Un sofisma que ha impulsado la campaña presidencial de Antanas Mockus en detrimento de la de Juan Manuel Santos es el cuento de que un gobierno dirigido por Santos nos llevaría a una guerra con Venezuela. Se trata, por supuesto, de una argumentación que tergiversa los hechos y retuerce la lógica, valiéndose de un sentimiento tan propio de la naturaleza humana como es el miedo, que induce a tomar una decisión equivocada, empujados por una reacción emocional primaria, plagada de cobardía.

Pongamos las cosas en perspectiva. Primero. Hugo Chávez es cómplice y auspiciador de las Farc, peligroso grupo terrorista que asesina, secuestra, trafica, extorsiona y comete un sinfín de crímenes contra los colombianos. Esa relación está comprobada ampliamente por autoridades de Colombia y Estados Unidos, y hasta por la justicia española, que también vincula el chavismo con el grupo terrorista Eta.

Segundo. Hugo Chávez se está armando hasta los dientes desde hace muchos años, mucho antes de que se pensara siquiera en la posibilidad de tener eso que llaman erróneamente ‘bases militares gringas’. Y Chávez no se arma para luchar contra E.U., pues este compra todo su petróleo y se lo paga religiosamente, y tiene un descomunal aparato militar; tampoco contra sus vecinos poderosos como Brasil, Francia (por sus posesiones de Martinica, Guadalupe y la Guayana Francesa), Holanda (que tiene tres islas vecinas: Aruba, Bonaire y Curazao) o Gran Bretaña (que abriga estrechos lazos con antiguas colonias suyas que pertenecen a la Commonwealth: Guyana, Antigua y Barbuda, Saint Kitts, Dominica, Santa Lucía, San Vicente y Granadinas, Trinidad y Tobago, Barbados y Granada). No, Chávez apunta es a Colombia y las pruebas están al canto, en sus insultos, en sus amenazas, en su complicidad con las Farc.

Tercero. Hugo Chávez tiene un proyecto liberticida y totalitario para todo el continente, de corte imperialista y expansionista. O sea, el viejo sueño de ese criminal que se llama Fidel Castro, de extender el marxismo por toda América Latina, pero ahora con posibilidades reales gracias a los recursos económicos que el petróleo le brinda al gobierno venezolano. La influencia chavista en la región no es una hipótesis sino una realidad comprobada: su intervencionismo descarado es un hecho más que notorio en países que ya son satélites del ‘Socialismo del Siglo XXI’, como Bolivia, Ecuador y Nicaragua; en otros donde ha tenido éxito relativo, como Argentina y Honduras (con Zelaya); y donde ha sido repelido, como en México y Perú.

Concluyamos, entonces, que Chávez es socio de los criminales que pretenden someter a Colombia; que el estar armado hasta los dientes lo convierte en una amenaza latente para nuestra supervivencia; y que esa amenaza se hace palpable por su deseo manifiesto de infiltrar su revolución en nuestro país. De ahí que seamos objetivo suyo independientemente de quién sea Presidente aquí. La pregunta es: ¿Chávez va a desistir de sus protervas intenciones por las buenas? Rotundamente, no. Todo esto significa que tenemos dos alternativas: comportarnos como cobardes y perder nuestra libertad quien sabe por cuántas generaciones o ser firmes y disuadir al invasor.

El dictador y las Farc pretenden apoderarse de Colombia a cualquier costo y querrán los débiles que cedamos a esas pretensiones para evitarnos los horrores de la guerra, pero ser firmes es la mejor forma de disuadir a un déspota cobarde como Chávez, haciéndole ver que será seriamente golpeado si tiene la osadía de enviarnos sus sukhois y sus batallones.

Si el próximo gobierno de Colombia escoge el camino del apaciguamiento, puede que nos ahorremos las escaramuzas e, inicialmente, algunos muertos. Pero estaremos vendiendo nuestra libertad, acaso por siempre, por unas pocas monedas. No sobra recordar, por enésima ocasión, que las monstruosidades de Hitler –y por añadidura las de Stalin– se originaron en la actitud cobarde de Chamberlain y Daladier, quienes no fueron firmes con el Führer creyendo que así salvaguardarían de una guerra humillante a sus países. Cuenta la historia que Daladier (Primer Ministro de Francia), al ser recibido a su regreso de Munich por una multitud delirante que creía salvada la paz mundial, sólo atinó a exclamar: “¡qué idiotas!”.

Publicado en el periódico El Mundo, el 10 de mayo de 2010

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Posted by Saúl Hernández

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