La marcha de este lunes 4 de febrero fue ideada por ciudadanos contra las Farc, con el lema de “No más muertes. No más mentiras. No más secuestros. No más Farc”. Es decir, más claro no canta un gallo. Y aunque muchos consideran que las marchas no sirven para nada, la reacción de los mismos sofistas de siempre —y de las propias Farc—, ante la magnífica acogida de la convocatoria, demuestra todo lo contrario: la marcha los ha puesto tan nerviosos que se ha vuelto objeto de sabotaje y se le ha tratado de restar crédito con toda clase de argucias.

De entrada, el Polo Democrático -que de ‘democrático’ no tiene nada-, en conjunto con las centrales obreras y diversas asociaciones sindicales, adujo que esta es una marcha de corte uribista, de evidente respaldo al Gobierno y a sus políticas de ‘guerra’, que es una marcha que no contempla respaldo alguno al acuerdo ‘humanitario’, ni salidas negociadas al conflicto. En consecuencia, no sólo anunciaron que no participarán en ella sino que organizaron una contramarcha. Y si la una es contra las Farc, ¿debe suponerse que la otra es en apoyo de las Farc, o será eso caer en una argucia sofista como las que esgrimen el Polo y sus amigos?

El hecho es que otros fueron más lejos: dijeron que marchar contra las Farc era hacerlo a favor de las mafias paramilitares de derecha, y lo sustentaron en la grotesca y desafortunada invitación que hizo Salvatore Mancuso para participar en la marcha. Olvidan, sin embargo, que los asesinos de las autodefensas están recluidos en cárceles de verdad, que están confesando sus miles de crímenes, que están entregando gran parte de sus fortunas mal habidas y que desmovilizaron sus estructuras militares. Como si fuera poco, los políticos corruptos que se aprovecharon de la coyuntura para detentar más poder aliándose con los ‘paras’, están durmiendo en camas de cemento en La Picota, y pasarán muchos años allá. No hay nada perfecto, pero si no marchamos contra los paramilitares es, simplemente, porque la mayor parte de ellos y de sus cómplices, están a buen recaudo, y porque la seguridad democrática -el ejercicio del deber constitucional- nos da la certeza a futuro de que cualquiera que pretenda emularlos será combatido y, por tanto, no será necesario marchar contra esa peste, ya superada.

Es un verdadero sofisma pretender que sólo los uribistas están contra las Farc, o sólo los paramilitares, o sólo la oligarquía, cuando hace años está claro que los colombianos odian a las guerrillas y que estas no son aceptadas ni por el cinco por ciento de la población. En cambio, una buena parte de la izquierda no sólo se niega a manifestarse en su contra con argumentos peregrinos sino que hasta participan en eventos que las guerrillas organizan o apoyan mostrándose como compañeros de ruta que practican aquello de las diversas formas de lucha y que resultan siendo cómplices de la subversión armada y sus crímenes.

No puede olvidarse el remedo de condena que hizo el Polo Democrático ante el asesinato de los diputados del Valle, a través de un comunicado en el que ni siquiera se menciona a las Farc, como si a los diputados los hubiera secuestrado y asesinado el Espíritu Santo, sutileza que fue muy mal recibida hasta por miembros del Polo como Gustavo Petro. Tampoco se puede omitir que el 11 de marzo del año anterior, en plena visita de George Bush a Bogotá, una marcha de protesta convocada por el Polo y centrales obreras fue convertida en una pavorosa expresión de barbarie y salvajismo; y a pesar de que en televisión vimos a los agentes de Policía soportar estoicamente el ataque de desadaptados del Polo, Wilson Borja le mintió al país culpando a los uniformados en tanto que Carlos Gaviria manifestó que el mantenimiento del orden no era función del Polo. ¿En eso terminará la contramarcha?

No cabe duda de que el sofisma más grande es el que advierte que una marcha multitudinaria contra las Farc le cierra las puertas a una ‘salida civilista’ del conflicto. Es que si por ‘civilista’ hay que entender una solución negociada como la que se pretendió en El Caguán, entregándole una buena cuota del poder a los terroristas, esa está sellada y cancelada para siempre. Esa puerta es, precisamente, la que algunos quieren abrir con el asunto del estatus de beligerancia.

Los únicos que pueden justificar su oposición a la marcha son los familiares de los secuestrados. Por miedo a que los captores asesinen a sus parientes, hasta les tienen estima. Es un síndrome conocido. Es que el secuestro priva a unos de su libertad y a otros, de la razón. ·

Publicado en el periódico El Mundo, el 4 de febrero de 2008

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Posted by Saúl Hernández

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