Hay una realidad repetida hasta el cansancio: con el señor Hugo Chávez, Presidente de Venezuela, no hay ninguna posibilidad de acercamiento y reconciliación porque lo suyo es un proyecto revolucionario de corte expansionista que tiene a Colombia como uno de sus principales objetivos, si no el principal. El Teniente Coronel lo viene advirtiendo desde hace años: “Colombia y Venezuela somos una sola república (…), somos la Patria Grande de Bolívar”. Y todo lo que Chávez ha advertido lo ha venido cumpliendo con una paciencia asombrosa: el cambio de la constitución venezolana, su atornillamiento en el poder, el encarcelamiento de sus opositores, las expropiaciones, el cierre de medios de comunicación, la usurpación de todos los poderes del Estado, etc. De ahí que quienes no crean en sus amenazas, o no les den importancia, ha de ser porque están interesados en que la ideología liberticida que Chávez representa, se instale aquí.

Si bien existe una gran preocupación por la decisión de Chávez de cortar relaciones con Colombia, habría que preguntarse si es posible dar por terminada una relación que no existía. En lo político, los gobiernos y las tendencias dominantes de ambos países son como el agua y el aceite: el triunfo de Santos es la ratificación, por parte de más de tres cuartas partes de los colombianos, de que no queremos aventuras socialistas, comunistas, marxistas, progresistas, o como se las quiera llamar. El Polo Democrático, único partido de izquierda en Colombia, cercano a Chávez y a las Farc, obtuvo una pobre votación. La senadora Piedad Córdoba, también cercana a Chávez y a las Farc, es, de lejos, la persona más repudiada por los colombianos, solo superada recientemente por Íngrid Betancur, por lo menos en los chistes que se difunden por internet.

En lo económico, Venezuela adeuda más de 700 millones de dólares a empresas colombianas por concepto de importaciones, de manera que no tiene sentido venderle a un país que no paga sus deudas y que, además, nos somete a expropiaciones arbitrarias, como ha sucedido en los casos de Argos, el Éxito (aunque no sea ya de capital nacional) y otros emprendimientos realizados por colombianos en su territorio.

El problema con Hugo Chávez, no se soluciona ‘arrodillándonos’ como lo sugieren algunos despistados, más preocupados por recuperar el intercambio comercial. Los cinco mil millones de dólares que se están dejando de ganar son una buena carnada pero, como tal, sería un precio pírrico en tanto le sirva al marxismo castro-chavista para apuntalarse en Suramérica y, particularmente, en Colombia. Por fortuna, ya sustituimos el mercado venezolano en más del 80 por ciento mientras para Chávez los problemas que ello le ha causado se agrandan cada vez más. Como si fuera una alegoría de la descomposición del régimen venezolano, los vecinos de Puerto Cabello han soportado durante varias semanas el pavoroso olor a podrido que despiden más de 100.000 toneladas de alimentos en descomposición que se acumularon en los muelles. Un problema que no se presentaría si le compraran esas viandas a Colombia. De hecho, Pdval (filial de Pdvsa que importa y distribuye alimentos) ha perdido 6.000 millones de dólares desde que fue creada en 2008.

Muchos se preguntan, en el entendido de que la presencia de guerrilleros colombianos en Venezuela, con la aquiescencia del gobierno de ese país, era un hecho inocultable que se conocía de tiempo atrás, ¿por qué el Presidente Uribe trajo a colación el tema justo cuando está a punto de dejar el poder, interponiéndose en supuestos avances del nuevo gobierno de Santos?

La verdad es que Santos no estaba logrando ningún avance con Chávez, quien es muy astuto para endulzar el oído –lo ha hecho varias veces con Uribe– mientras le mantiene su apoyo a las Farc. No se olvide que el mismo Chávez llamó ‘mafioso’ a Juan Manuel durante la campaña y advirtió que de ganar, habría guerra. A menos que le entregue el país, ningún gobernante de Colombia lograría tener buenas relaciones con el dictador vecino, y tendría que empezar por renunciar a la colaboración de los gringos y a las tales bases militares.

Seamos sensatos, Colombia no debe tener relaciones con quien apoye a las guerrillas. Eso es antiético, inmoral y hasta ilegítimo. El Estado no está para contemporizar con criminales ni con sus contrafuertes o auxiliadores, a menos, como lo indica el pragmatismo político, de que se tratara de un mal menor frente a otro que tuviera en riesgo la supervivencia de la Nación, que es lo que algunos arguyen cobardemente para pedir que nos arrodillemos por unos centavos. Pero ese no es nuestro caso ni somos los cobardes que algunos quisieran.

Publicado en el periódico El Mundo, el 26 de julio de 2010

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Posted by Saúl Hernández

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