La Cepal calcula en US$ 49.500 millones las pérdidas por desastres naturales en América Latina en 2010. El terremoto de Chile causó daños por US$ 30.000 millones y el de Haití, por US$ 7.754 millones. Colombia figura en el sexto lugar en el ranking de países afectados, con pérdidas por solo 342 millones de dólares que no reflejan la realidad de lo que está pasando.

Dejando a un lado la luctuosa contabilidad de víctimas y la discusión sobre el cambio climático, el hecho es que Colombia está viviendo el peor invierno de los últimos 40 años y que este ya constituye la peor tragedia de nuestra historia si no en número de víctimas –poco más de 200– por lo menos sí en las cifras de damnificados, unos dos millones, con el agravante de que todos los colombianos podríamos terminar sufriendo, de una u otra forma, las consecuencias de este desastre.

Veamos las cifras: hay inundaciones, damnificados y víctimas en 28 de los 32 departamentos del país. Casi el 25 por ciento de los municipios tienen algún grado de inundación; 680.000 hectáreas dedicadas a la agricultura están anegadas y se han perdido 400.000 toneladas de alimentos; un millón de hectáreas donde pastaban animales se perdieron y 40.000 cabezas de ganado han muerto. Cerca de dos millones de personas  han perdido su casa, sus bienes o su forma de sustento. Hay 3.000 casas totalmente destruidas y 300.000 averiadas o bajo las aguas. Casi medio millar de vías han sufrido algún impacto y medio centenar están cerradas.

Si el panorama descrito parece sombrío, lo grave es que puede empeorar porque la temporada invernal podría prolongarse hasta mediados del 2011. De hecho, las pérdidas se incrementan a diario. A finales de noviembre, los costos de atención y recuperación de esta calamidad se estimaban en 4 billones. Ahora se habla de 10 billones de pesos, muchísimo más de lo estimado por la Cepal.

Ante cuadro tan dantesco solo cabe preguntarse ¿qué va a hacer el gobierno de Santos para solucionar este drama y evitar que semejante contratiempo le impida cumplir con las metas que prometió? Ya se oyen voces que argumentan que esta es una oportunidad de oro para dinamizar la economía y crear empleo, reconstruyendo lo que ha sido arrasado por las aguas y levantando una infraestructura de primera clase que resista las temporadas invernales venideras.

Sin embargo, ese optimismo podría estar encubriendo la falta de compromiso de buena parte de la clase política y la ciudadanía, entre quienes no se advierte una gran preocupación ni por la tragedia en sí ni por su impacto en la economía. Se cree que con un poco de solidaridad se salda el asunto pero, aunque muchos han sido generosos, la magnitud de la tragedia rebasa las muestras de buena voluntad. Basta ver que ‘Colombia Humanitaria’, iniciativa liderada por el Presidente Santos y su esposa, apenas ha recaudado cinco mil millones de pesos en casi dos semanas.

Ni siquiera los hombres más ricos del país han estado a tono con la filantropía de potentados como Bill Gates y Warren Buffet. Julio Mario Santo Domingo ofreció una donación de 5 millones de dólares; Luis Carlos Sarmiento entregó 15.000 millones de pesos, y Carlos Ardila Lulle donó otros 15.000 millones. Por supuesto, estas sumas son exorbitantes, pero si Santo Domingo tiene una fortuna de US$ 6.000 millones –según Forbes–, su aporte es de menos del 0,1 por ciento de la misma, en tanto que el donativo de los tres magnates en conjunto no llega ni al 0,5 por ciento de los US$ 5.000 millones que costaría la reconstrucción.

De ahí que nos debería quedar claro a Gobierno y contribuyentes que esto no se soluciona con pañitos de agua tibia, ni esperando que lleguen las donaciones que el Santo Padre nos prometió a través de la red Caritas. Lástima que, haciendo honor a la tradición colombiana de debatirlo todo eternamente, apenas se esté abriendo la discusión acerca de si esto se va a enfrentar vendiendo activos, contratando deuda, aumentando impuestos, o de las tres formas.

Es bueno tomarse las cosas con optimismo, y creer que esta especie de ‘Katrina’ que está sufriendo Colombia se puede convertir en una suerte de Plan Marshall que sirva para poner a andar la economía a un ritmo sustancialmente mayor al usual y no solo para volver al mismo nivel de pobreza que teníamos antes de que se desatara el diluvio. Pero se necesita hacer a un lado la indecisión y actuar pronto. Como diría Keynes, “a largo plazo todos estaremos muertos”; en caso de tragedia todas las tareas son urgentes, y lo urgente también es lo importante. Aquí se ha debatido por 60 años si debe construirse un metro en Bogotá y, a menos que Santos use ese cheque que constituye su 90 por ciento de popularidad para romper esos malos hábitos, pasarán años antes de que el país se recupere de esta tragedia, si es que la naturaleza nos da tiempo antes de la próxima.

(El Mundo, 20 de diciembre de 2010. Una versión más amplia de este artículo fue publicada en el portal América Economía)

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Posted by Saúl Hernández

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