Si no fuera por los aterradores resultados que arrojó un estudio realizado por economistas del Banco de la República, Alonso Salazar habría instaurado el pico y placa de un día entero en Medellín desde el año anterior. En el estudio se concluyó que aplicar restricción de un día por semana a cada automóvil –no dos como en Bogotá-, provocaría pérdidas anuales del orden de 350 mil millones de pesos. Eso, frente a 600 mil millones de pesos destinados a inversión en movilidad en todo el cuatrienio de Salazar, demuestra un desbalance aterrador que habría hecho de esa medida un disparate mayúsculo.

Sin embargo, como nunca se sabe dónde va a saltar la liebre, el Alcalde de Bogotá no soportó la presión por el bajo el nivel de su gestión en todos los órdenes y decidió que lo mejor era responder con artillería pesada decretando un pico y placa de todo el día que se le aplicará dos veces por semana a cada vehículo. Y lo peor es que hay muchos parroquianos que creen que todo lo que se implementa en la capital es de vanguardia y corren a replicarlo en todas partes, como en un pueblito de Antioquia donde sólo hay 50 motos y ya el alcalde les puso el pico y placa.

Desde que esto se inventó en Bogotá, hace más de diez años, se sabía que era un paño de agua tibia que iba a terminar encubriendo la problemática sin solucionarla, y que se iba a regar por todo el país como una peste. Colombia tiene el menor índice de vehículos por habitante en toda América Latina y un índice de kilómetros de carreteras pavimentadas por habitante, inferior al de Bolivia. El caso de Bogotá es dramático: la ciudad está rota desde hace 20 años y no ha habido alcalde que pavimente sus vías -entre las que se encuentran especialmente afectadas las de las zonas industriales con detrimento de la competitividad-; la ineptitud para construir nuevos corredores viales es patética; y hay unas faltas de juicio y gestión enormes que llevan a tomar decisiones fáciles que pasan de temporales a ser definitivas, gracias a que el aparente alivio de los síntomas esconde la enfermedad.

Una restricción tan drástica es mala por muchas razones, empezando por el mencionado detrimento económico que se reflejará en más desempleo, más pobreza, más hambre, más criminalidad. Pero, además, como bien lo dice el experto Ricardo Moctezuma, porque la medida adoptada por Samuel Moreno no afecta lo ya establecido para horas pico sino que extiende la medida a horas valle, por lo que no habrá alivios en los horarios de mayor congestión sino que empeorará aún más el problema al levantar la limitación para los colectivos, y porque quienes corrían sus horarios media hora antes o después de los horarios pico ya no podrán hacerlo y se sumarán a la marea de quienes se movilizan en los horarios de mayor congestión. Por supuesto, también, porque quienes puedan hacerlo comprarán otro vehículo -a lo mejor en regulares condiciones mecánicas-, lo que privilegia casi en exclusiva a los más pudientes.

En medio de todo, se ha vuelto políticamente incorrecto no sumarse a las voces que predican contra el carro particular y abogan por el uso ‘civilizado’ del transporte público, cuestión utópica aquí, donde los buses –incluyendo el Transmilenio- parece que no llevaran gente sino ganado. Mientras no se corrijan todas las fallas del transporte público, empezando por la famosa ‘guerra del centavo’, es imposible lograr que la gente racione el uso del automóvil particular. Pero de eso hay pocas esperanzas cuando ni siquiera se logra hacer que los infractores paguen los comparendos.

En cambio, medidas verdaderamente prácticas y más justas ni siquiera se han ensayado, como cambiar horarios de entrada y salida en entidades públicas; poner peajes urbanos para restringir el acceso de vehículos particulares a áreas de gran congestión; construir vías rápidas también con cobro de peaje; desestimular el uso de vehículos con un sólo pasajero, así como de vehículos grandes y de alta cilindrada. Debería salirle muy costoso el uso de su vehículo a alguien que tenga una camioneta con motor de 4.000 cc. para su uso personal. Esto conduciría a racionalizar privilegios de manera democrática en vez de coartar libertades. De otro lado, hay que solucionar los errores de planeación de nuestras ciudades, revisar la densificación, impulsar nuevas centralidades y tomar correctivos para que en nuestras ciudades se pueda caminar.

La guerra al carro, por donde se mire, es un error. En un futuro, los carros no contaminarán y habrá menos accidentes gracias a la tecnología. Que no nos coja la tarde buscando la fiebre en las sábanas. ·

Publicado en el periódico El Mundo, el 2 de febrero de 2009

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Posted by Saúl Hernández

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