En la campaña electoral que acaba de finalizar, Antanas Mockus se arrogó el registro de la legalidad como si se tratara de una invención suya, como si fuera el titular de una propiedad intelectual. Pero no es así. Miles de colombianos de todas las vertientes que se dedican a pensar el país, llevan décadas poniendo el dedo en esa llaga sin caer en el tremendismo de anunciar que fueron los primeros en diagnosticar la situación y proponer remedios. Me atrevería a decir, incluso, que todos los columnistas de prensa se refieren al tema de forma asidua, y para muchas otras personas es asunto de preocupación permanente.

No está mal, sin embargo, que el asunto se ponga de moda y que hasta el Fondo de Prevención Vial haya lanzado una campaña llamada ‘Excusas en la vía’ luego de que a través de un estudio se detectó que los colombianos estamos llenos de excusas para violar las reglas –de tránsito, en este caso, pero en realidad de cualquier cosa–, a un grado tal que puede decirse que sufrimos una “epidemia de excusas”.

http://www.youtube.com/fondodeprevencion

A este respecto, quiero rescatar apartes de una columna (‘La cultura mafiosa’, El Mundo, 07/04/2008) que escribí raíz de un estudio realizado por expertos de la Universidad Nacional en el que concluyen que en Colombia predomina una ‘cultura mafiosa’, entendida en el sentido de que “impera entre nosotros una cultura del atajo en la que cada quien busca su propio beneficio sin importar las reglas del juego ni el concepto de que debe primar el bienestar general sobre el particular. (…)de que la generalidad de los colombianos suele procurar sus propios intereses en desmedro de los demás mediante engaño, trampa o ardid; y eso lo practican desde los más encumbrados personajes hasta aquellos que se apoderan de una esquina para vender llamadas por celular”.

Y prosigo: “Por culpa de nuestra incultura, al país le cuestan cifras millonarias las inundaciones resultantes de arrojar basuras a las alcantarillas, la atención hospitalaria de personas atropelladas a pocos metros de un puente peatonal o la informalidad de cientos de individuos que se apoderan del espacio público para ganarse la vida de las más diversas formas sin importar el perjuicio que causen”.

“La falta de respeto que caracteriza esta incultura en que vivimos, es fuente de desasosiego y conflictos que pocas veces se resuelven constructivamente. No nos importa incomodar a los vecinos con el alto volumen de un equipo de sonido en la madrugada, no nos importa colarnos en una fila y las normas de urbanidad, en general, nos resultan, cuando menos, anticuadas.

“Somos una sociedad que desconoce sus responsabilidades con displicencia y soberbia. Nos importa un pito el daño que podamos causar conduciendo borrachos. Nos importa un rábano llenarnos de hijos porque, además, creemos que papá Estado debe proveer las necesidades que los progenitores no advirtieron. No nos gusta pagar impuestos ni reconocer los derechos de autor comprando lo original. Damos dádivas al agente de tránsito para que olvide la infracción o al burócrata para que nos agilice un trámite y si nos podemos conectar ilegalmente a los servicios públicos, tanto mejor.

“En Colombia no hay un propósito nacional que nos una como Nación; somos una colcha de retazos que naufraga en el ‘sálvese quien pueda’. La pobreza –y todos nuestros males– es hija legítima de malas prácticas culturales, todas las cuales tienen que ver con la desidia y el facilismo: con no estudiar, llenarse de hijos, tener afición por el licor y las drogas, no ahorrar, etc.; y, del otro lado, la corrupción, el clientelismo, las influencias. Bastaría con corregir en la fuente estos vicios para observar cambios sustanciales pero aquí todavía se cree que ‘cultura’ es folclor y que hay que preservarla cuando lo que se requiere es una educación que la transforme.

“Los países más desarrollados y las civilizaciones más avanzadas se caracterizan por el cumplimiento estricto de normas tanto tácitas como expresas, entre las cuales las primeras advierten mejor el nivel de desarrollo de esa comunidad puesto que se cumplen por convicción y no por miedo a las sanciones. Entre ellas están la puntualidad, el orden o la limpieza.

En fin. Reitero que es afortunado que este tema esté de moda, que se visibilice para desarrollar estrategias públicas y privadas que transformen nuestra incultura. Pero que no vengan falsos profetas a apropiarse del tema, y mucho menos con fines electorales y politiqueros.

Publicado en el periódico El Mundo, el 21 de junio de 2010

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Posted by Saúl Hernández

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