petronasPor cuestiones de radicalización política se repite hasta el cansancio que la reelección  es mala y que lo ideal es la alternancia en el poder. Sin embargo, no hay empresa seria que cambie su director cada cuatro años, y los gobiernos de izquierda se basan en perennes dictaduras. Obviamente, estas últimas son un fracaso pero hay algo en lo que el tiempo les permite triunfar y es en la profundización de su modelo político. En eso, el tiempo es fundamental.

Un caso que no deja de ser interesante de analizar es el de Mahathir bin Mohamed, quien fue Primer Ministro de Malasia durante 22 años (1981-2003). Su gestión permite comprobar cómo un buen gobernante puede transformar un país si le dan suficiente tiempo. Y aunque tiene detractores y es objeto de críticas, lo importante, como decía Deng Xiao Ping, no es el que el gato sea blanco o negro sino que cace ratones, y a fe que este lo hizo.

Para el Centro de Estudios Internacionales de Barcelona (CIDOB), resulta poca cosa que Mahathir haya “…convertido la otrora subdesarrollada y campesina Malasia en un emporio regional de las telecomunicaciones y las operaciones financieras basadas en las nuevas tecnologías. Una síntesis, presuntamente feliz, de capitalismo de mercado, parlamentarismo islámico y valores asiáticos cuyo símbolo habrían venido a ser las Torres Petronas, los rascacielos más altos del mundo…”.

No obstante, sus logros son insoslayables: con una política de mano dura Mahatir llevó a término un conflicto guerrillero de más de 40 años, obligando a la guerrilla a capitular en 1990; industrializó el país, otorgando amplias exenciones de impuestos a los inversionistas extranjeros; fortaleció la agricultura con extensos sembrados de palma de aceite (primer productor mundial), caucho (tercer productor mundial), cacao (quinto productor mundial), y maderables; provocó un salto tecnológico que convirtió a Malasia en el tercer productor mundial de componentes electrónicos; e incrementó la explotación de sus recursos naturales, como el estaño, el gas y el petróleo.

Con sólo 26 millones de habitantes, Malasia exportó en el 2008, 198 billones de dólares e importó US$ 156 billones, con un balance favorable de 42.000 millones de dólares. Colombia sólo registró ventas al exterior por 37 billones e importaciones por 39 billones, con saldo negativo.

Por otra parte, Malasia incrementó su ingreso per cápita de 300 dólares anuales, antes de Mahathir, a 6.500 en la actualidad de acuerdo con el Banco Mundial. El de Colombia apenas llega a la mitad. Pero lo más interesante de todo es que Mahathir suprimió el analfabetismo y elevó la inversión en educación hasta el 25 por ciento de su abultado PIB. El resultado más elocuente de esos 22 años fue bajar la pobreza del 50 al 5 por ciento.

La receta de Mahathir es, en términos generales, la misma que genera tanta resistencia entre muchos colombianos: mano dura contra los violentos, generación de confianza para atraer la inversión extranjera, privatización de aquello que constituya un lastre innecesario para el Estado y que los particulares hagan mejor, como la infraestructura. Aquí, en cambio, resuenan voces que tratan de acallar el accionar valiente de las fuerzas del Estado, la inversión extranjera es vista por muchos como invasión, y las privatizaciones y concesiones son vejadas con demagogia. En fin…

Barack Obama dice que, tras ocho años, la gente quiere un cambio, pero no siempre es así. Es tan legítimo que el pueblo desee continuidad como que demande renovación, y no se pueden constreñir a las mayorías con un argumento tan débil como ese de que George Washington no quiso perpetuarse, aceptando taxativamente que “ocho son suficientes”. No, la Presidencia no es una carrera de relevos ni el Presidente un avión al que hay que jubilar por fatiga de metal.

No están del todo equivocados quienes predican que un sistema parlamentario podría ser muy positivo para el país, sobre todo porque un buen gobernante dispondría de mucho tiempo para llevar a término su programa de gobierno, un factor fundamental para el desarrollo de un país. ·

Publicado en el periódico El Mundo, el 16 de noviembre de 2009

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Posted by Saúl Hernández