Es acertado, pertinente y lógico que la Constitución Política de 1991 reconozca múltiples derechos a las comunidades indígenas en aras de preservar su identidad cultural y consienta una amplia autonomía para conducirse, como reza el Artículo 246 de la Carta, “… de conformidad con sus propias normas y procedimientos (pero) siempre que no sean contrarios a la Constitución y leyes de la República…”. Más atinado aún es que la Constitución privilegie, por encima de todos los demás, los derechos de los niños y las niñas -distinción necesaria en este caso-, incluyendo a los niños y las niñas indígenas, cuyos derechos son más importantes que las creencias de sus ancestros, así se considere un atropello que sea el ‘invasor blanco’ el que imponga su noción.

Esto viene a colación ahora que Marino de Jesús Arcila, juez civil municipal de Pueblo Rico (Risaralda), le ha pedido al presidente Uribe detener legalmente la tradición malsana de la comunidad indígena embera-chamí, de extirparles el clítoris a las niñas. A la luz de la Constitución y las leyes vigentes, la ablación del clítoris es una forma de maltrato infantil y, al mismo tiempo, de maltrato intrafamiliar, puesto que es una práctica ejercida con la anuencia y/o a solicitud de los padres de las víctimas -niñas recién nacidas-, a quienes se les violan gravemente varios derechos fundamentales como el de sentir placer sexual, lo que hoy, en la mujer, es aceptado y reconocido luego de siglos de satanización y oscurantismo. Pero, como si fuera poco, los indígenas están bordeando delitos más graves del Código Penal al poner en peligro la salud y la vida de muchas niñas, dadas las condiciones insalubres en que son acometidas estas prácticas brutales.

Por supuesto que las comunidades indígenas y los abogados del diablo que defienden su ‘autodeterminación’ a ultranza alegan que estas barbaridades tienen un sustento religioso-sagrado tan discutible que es, sin duda, pura carreta. Sostienen que para los embera-chamí existe la creencia de que el mundo se acabaría si la mujer se mueve durante el acto sexual y, por tanto, la solución es mutilarles los genitales para que no sientan nada y salvar así al mundo. Pero resulta que no todas las embera han sido mutiladas y se habrán dado cuenta ya de que el mito es falso. En realidad, las motivaciones no son tan nobles y significativas como se quiere hacer creer, sino tremendamente mezquinas y cerriles: evitar la infidelidad; reprimir su sexualidad para que “se les quite la arrechera desde niñas para que no anden buscando jóvenes” (EL TIEMPO, 29/04/2007); que lleguen ‘puras’ al matrimonio -incluso sin masturbarse-; y, la más insólita: sortear la fatalidad de que el clítoris se convierta en un miembro masculino, que es un temor inconsciente de cualquier machote latino. Como se ve, son motivos alimentados por el más burdo machismo.

Aquí no hay lugar a sorpresas. El ajado arquetipo de que los indígenas -los ‘hermanos mayores’- son individuos más evolucionados que nosotros, que son unos seres apacibles y justos que conviven armónicamente con la madre naturaleza es, en buena parte, una falacia, un sofisma que cumple la importante función de evitar la pérdida de una diversidad cultural de apreciable valor y el que estas culturas, en sí mismas, sean arrasadas, cosa que una sociedad civilizada y democrática no puede permitir.

Pero la convivencia armónica entre ellos, nosotros y todos los demás tiene que basarse en unos fundamentos mínimos, el mundo dejó de ser plano hace rato para todos y en ninguna parte llueve sangre, aunque así lo pretenda certificar el telepredicador de moda. Si de lo profundo de la Amazonia emerge una tribu de caníbales, no tenemos por qué tolerar -por ‘respeto’ a sus costumbres- que vayan mordiendo gente por las calles. Las culturas civilizadas propenden por el miramiento a los débiles y la equidad de género. Lo demás, es barbarie. ·

Publicado en el periódico El Tiempo, el 5 de agosto de 2008 (www.eltiempo.com).

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Posted by Saúl Hernández

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