; fungieron como guardias pretorianas a mandatarios de las junglas tropicales, como Siaka Stevens de Sierra Leona, Sekoú Touré de Guinea, el sanguinario dictador guineano Francisco Macías Nguema, el chileno Salvador Allende, entre otros.

Su régimen presentó además un listado de vinculaciones moralmente dudosas: el espadón argentino Carlos Videla; los golpistas brasileños; el panameño Manuel Noriega; Ramón Mercader, el asesino de León Trotsky; el narcotraficante Pablo Escobar; el prófugo de la justicia Robert Vesco; el asesino de la Rue Marbeuf: Carlos, El Chacal; el tirano ibérico Francisco Franco; los africanos Khadafi, Mengistu Haile Mariam, el cruel y excéntrico ugandés Idi Amín Dada e incluso el emperador caníbal Jean Bedel Bokassa. Asimismo, su vinculación con el narcotráfico, de Sudamérica y de China, se halla documentada en cortes norteamericanas.

En el ámbito del continente americano el castrismo resultó traumático al poner en discusión la vieja prerrogativa intervencionista de la doctrina Monroe americana; aniquilando el reformismo de las “suizas” del continente (Uruguay, Chile y Costa Rica); polarizando las fuerzas sociales entre los revolucionarios armados y las juntas militares. Castro financió, alentó y entrenó a los grupos terroristas sudamericanos Tupamaros, Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo. Asimismo, personal militar cubano asesoró al movimiento terrorista peruano de Sendero Luminoso y a las FARC de Colombia, a las cuales conectó con el fundamentalismo islámico. También apuntaló al régimen marxista de Maurice Bishop en Granada y en 1987 entrenó e introdujo en Guatemala 2,000 guerrilleros.

Con el ascenso de gobiernos izquierdistas en Latinoamérica a fines de los 1990, las políticas y metas de La Habana en el Medio Oriente cobraron nuevo impulso al ser adoptadas por Hugo Chávez en Venezuela y por Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil. El tema dominante cubano con el Medio Oriente fue la formación de alianzas antinorteamericanas que abarcasen todo el globo y la proyección de Chávez como figura internacional, sobre todo en el mundo islámico.

La magnitud y el dinamismo subversivo del castrismo, al convertir a la Gran Antilla en la nación más influyente de Latinoamérica, resultó en extremo suicida para su economía y su pueblo que pagaron un precio exorbitante: la casi extinción de la nación. En palabras del historiador Andrew Conteh “ningún otro país del tamaño de Cuba y pocos con más recursos, pueden igualar la proyección mundial de la política exterior cubana”.

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