Hay razones para asegurar que el triunfo de Obama se ha sobreestimado y que no hay mucho que celebrar. Me explico: para empezar, así como Timo Glock levantó el pie en Interlagos para que el negro Hamilton se coronara campeón de la F-1, a don Barack le arrendaron la Oficina Oval circunstancias como las torpezas de Bush, las tribulaciones de la guerra y el desplome de la economía. Además, muchos votaron por condescendencia, por aquello de que ya es hora de dejar jugar a los morenos, lo cual entraña cierta inmadurez política. Aun así, el triunfo sobre un McCain maltrecho por la edad, el cáncer y las cicatrices de guerra -y con el lastre de la torpe gobernadora de Alaska- fue estrecho. No miremos los votos electorales de un sistema arcaico y dudoso, sino los votos populares; por McCain votaron 55 millones de personas (el 46 por ciento), una cifra nada despreciable, que demuestra que Obama no tiene un cheque en blanco.

Ahora, mucho se ha dicho que el resto del mundo deberíamos elegir al presidente gringo, pues es a quienes más nos afecta; allá adentro, la democracia norteamericana funciona gracias al alguacil, al juez, al fiscal de distrito y a la moral puritana, no al presidente. Pero esta vez sí hay grandes expectativas internas por lo que haga el número 44, y mucho de lo que esperan adentro va en contravía de las expectativas foráneas, donde ansían el naufragio de Estados Unidos como potencia mundial.

Como Obama quiere que lo quieran y admiren afuera, habrá que alquilar balcón para verlo dándoles gusto a los antiimperialistas con medidas concretas como el cierre de Guantánamo, la salida de las tropas de Irak y Afganistán, el cese de las guerras preventivas, la supresión del embargo a Cuba, la firma del protocolo de Kioto, el reconocimiento de la CPI, la eliminación de los subsidios agrícolas, el derribo del muro fronterizo con México, el reconocimiento de los inmigrantes, un plan Marshall para sus vecinos (Latinoamérica) y antepasados pobres (África), el fin del unilateralismo y de su papel de policía mundial y hasta la legalización de las drogas que consumía en la universidad…

En fin, el mundo se está haciendo demasiadas ilusiones con el mulato (porque ni siquiera es negro). Y resulta, por cierto, una ofensa al sentido común votar por un hombre sólo por ir tras unas reivindicaciones justo donde el racismo se acabó hace años. Ya no estamos en los tiempos de Rosa Parks; a Obama no le tocó cederle el puesto a un blanco en las aulas de Harvard -como tampoco a su padre-. La verdadera reivindicación de los oprimidos consiste en que ellos, como Obama, se hagan responsables de sí mismos y dejen atrás la autocompasión.

Lo suyo, sin duda, es una gran muestra de superación personal, pero su elección no debería sorprender a nadie, dadas su notable inteligencia y formación. Sin embargo, la imagen del santo no hace milagros. Una elección que le saca lágrimas a Oprah Winfrey sólo por solidaridad de raza no es esperanzadora por sí misma, así como tampoco lo sería el triunfo de una Mrs. Palin sólo porque las Florence Thomas del mundo se revienten de emoción.

No sé hasta dónde sean conscientes Obama y sus electores de que las inmensas ilusiones que generó con sus promesas difícilmente se podrán satisfacer sin un profundo cambio de ese modelo de vida gringo que no quieren abandonar.

De hecho, a Obama lo eligieron para recuperar la economía más que el honor, la gloria o la fama de su país; por el esplendor y la grandiosidad que sienten al volante de esas 4 x 4 que hacen menos de 30 kilómetros por galón. Por eso, lo más probable es que Obama muestre un talante indulgente y conciliador -a diferencia de Bush-, pero sea inflexible al mismo tiempo. El juego consistirá en quedar bien con los suyos sin ser insolente con el resto. De terminar siendo tan impopular en el mundo como cualquier otro presidente gringo, dependerá que le hagan una estatua adentro. ·

Publicado en el periódico El Tiempo, el 11 de noviembre de 2008 (www.eltiempo.com).

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Posted by Saúl Hernández

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