dolar-singapurEs imposible no preocuparse cuando se compara el estado de la educación colombiana con lo que ocurre en países que están a la vanguardia en ese aspecto. Por ejemplo, para Andrés Oppenheimer (Nuevo Herald, 22-08-2009), los excelentes resultados de Singapur en los exámenes internacionales de ciencias y matemáticas se deben a que “hay una obsesión nacional con la educación”. Lo mismo opina Adriana La Rotta (EL TIEMPO, 02-10-2009) de Hong Kong y buena parte de Asia: “La educación es una obsesión generalizada, (ser profesor) es casi como pertenecer a la farándula”.

Y las evidencias son contundentes: en el reverso del billete de dos dólares de Singapur se ve un grupo de alumnos atendiendo a su profesor. Bajo la escena se lee la palabra ‘Education’, en inglés, que se imparte como idioma oficial por encima de las lenguas vernáculas. En los medios de comunicación, las conquistas académicas de sus estudiantes son destacadas como si se tratara de triunfos deportivos.

En Hong Kong, los profesores que dan clases particulares, principalmente de matemáticas y biología, mantienen su agenda copada y ganan buen dinero. En Finlandia, los profesores son considerados como los profesionales más importantes del país.

Pero no son sólo cuestiones de forma. En Singapur no temen clasificar a los niños según su desempeño académico. Por pura meritocracia —las calificaciones y las capacidades de cada cual—, los estudiantes son encauzados hacia escuelas técnicas vocacionales o a las universidades, siempre en busca de la excelencia profesional. Así consiguen formar trabajadores altamente calificados y se han convertido en exportadores de tecnología. De ser un país pobre y analfabeta hace menos de medio siglo, Singapur pasó a tener el noveno ingreso per cápita a nivel mundial.

En Hong Kong, los profesores que dan clases privadas han adquirido un gran estatus porque allá consideran que la intensidad horaria escolar no es suficiente, a pesar de que su sistema educativo es severo.

Por su parte, los finlandeses no son tan rígidos pero han conseguido hacer una verdadera revolución basada en la capacitación de los maestros, empleo que sólo obtienen las personas más competentes. Los profesores de preescolar tienen que estar licenciados, a los de primaria se les exige título profesional y los de secundaria requieren hasta maestría. Todos deben ser expertos en la materia que imparten y duchos en pedagogía.

En Colombia se han hecho muchos esfuerzos en cobertura (como pasar de 414.000 bachilleres graduados en el 2002 a 737.000 este año), infraestructura educativa, conectividad y comedores escolares, pero a nivel social y cultural la educación sigue siendo una cenicienta, una cosa aburrida y desagradable que se acepta con displicencia.

Dedicarse con devoción al estudio es cosa de nerdos y gente rara. Los méritos académicos no valen nada porque con rosca se entra a cualquier universidad y se consigue trabajo. Hasta hace poco se practicó la promoción automática, o sea la vulgarización oficial de la educación. Los profesores son la gente más mediocre de nuestra sociedad y, por supuesto, no son profesionales ni pedagogos; no es casual que los profesores de inglés no sepan inglés. Pero peor aún es que del respeto que se les tenía antaño —así fuera por miedo— no queda ni el recuerdo. Padres y educandos los maltratan a su antojo y a estos no les queda más que aguantarse.

Ya no hay autoridad, ni reglas, ni esfuerzo. El cuento del “libre desarrollo de la personalidad” sólo involucra antivalores que escapan al control de un individuo inmaduro, como lo es cualquier joven bombardeado por los paradigmas de una televisión plagada de prepagos y traquetos, los nuevos guías y mentores de una sociedad obsesionada con frivolidades. ·

Publicado en el periódico El Tiempo, el 27 de octubre de 2009

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Posted by Saúl Hernández