El caso del rescate de los mineros de Chile debe dejarnos muchas enseñanzas. Fue algo tan bien planeado y ejecutado que pareciera, excepto por el folclórico ‘grito de batalla’ con el que vitoreaban a los mineros, producto de sociedades más avanzadas como las de Japón o Suecia. Esto porque, ante todo, fue un ejemplo de organización e institucionalidad.

El pasado 7 de agosto, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, salió del hotel en que se hallaba alojado en Bogotá y atendió al paso a varios periodistas que apenas se enteraban de que iba rumbo al aeropuerto, de regreso a su país para atender una tragedia minera. Abandonaba Bogotá sin asistir a la ceremonia de posesión de Juan Manuel Santos a pesar de que podía haber esperado unas horas. Al fin y al cabo, ¿qué podía hacer un presidente que no estuvieran haciendo ya los rescatistas?

Sin embargo, tal fue el interés de Piñera desde el principio, al grado de prometer que Chile no escatimaría esfuerzos. Y, contrario al pragmatismo y el sentido común, que decían que no había esperanzas de encontrar con vida a los mineros, Piñera mantuvo la búsqueda por más tiempo del que es usual en estos casos. No hizo perforar un hoyo sino nueve, de los cuales tres llegaron al sector donde se refugiaban los 33 sobrevivientes, por lo que el haberlos localizado no se puede atribuir a la suerte sino a la planeación y a la persistencia, cosas tan escasas en nuestros países.

Mientras en la superficie era el mismo Piñera quien ordenaba hacer hasta lo imposible, bajo tierra primó la misma actitud. No hubo ningún milagro sino un claro ejemplo de organización, subordinación, tolerancia y respeto. Luis Urzúa, el jefe de turno, marcó la pauta de las tareas a realizar y del comportamiento de sus hombres, y ordenó racionar los escasos alimentos que tenían sin siquiera estar seguros de que arriba no habían tirado la toalla. Es probable y hasta lógico, que se hayan presentado discusiones y enfrentamientos, conatos momentáneos de rebelión, pero lograron mantener el orden y la fe por 17 días, una hazaña por sí misma.

Al encontrarlos con vida el Gobierno de Chile puso aún más interés, ejecutando tres planes de rescate, haciendo énfasis en que el objetivo era recuperarlos con vida a todos, sin importar cuánto costara o cuánto se tardaran en el procedimiento. A partir de ahí todos los detalles fueron sopesados detenidamente, no se dejó nada al azar. Lo que el mundo vio por televisión el miércoles 13 de octubre fue apenas el resultado de una sinfonía que estaba ensayándose no desde el día del desastre sino desde alguna fecha más remota, difícil de precisar, en la que Chile abandonó esa mentalidad gregaria de los latinoamericanos, que nos hace tan proclives a seguir ideas ajenas y a no ser artífices de nuestro propio desarrollo.

De ahí que el rescate de los mineros haya estado lleno de simbolismos que parecían gritarle al mundo que Chile ya no es un país del Tercer Mundo, que está en el umbral del primero y que nada puede revertir esa realidad. Nos recordaban que el país de Latinoamérica que más se abrió a los mercados, que más privatizó, que más políticas neoliberales ha implementado, es el que más ha disminuido la pobreza y el que más esperanzado puede estar en su futuro.

La operación de rescate fue puesta en marcha a la hora señalada, en presencia del presidente Piñera, quien recibió uno por uno a los mineros. Se utilizó una cápsula dotada de toda clase de avances tecnológicos: cámaras de video, intercomunicador con el tripulante, facilidades para descolgarse por una cuerda en caso de que se atascara y demás. En el ascenso se iban monitoreando los signos vitales de cada rescatado y para proteger su vista les suministraron lentes, nada de vendarlos con trapitos sucios… ¡Y saber que en cualquiera de nuestros países los habrían izado con una simple cuerda de manila!

El jefe Urzúa, como buen capitán de barco, fue el último en salir. Piñera le recibió ese turno laboral extraordinario de 70 días que él y otros 32 hombres cumplieron con tesón. Luego salieron los rescatistas que habían ingresado para facilitar el salvamento y, finalmente, Sebastián Piñera selló el orificio de esa gloriosa pesadilla con una tapa metálica, como quien sella la puerta de una casa vieja al terminar la mudanza. Y es que, en definitiva, esa es la sensación que ha quedado: la de que Chile se mudó a otra parte, se fue del barrio pobre.

Publicado en el periódico El Mundo, el 18 de octubre de 2010

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Posted by Saúl Hernández

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