El motivo por el que tirios y troyanos creen que Álvaro Uribe Vélez se quiere eternizar en el poder es porque reconocen que la política de Seguridad Democrática adquirió un aspecto de sello personal del actual mandatario que la gente no distingue en ningún otro líder. Y es que así como los votos no se endosan, ha sido imposible hasta ahora que otros liderazgos surjan en torno de esa bandera: ni ‘Uribito’, con su propaganda incansable contra el despeje; ni Marta Lucía, que fue quien parió esta política como ministra de Defensa; ni Vargas Lleras, con su fama de dóberman, los atentados personales contra su vida y el haber sido el primero en denunciar con ahínco los excesos de la zona de distensión, logran caracterizarse como herederos de esta doctrina.

El fenómeno es de tal calado, que con los esfuerzos manifiestos de Uribe por pasarle el ‘testigo’ a Juan Manuel Santos ya las cosas deberían estar finiquitadas a favor de este. El carro de Uribe es el que gana las carreras, pero ha sido Santos el que ha destapado la champaña con sus partes de victoria: la muerte de ‘Reyes’, la ‘Operación Jaque’, el escape de Lizcano… Hasta la primicia de la muerte de ‘Marulanda’ la dio Juan Manuel mientras Uribe ha asumido con discreción sus mayores éxitos.

Para el resto de ‘presidenciables’ -algunos de los cuales no tienen votos ni para presidentes del edificio-, parecer comprometidos con la política de seguridad les es tan difícil como para un adolescente mostrarse interesado en una clase de álgebra. Los partidos tradicionales tienen una gran responsabilidad histórica con la violencia de los últimos 50 años -por acción y omisión-, y en sus figuras, sobre todo las del liberalismo, no se advierte una sincera disposición por mantener la política de seguridad.

Por su parte, la izquierda, en general, sigue compartiendo ideales con la subversión y no es sensato esperar que sea esta la que la combata; en tanto que los candidatos independientes suelen caracterizarse por un pacifismo ingenuo del que las guerrillas se aprovecharían fácilmente.

Todos los ‘presidenciables’, entre dientes, mascullan que la Seguridad Democrática llegó para quedarse, que a quién se le ocurriría desmontarla, pero los pretextos pululan apoyados en sofismas y verdades a medias. Para acabarla, los argumentos les sobran: los falsos positivos, el ascenso de Obama, el gasto militar “insostenible” -y en plena crisis económica-, lo bueno que sería invertir esa platica en educación, etc. La verdad es que el test de Rodrigo Rivera no lo superarían muchos.

En este orden de ideas, las liberaciones de secuestrados son una estrategia de apaciguamiento y figuración política, mediante la cual nos pretenden convencer de una supuesta y repentina voluntad de diálogo, a pesar de que esta horda terrorista sigue secuestrando, extorsionando, poniendo bombas y asesinando niños, como en el municipio de Roberto Payán (Nariño). Esto porque, aprovechando que los coroneles de Uribe no tienen votos y que el camino de una nueva reelección está plagado de obstáculos, las Farc se estarían jugando una última carta para demostrar que Uribe y su política ya no son necesarios. Para tal efecto, nada más conveniente que aparentar cierta mansedumbre, ablandando a la opinión pública con ‘altruistas’ liberaciones cuando lo único cierto es que los secuestros políticos se les volvieron un chicharrón del que no han sacado beneficio alguno y que han terminado volviéndose en su contra; su propia gente -hastiada de la guerra, de la guerrilla, de los cabecillas, de los castigos, de la ideología barata y de que, además de barata, la han corrompido- está trayendo de regreso a los secuestrados.

Sin duda alguna, la auténtica vocación de trabajar por la seguridad de los colombianos es la llave de la Casa de Nariño. Por eso, todos están en plan de demostrar que hasta los ratones pueden cuidar el queso. ·

Publicado en el periódico El Tiempo, el 3 de febrero de 2009.

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Posted by Saúl Hernández

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