Si algo ha quedado claro después de que Hugo Chávez revelara sus intenciones con Colombia es que teníamos toda la razón quienes hemos visto con desconfianza al militar venezolano desde que empezaron a conocerse sus nexos con las guerrillas colombianas y su talante dictatorial y antidemocrático.

El pueblo venezolano, hastiado de la corrupción e ineficiencia de los partidos tradicionales, se echó la soga al cuello eligiendo como presidente a un chafarote con un pasado violento, que ejecutó un sangriento intento de golpe de estado en 1992 –con un saldo superior a 100 muertos– del que más tarde fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera.

Cuando Venezuela dio ese salto al vacío, en una decisión soberana y respetable, parecía ser un problema exclusivo de los venezolanos pero hoy lo es de todo el continente. De hecho, en principio, casi nadie creía posible que Chávez terminara convertido en el dictador que es hoy ni que llevara sus ínfulas imperialistas hasta el extremo de confesar su íntimo deseo de anexarse a Colombia. Si acaso, se pensaba que dedicaría su gobierno al asistencialismo con el que los demagogos engatusan a los pobres y que luego seguiría su camino.

No obstante, revisando la profusa literatura existente sobre Chávez Frías (Chávez sin uniforme, de Marcano y Barrera; Chávez con uniforme, de Alberto Garrido; El poder y el delirio, de Enrique Krauze; etc.) no es posible comprender con claridad cómo es que se le ha permitido avanzar tanto a este demente megalómano en sus pretensiones de llevar a cabo una revolución continental, escondiendo tras el ideario bolivariano su verdadera faz totalitaria

Se conoce de manera bien documentada que Hugo Chávez es producto de un proceso revolucionario de corte marxista, larvado desde el seno mismo de las fuerzas militares venezolanas, con la consabida influencia de Cuba, que se originó en 1957 cuando el Partido Comunista de Venezuela decidió impulsar una insurrección cívico-militar. Desde entonces, en los cuarteles del vecino país se ha hablado tanto de revoluciones que un muchacho recién llegado a Caracas en 1977, con la única idea de jugar béisbol en la Escuela Militar, pocos meses después estaba fundando el ‘Ejército de Liberación del Pueblo de Venezuela’. Es decir, este es un proceso que lleva más de 50 años y que muchos no dudan en calificar de “conspiración militar”.

En la reunión de Bariloche, Chávez volvió a esgrimir sus demenciales intenciones expansionistas cuando expresó que los tres países (Colombia, Ecuador y Venezuela) eran únicamente “Colombia”, precisión histórica que no venía al caso y nadie le estaba pidiendo. Lamentablemente, para Chávez podría ser pan comido desarrollar un proyecto intervencionista en Colombia. ¿Si países enteros –naciones de los quilates de la Argentina– se le han arrodillado por unos dólares, qué puede esperarse de personas pobres e ignorantes? Nuestras gentes llanas venden su voto por un bulto de cemento, una teja de zinc, un sancocho o un ventilador, y cogen un fusil –de cualquier bando– por la promesa de un sueldo que a menudo no se cumple. ¿Cuánta gente no se dejará seducir por los petrodólares de Chávez para satisfacer necesidades inmediatas o por la ilusión de un futuro mejor por parte de tantas personas que no tienen nada que perder?

El comunismo fracasó, en dos meses se celebrarán los 20 años de la caída del muro de Berlín. Se ha estudiado ampliamente la manera en que este sistema utópico se colapsa indefectiblemente y es materia conocida el deterioro de las libertades en esos regímenes despóticos. Pero estamos en un país en el que las mayorías viven precariamente y sus ansías de mejorar son tan grandes que personajes sórdidos como David Murcia, son capaces de embaucar a millones. Chávez –con la ayuda de sus amigos del Polo y las Farc– es un peligro real para la democracia colombiana. ·

Publicado en el periódico El Mundo, el 31 de agosto de 2009

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Posted by Saúl Hernández