Los colombianos solemos ser muy duros con nuestros deportistas. Gustamos de endiosarlos para después mandarlos al infierno cuando no alcanzan el Olimpo de los campeones. Pero, por estos días, la mayoría excusa la muy discreta actuación de los atletas nacionales, en los Juegos Olímpicos de Beijing, con el argumento de que hay muy poco apoyo estatal. Es más, no sólo se les justifica el bajo desempeño sino que se estima que las dos medallitas obtenidas –una de plata y una de bronce– son prueba de una presentación ‘exitosa’ en estas justas.

No nos digamos mentiras. En realidad, la participación colombiana en los Olímpicos es un desastre sin atenuantes porque el cuento del poco apoyo del Estado es un verdadero sofisma. Ya no estamos en esas épocas en que en las comitivas viajaban más directivos que deportistas y entrenadores, o en los tiempos en que el deporte se financiaba con limosnas. Hoy, gracias al impuesto a la telefonía celular y al apoyo de la empresa privada, básicamente, nuestros deportistas son ciudadanos privilegiados, con más y mejores oportunidades que el resto.

Ahora, es cierto que la mayor parte de los deportistas colombianos son de extracción humilde y deben afrontar el dilema de sobrevivir o entrenar, pero también hay atletas provenientes de estratos socioeconómicos altos para cuyo sustento básico el apoyo del Estado –léase ‘dinero’– no es necesario. Sin embargo, la extrema pobreza de los primeros no ha impedido que algunos de ellos se destaquen en diversos ámbitos del deporte ni la buena cuna de los segundos los ha convertido en campeones automáticamente. Tampoco hay mejores resultados en aquellos que, naciendo pobres, logran fortuna a través del deporte –como los futbolistas–. Incluso, se ha notado que a mayores logros económicos hay menos pundonor y menos conquistas. Es un error creer que el dinero hace los campeones; más bien, es claro que si el desarrollo económico y el éxito deportivo van de la mano –en países industrializados– es porque ambos comparten un mismo origen y no porque el uno provenga del otro.

Países de similar desarrollo al de Colombia obtuvieron medallas de oro en Beijing, como Jamaica (con seis oros), Brasil, Panamá, Argentina y México. Y hasta países más pobres que el nuestro lograron oros también, como Cuba, Kenia y Etiopía. En contraste, Venezuela sólo obtuvo una medallita de bronce a pesar de nadar en petróleo y de que su presidente hizo alarde de la gran inversión hecha en sus deportistas para este evento.

Las causas de la mala participación de nuestros atletas en Beijing –y en casi todas las competencias a las que asisten– hay que buscarlas en otra parte, probablemente en el seno mismo de nuestra idiosincrasia y nuestra cultura. Es muy triste que para nuestros representantes el fin último sea pegarse el viajecito y que eso se constituya por sí mismo en un triunfo como lo han expresado varios de ellos, así como el hecho de creer que es un gran logro ‘triturar’ marcas nacionales en los escenarios chinos. Colombia llevó la delegación más grande de su historia olímpica y la mayoría de los deportistas expresaron que la preparación había sido excelente; no obstante, los resultados no sólo son muy grises sino que las salidas en falso fueron muchas, como si se tratara de aficionados y no de personas consagradas a una actividad en particular.

Pero, al final de cuentas, el problema no es de nuestros deportistas sino de toda la sociedad, de nuestra mentalidad pacata, timorata, conformista, etc., que gusta dejar todo a medio hacer, que teme emprender grandes proyectos y que siente una profunda predilección por aplicarle a grandes males, pequeños remedios, pañitos de agua tibia. Por eso, mientras un solo deportista tiene 14 oros olímpicos, nosotros apenas sumamos 10 medallas en toda la historia de los Juegos (sólo una de oro). Por eso, mientras los chinos replican su milenaria muralla con unos escenarios imponentes y una organización perfecta, a nosotros nos cuesta inmensamente hacer una carreterita decente que no se derrumbe en cada invierno. Mejor dicho, el fracaso de los atletas colombianos en Beijing es un reflejo fiel de nuestra mediocridad.

Publicado en el periódico El Mundo, el 25 de agosto de 2008.

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Posted by Saúl Hernández

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