La política ya no se hace en la plaza pública, sino en los medios de comunicación. Sacar las ideas a la calle, y las figuras que representan esas ideas, es una odisea peligrosa, un desafío fuera del alcance de Estados débiles. En democracias incipientes, padecer magnicidios como los de Luis Carlos Galán, Luis Donaldo Colosio o Benazir Bhutto es un riesgo latente, pero, además, los medios son más eficientes para llevar el mensaje y llegan a más gente, a toda la gente.

No es, por tanto, una gran sorpresa que gobiernos autoritarios quieran subyugar a los medios para mantener el poder. Lo estamos viendo en Irán, donde a la prensa extranjera se le impide el acceso a las protestas y decenas de sitios de Internet -como Facebook- fueron bloqueados desde antes de las elecciones. Lo vemos en China, donde los computadores se venden con un software preinstalado para modular el acceso a la red. Lo hemos visto en Cuba desde que se instaló el régimen marxista de Castro, que ha sido un azote para periodistas y escritores y al que, paradójicamente, le van a rendir tributo en la próxima Fiesta del Libro de Medellín, financiada con dineros públicos.

Hugo Chávez, alumno aventajado de Castro, ha refinado sus ardides para someter a la prensa y, de paso, a la oposición política, buscando pretextos para amordazar a los medios sin dejar de parecer un demócrata. Primero cerró a Radio Caracas Televisión sin muchas excusas, aprovechando el vencimiento del periodo de la concesión para no renovarla. Pero con Globovisión ha implementado tretas dignas de un gobierno de opereta. El pretexto para irse lanza en ristre contra un medio tan crítico de su gestión fue un temblor de tierra ocurrido el 4 de mayo, a las 4 y 40 de la madrugada. Cuarenta minutos después, ante la falta de información oficial, Globovisión reportó la magnitud del sismo basándose en datos del Instituto de Sismología de Estados Unidos. Ese fue el pecado de ese canal.

Otro aprendiz de brujo como Rafael Correa no se queda atrás. Molesto con las denuncias de Teleamazonas sobre los nexos de gente de su gobierno con las Farc, se ha apegado a los resquicios de la ley para poner los medios contra la pared. Contra Teleamazonas hay una primera multa por emitir imágenes de una corrida de toros en horario familiar, cosa prohibida desde diciembre. Pero a pesar de que esa transmisión -de unos pocos segundos dentro del noticiero- fue en febrero, sólo en mayo se hizo efectiva la sanción de 20 dólares, que aunque parece simbólica no lo es. Una segunda sanción les significaría una suspensión de 90 días, y la demanda está en curso.

Teleamazonas está siendo acusado de transmitir una “noticia basada en supuestos que pudo haber causado conmoción nacional”, dado que emitió, en directo, denuncias de líderes políticos sobre la presencia de material electoral en un centro de votación de Guayaquil el 26 de abril, día de las elecciones generales. Es decir, en Ecuador hay una nueva disposición que prohíbe, en la práctica, el ejercicio del periodismo y la libertad de expresión; hay un veto a cualquier información que no surja de comunicados de prensa oficiales o de voceros gubernamentales. Eso no es periodismo ni es, ya, democracia.

Podríamos referirnos también a casos similares en la Bolivia de Evo, la Argentina de los Kirchner y hasta en la Italia de ‘il cavalieri’; o de la forma como Chávez sacude a sus contradictores, llámense Vivanco o Vargas Llosa, para amedrentar cualquier opinión libre, pero dejemos así.

En contraste, la prensa colombiana goza de todas las garantías y libertades que otorga un gobierno demócrata, y hasta se aceptan sus excesos y una frecuente falta de decoro. Hay un abismo de distancia entre los atropellos que coartan la democracia en el vecindario y la comprensible irritabilidad de un ser humano -“otra pregunta amigo”-, la diferencia es evidente. ·

Publicado en el periódico El Tiempo, el 23 de junio de 2009 (www.eltiempo.com).

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Posted by Saúl Hernández