Una de las peores herencias de la administración Pastrana es el decreto 230 del 2002, mediante el cual se obliga a las instituciones educativas a promover al 95 por ciento de sus alumnos al grado siguiente. Es decir, una de las utopías de cualquier gobernante -como lograr por decreto la felicidad del pueblo, el pleno empleo o el fin de la pobreza- se obtuvo en el campo educativo. Vivimos en un país de genios en el que casi nadie ‘pierde’ el año.

Es difícil imaginar cuál fue la génesis de semejante insensatez, acaso disminuir los altos índices de repetición y deserción escolar. Pero, lamentablemente, parece que el origen está en esa doctrina contracultural neohippie que considera que evaluar es sinónimo de ‘castigar’ y que dramatiza al equiparar el significado de ‘perder’ un año lectivo con el de ‘desperdiciar’ un año de vida, y al hacer ver como algo inhumano y retrógrado el calificar a alguien cuando lo que se está tasando no es la persona sino un proceso de aprendizaje en particular.

Tiene toda la razón el doctor Francisco Cajiao al decir que no todo se puede calificar con números, como la conducta o los valores. No es lo que se pretende, por cierto. Pero la asimilación de los contenidos propuestos en un pénsum es y debe ser medible. Es irreal decir que un estudiante aprobó una materia -llámese inglés, geografía o química- a pesar de que no es capaz de dar cuenta de lo comprendido en el curso. Tradicionalmente se ha exigido alcanzar el 60 por ciento para aprobar una materia y ahora ni eso. ¿Qué formación puede tener un estudiante que ‘gana’ varios años por decreto, perdiendo 6 u 8 materias, sólo porque había un 5 por ciento -cifra mágica- de estudiantes peores que él?

Es obvio, como dice el profesor Cajiao, que el hecho de no evaluar no es un obstáculo para aquel que desea aprender, pero es que el problema lo constituyen aquellos que no desean aprender, que son la inmensa mayoría. El estudio, en general, es visto como un castigo y no como una oportunidad. Una cosa es el recreo y los amigos y otra, muy distinta, es la clase de álgebra. En nuestra mentalidad tropical, el que no tiene que rendir cuentas, nada hace; no somos escandinavos. A la predominante ‘cultura del atajo’ hay que sumarle la ley del mínimo esfuerzo en la educación -refrendada por el decreto 230-, lo que constituye un coctel verdaderamente explosivo.

Sin evaluación se está creando la falsa ilusión de formar bachilleres que puedan acceder a la universidad y ser grandes profesionales. Si bien la evaluación por sí misma no mejora la calidad (aunque ayuda a identificar fallas), su ausencia sí empeora los resultados simplemente porque los muchachos no están estudiando. ¿Cómo puede saberse si un atleta ha mejorado su rendimiento si no se usa un cronómetro? ¿Cómo puede saberse si un obeso mórbido ha bajado de peso si no se usa una báscula? Sería insólito que un médico dé por concluido un tratamiento sin que se obtengan las metas, eso es pura negligencia y es lo que hace el 230.

Ahora, si un gran número de expertos que participaron en la discusión del Plan Decenal aseguran que ese decreto está afectando la calidad de la educación, no parece sensato preguntarles a padres, profesores y alumnos si debe ser derogado o no cuando dicho decreto es cómodo para todos y no se siente que haya generado mucho inconformismo.

Lo que corresponde, sin dilaciones, es derogarlo y volver al sistema de evaluación antiguo. Y, en vez de nivelar por lo bajo, sería más honesto crear varios tipos de bachillerato para que estudiantes irredimibles se gradúen sin cursar las materias que obstaculizan su promoción, pero aplicando ciertas restricciones para el ingreso a la educación superior y al mundo laboral.

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¡Enhorabuena la justa exaltación que hizo la senadora Córdoba del héroe ‘Marulanda’! Siga así, estimada señora: Chávez, las Farc y usted son los más insignes promotores de la reelección. ·

Publicado en el periódico El Tiempo, el 10 de junio de 2008

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Posted by Saúl Hernández

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