La mayoría de los periódicos del mundo -como El País de Madrid- someten a moderación los comentarios que sus lectores dejan en los foros de Internet. Otros diarios son aún más exigentes: para participar en los foros del lector de La Nación de Argentina, hay que registrarse previamente y enviar una copia digitalizada del documento de identidad para validar la información. En general, el resultado es visible; comentarios edificantes y respetuosos, razonados y esclarecedores, pero no por ello menos incisivos, cáusticos y críticos.

En Colombia es otra cosa. Fieles a la tendencia de convertir todo en cloacas -como la televisión-, los foros de los medios han sacrificado la decencia, la inteligencia y hasta el Código Penal en aras de una libertad de pensamiento, opinión y expresión mal entendida. En lo personal, jamás pediría que los comentarios sean deshabilitados de mis columnas en EL TIEMPO, sobre todo porque, con apreciable frecuencia, se encuentran observaciones e interpretaciones de gran agudeza y enfoques inéditos sobre los temas de actualidad. Es una lástima, sin embargo, que esas ricas apreciaciones se ahoguen en un mar de inmundicia. Y eso que los foros de EL TIEMPO parecen conventos en comparación con los de otros medios del país.

Si los medios colombianos hicieran valer un reglamento similar al de La Nación, la mayoría de los comentarios que hacen los lectores, hoy en día, serían rechazados. Ese medio no permite utilizar lenguaje vulgar, discriminatorio u ofensivo; prohíbe todo tipo de ataques personales contra otros usuarios o contra terceros; proscribe los mensajes agraviantes, difamatorios, calumniosos, injuriosos, falsos, discriminatorios, pornográficos, de contenido violento, insultantes, amenazantes, instigantes a conductas de contenido ilícito o peligrosas para la salud, etcétera. Y no se va por las ramas preguntándose quién puede calificar si algo es vulgar o no.

Son normas restrictivas que parecen obvias en todas partes menos aquí, donde hay quienes creen que la libertad de expresión otorga licencia para insultar, calumniar y amenazar, lo cual es inaceptable. Tener reglas obliga a los lectores a pensar para ejercer su derecho a opinar con altura e inteligencia, y carecer de ellas provoca caos, anarquía y ofuscación; opiniones lumpenescas que se nivelan por lo bajo, cuya característica primordial es la ausencia de razón.

Como el mal ejemplo cunde, tal vez de ese espíritu se contagió Nicolás Castro, el muchacho que se ‘comprometió’ a matar a Jerónimo Uribe. Una cosa es amenazar a Barney o a Daniela Franco (no tan detestable desde que salió en Soho) y otra muy distinta a periodistas, a opositores como Piedad Córdoba o a un Presidente (y su familia), de quien el jefe militar de las Farc cree que fue un error histórico dejarlo llegar vivo a la Presidencia.

Lo que hizo este muchacho no es una pilatuna inocente. De un lado, actuó con evidente premeditación al usar programas que ocultan la dirección IP; del otro, hay graves signos de alarma que ningún siquiatra forense ignoraría, como frecuentar webs de grupos terroristas, estar obsesionado con las víctimas de sus amenazas (más de 1.400 búsquedas sobre el Presidente en pocos meses) y una tremenda distorsión de la realidad: matar a Jerónimo en retaliación por la masacre de El Salado, cometida por paramilitares. Este joven viene oyendo desde su adolescencia la calumnia de que “Uribe es paraco” y por creérsela -al fin y al cabo, a nadie han sancionado- incurrió en una conducta que trasciende los delitos de opinión y que está claramente tipificada en el Código Penal como incitación al delito (artículo 348).

Esto no es libertad de expresión. Es una cloaca rota que huele a estiércol. Dice Jaques Thomet: “¡Cuando yo leo las reacciones que los lectores dejan en los diarios colombianos me digo que todos ustedes serían detenidos si sus periódicos se publicaran en Francia!” . ·

Publicado en el periódico El Tiempo, el 8 de diciembre de 2009

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Posted by Saúl Hernández