Sería un craso error que el gobierno de Juan Manuel Santos le coma carreta al criminal narcoterrorista ‘Alfonso Cano’, quien de nuevo viene con sus cantos de sirena a fingir que está dispuesto a participar en diálogos de paz. Es grave y lamentable el culiprontismo de prominentes miembros del gobierno, como Germán Vargas Lleras y Angelino Garzón, que una vez que escucharon la súplica de ‘Cano’ –“¡hombre, conversemos!”–, y sin oír aun el pistoletazo de largada de la nueva administración, comenzaron a pintar escenarios de diálogo con las Farc.

Eso sería comprensible si viniera de los caguaneros y mamertos de siempre, y le da cierta razón a quienes criticaron en campaña el nombramiento de Angelino como fórmula vicepresidencial, reprochando su apoyo al despeje de Florida y Pradera cuando era gobernador del Valle, pero no viniendo de un gobierno que fue elegido para preservar el legado de Álvaro Uribe. Que el alto gobierno ande pensando, de entrada, en supuestos acuerdos con las guerrillas recuerda la ingenuidad de Andrés Pastrana y el descrédito con el que terminó su gestión.

Teóricamente hablando, es cierto que el combate a la subversión debe llevarla a un punto de agotamiento en el que los narcoterroristas decidan cesar la confrontación bien sea mediante acuerdos de paz o por capitulación, pero eso no pasa de ser una hipótesis a la que debe anteponerse un análisis frio y cerebral del proceder de las Farc y del subtexto del mensaje de ‘Cano’. Dicho en otras palabras, si el gobierno le va a creer a ‘Cano’ solo por devolver a los secuestrados y tomarse un descanso que parezca ‘cesar la violencia’ –lo que piden Vargas Lleras y Angelino–, la presidencia de Santos podría terminar siendo una frustración tan grande como la de Pastrana y terminaríamos perdiendo lo que se ha avanzado en ocho años de Seguridad Democrática, que es el único camino que ha mostrado resultados palpables.

No soslayemos que las Farc han demostrado tener una extraordinaria capacidad para sobrevivir y reinventarse, y que el balance de esos años de diálogos en el Caguán no solo es pobre, pues no se avanzó nada, sino verdaderamente espantoso. Fue un periodo de cháchara huera que sirvió para engordar a los comandantes guerrilleros y fortalecer su aparato criminal mientras se adormecía al Estado y la Sociedad Civil con el cuento de que se estaba construyendo la paz. Y espantoso porque significó una patente de corso para secuestrar, asesinar, violar, extorsionar, bombardear pueblos y mil cosas más con la aquiescencia del Estado; básicamente, del Jefe del Estado. El mal que se le hizo a Colombia con la desmilitarización de esos 42.000 kilómetros cuadrados aún no se ha terminado de cuantificar.

Y sabemos que el cinismo de las Farc es enorme, que su palabra no vale nada, que no saben honrar ningún compromiso. Las Farc entienden que están diezmadas y que les ha llegado la hora de jugarse una carta muy poderosa que consiste en obnubilar al país aceptando las exigencias del nuevo gobierno para confundir incautos y ganar tiempo para recuperarse.

Las Farc nunca han tenido intención de dejar las armas porque eso sería renunciar a sus convicciones, cosa a la que no están dispuestos como lo expresa ‘Cano’ en su alocución, porque  todavía no cejan en su chiflado empeño de ser el poder, de hacer la revolución, de arrebatarle el país a la ‘oligarquía’. Además de eso, a las Farc no les sirve otro modelo económico que el socialista, cosa que pocos colombianos están dispuestos a transigir.

Como si fuera poco, hay otra realidad que les impide a las Farc ceder a un acuerdo de paz razonable y es la de que no puede haber acuerdos sin castigo. Ya no estamos en los tiempos de los indultos y las amnistías. El país no admitiría a estos criminales fungiendo de ministros y senadores sin un mínimo de cárcel por sus atrocidades. Tampoco lo admitiría la justicia internacional, aún con el sesgo que parece tener la CPI.

Todo esto apunta a que no hay condiciones reales para un proceso de paz serio, que no se convierta en un ardid para mamar gallo estos cuatro años. La guerrilla está muy debilitada pero, gracias al apoyo internacional y a la financiación del narcotráfico, aún no tanto como para que sus cabecillas acepten la rendición digna de un asilo político en Suecia. Por eso, ¡ojo Presidente!, no comamos carreta.

Publicado en el periódico El Mundo, el 9 de agosto de 2010

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Posted by Saúl Hernández

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