El tema de las pirámides no es nuevo ni difiere en mucho de otros fenómenos relacionados con la economía informal. Pero no deja de ser inquietante que miles de personas arriesguen su patrimonio corriendo tras los oropeles de una prosperidad instantánea y sin esfuerzo. Se ha dicho que la idiosincrasia del colombiano es proclive al dinero fácil pero al mismo tiempo se nos reconoce como gente trabajadora y esforzada. Entonces, ¿cuál de las dos caras es la real?

No hay duda de que en ambos supuestos hay mucho de cierto, pero en Colombia el ‘esfuerzo’ no conduce al ‘éxito’ ni este es consecuencia de aquel. Hacer empresa para buscar el anhelado ascenso social es, literalmente hablando, una carrera de obstáculos. Formalizarse cuesta mucho dinero e implica un largo proceso de tortuosos trámites -de una utilidad cuestionable- en entidades públicas. Y pertenecer al sistema financiero es aún peor. El sector bancario practica un leonino negocio en el que a ellos les va divinamente bien, con utilidades superiores a tres billones de pesos anuales en los últimos tiempos, mientras que a los ahorradores les va muy mal. Por ejemplo, en materia de servicios financieros, los bancos juegan con el esquema del ‘todo vale’, a la vez que prestan dinero con intereses casi de usura y excesivos requisitos que hacen pensar que el crédito se concede exclusivamente a quienes no lo necesitan, lo cual no ha impedido tampoco que se presenten vergonzosos abusos como en el caso de los deudores hipotecarios. En cambio, a los ahorradores no les dan nada: los intereses mensuales que paga un banco por tener un millón de pesos en una cuenta de ahorros se los come, con creces, la cuota de manejo de la tarjeta débito o el retiro de unos pocos pesos en un cajero automático. Por eso la gente ya prefiere mantener la plata debajo del colchón o invertirla en riesgosas pero tentadoras ofertas.

Aquí es difícil estudiar, conseguir empleo -máxime si se excede el ‘límite’ de los 35-, acceder a créditos y montar un negocio legal. Todo el camino que aseguraría la movilidad social está plagado de exclusiones para unos y privilegios para otros, por lo que se fomenta todo lo informal. No es para sorprenderse que en el país domine la cultura de la ilegalidad en todos los ámbitos de la vida nacional: la piratería editorial, musical y de software; la conexión ilegal a servicios públicos domiciliarios; el transporte ilegal; la falsificación de moneda nacional y extranjera; la imitación de productos de marcas de prestigio; la adulteración de licores y el caso reciente de elaboración doméstica de una popular bebida cuya centenaria fórmula era ‘ultra secreta’. Además, se prefiere el trabajo informal para acceder al Sisbén en vez de uno formal que exija afiliación a una EPS, se evita cotizar para la pensión con tal de no ver reducido el ingreso y se sacan las cesantías para gastarlas en cualquier cosa.

Aquí la gente prefiere obtener créditos en el conocido ‘gota a gota’, sin papeleos y sin preguntas. Confían más en pirámides, natilleras o, simplemente, en juegos de suerte y azar como el popular chance, en el que los colombianos se gastan más de dos billones al año a pesar de los graves indicios de que los sorteos son manipulados, de que a menudo no se pagan los premios y de que muchas de las empresas del ramo están en manos de delincuentes.

Entre gran parte de los colombianos, los bancos no gozan de buena reputación y la legalidad suena a impuestos, explotación y ordeño. Eso no impide reconocer que detrás de cada estafador hay decenas de incautos dispuestos al fraude, que dan ‘papaya’ a pesar de que estas mañas no son nuevas y de que se les ha dicho hasta la saciedad que ‘de eso tan bueno no dan tanto’.

Sin embargo, el hecho de que a tanta gente le parezca mejor cavar huecos en busca de supuestas guacas que ponerse a trabajar, que desmantelen fincas, casas y edificios tras las caletas de la mafia o la guerrilla, que hagan filas interminables para hacer inversiones riesgosas, que se trasnochen a la espera de carros que pasan tirando plata y que vivan soñando con ganarse la lotería no es tanto el síntoma de ser perezosos, poco creativos y negligentes sino de que el medio colombiano es tan excluyente que cierra casi todas las oportunidades de progreso, por lo que la movilidad social es escasa. El que nace pobre, muere pobre.

Y lo peor es que a las gentes se les advierten los peligros, y se enojan.

Publicado en el periódico El Mundo, el 18 de febrero de 2008

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Posted by Saúl Hernández

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