Las dos revistas noticiosas más importantes del país coincidieron hace pocos días en un tema que les es de genuina preocupación porque les atañe. Cambio se preguntaba ”Por qué no les creen a los columnistas con respecto al gobierno de Uribe y a su eventual reelección” (10-09-2009); en tanto que Semana tituló: “La clase dirigente contra las mayorías” (12-09-2009). Ambos análisis tenían el propósito de desentrañar ese misterio que martiriza a muchos dirigentes, columnistas y académicos que no comparten —y ni siquiera entienden— la popularidad de Álvaro Uribe y la alta aprobación de su mandato. Pero, leyéndolos, sorprende advertir lo despistados que están.

Valga decir que la popularidad y aprobación del actual gobierno es, en buena medida, atribuible a muchos columnistas, analistas y dirigentes de moderado o marcado sesgo de izquierda, que desde que Álvaro Uribe tenía el 2% en las encuestas, a comienzos del 2002, lo convirtieron en blanco de toda clase de acusaciones, y descalificaban de plano su propuesta de seguridad con el argumento falaz de que nos iba a conducir a una guerra total que no iba a dejar piedra sobre piedra.

Es más, esos mismos críticos, desde sus cómodos escritorios, insistían osadamente en mantener diálogos de paz con las Farc como si no se hubieran enterado de todo lo ocurrido en el Caguán: el fracaso absoluto de ese proceso, la forma descarada como las Farc se burlaron de una administración —la de Pastrana— que les tendió una mano más que generosa, la forma en que la subversión arreció sus ultrajes contra los colombianos.

Sin duda alguna —y afortunadamente—, eso quedó tan atrás que hoy es como hablar de historia patria. Desde los primeros meses del Gobierno de Uribe la situación mejoró dramáticamente, las Farc se replegaron y de inmediato empezaron a desencadenarse signos claros de recuperación cuando la Fuerza Pública volvió a hacer presencia en todas las regiones, retomando el control de territorios de los que nunca debió haber salido. Sin embargo, la mayoría de columnistas y dirigentes no reconocieron progreso alguno; más bien ironizaban sobre la posibilidad que tenían los ricos de volver a sus fincas y nada más.

Por eso, lo que la revista Cambio llama “club (de columnistas) anti-reelección” es, simplemente, un club anti-uribe, que lleva siete años remando contra toda evidencia, con escasa credibilidad entre la opinión. Decía Santayana aquella frase manida de que “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Y si bien se ha creído siempre que el colombiano promedio es desmemoriado, aquí el recuerdo de lo que era Colombia hace una década aún está fresco y hasta las comparaciones menos odiosas ponen un abismo de por medio entre la situación de antes y la de hoy.

Eso que Semana llama la “intelligentsia colombiana” ha sido demasiado miope como para percatarse de que para las mayorías de todas las pelambres, los gobiernos anteriores fueron tiempo perdido para el país, y que si un gobierno como este hubiera llegado antes nos hubiéramos ahorrado muchos padecimientos.

Al colombiano común le importan poco las formas democráticas mientras haya mejoras tangibles, y en eso este gobierno lleva años luz de ventaja. Tratar de explicar el divorcio entre el pueblo y la “intelligentsia” con el argumento de que todo obedece al “enorme poder mediático del Presidente” y a la influencia suprema de la televisión, es de una lamentable pobreza conceptual. Si la cosa es así, que se postulen Amparo Grisales o Robinson Díaz.

De otra parte, hay quienes zanjan el asunto de manera más simple, poniendo en duda el exuberante respaldo popular del Presidente. El ex magistrado Alfredo Beltrán Sierra especula que no puede entenderse el referendo como una petición del pueblo porque su voluntad “fue expresada por una porción de alrededor del 5% del censo electoral y no por la totalidad de los votantes. Quiere decir que el 95% del pueblo no se ha pronunciado” (El Espectador, 03-10-2009). Pues, de eso se trata el mecanismo, de permitir que todos se pronuncien y puedan dejar por sentado que la última palabra es la del constituyente primario, no la opinión de algunos privilegiados, por ilustrada que esta sea. ·

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Posted by Saúl Hernández