La gran expectativa frente al referendo de este 2 de noviembre en California, que busca la legalización de la producción y el consumo de marihuana en el principal estado de la Unión Americana, se fundamenta en una conjetura muy discutible que se viene replicando hace tiempo como una verdad revelada: que la legalización acabaría con las mafias del narcotráfico y la violencia consecuente.

Pero, además, a esta utópica hipótesis se le agrega una segunda parte, según la cual la legalización no supondría un aumento exacerbado del consumo ni un problema de salud pública porque ello podría prevenirse con campañas educativas. Como ello no parece evidente, los partidarios de la legalización suelen esgrimir un par de justificaciones desdeñosas de la realidad: la primera es el manido cuento de que la marihuana es una droga blanda que no hace ‘nada’; que, incluso, el tabaco y el alcohol son más dañinos pero que frente a ellos ha habido una descarada hipocresía y una doble moral. La segunda es que si las drogas son en verdad perjudiciales, es un asunto que pertenecería a la esfera íntima de las personas y que usarlas es decisión de cada cual, que para eso se es ‘adulto’ y el Estado no puede coartar la ‘libertad’ de las personas. Es más, con el cuento aquel del ‘libre desarrollo de la personalidad’ se ha pretendido justificar también el ‘derecho’ que tendrían hasta los menores de edad a la traba ‘recreativa’.

Hablemos de la premisa inicial. Según la teoría de los promotores de la legalización, a la mañana siguiente de su promulgación los miembros de las más poderosas organizaciones criminales van a salir a repartir hojas de vida, a manejar taxis y a montar empresas reales para ganarse la vida honradamente; empresas de las que se quiebran de verdad, pagan impuestos y compiten con multinacionales. No seamos ilusos. Las mafias de los tiempos de la prohibición en los Estados Unidos –tema tan recurrido por los partidarios de la legalización– no se dedicaban solo al tráfico de alcohol; ellas controlaban barrios enteros, distritos comerciales o ramas de la economía: por ejemplo, los puertos, la industria de la construcción o los restaurantes. Mediante extorsiones o vulgares usurpaciones, se hacían a una tajada de las ganancias de sus víctimas o a negocios enteros, un hotel aquí, una carpintería allá.

Basta leer el libro de Roberto Saviano, Gomorra, para darse cuenta de que las mafias están diversificando sus negocios cada vez más. El de las drogas da muchas ganancias pero genera muchos riesgos. En cambio, el mercado negro ofrece múltiples alternativas con ventajas que compensan los menores ingresos. Recientemente se informó que medianos grupos de narcos, en Antioquia, Córdoba y otros departamentos, se pasaron a la explotación ilegal del oro, de la que obtienen excelentes ganancias sin tener que lidiar con fuerzas de élite de la Policía. Apenas ahora empiezan a ser controlados, y eso por los daños medioambientales que vienen causando.

La producción de narcóticos no está determinada por la pobreza ni por la demanda interna o externa sino por la debilidad de las instituciones y la proclividad cultural a violar la ley. Solo Colombia –y ahora México– ha tenido un papel tan relevante en el narcotráfico en el último medio siglo. En ninguna otra parte ha habido carteles tan poderosos y tan sanguinarios como los nuestros y en ninguna otra parte la sociedad se ha corrompido tanto por este flagelo. Pero hay que reconocer que esta práctica no es un fin sino un medio, el propósito es el enriquecimiento desmedido y apresurado y la concentración de poder que ello representa.

Luego, no es una especulación gratuita sospechar que la legalización del negocio, bien sea de manera parcial o total, no acabará con los grandes delincuentes ni con su violencia pues, en el ‘mejor’ de los casos –si puede decirse así–, lo único que se logrará es que estos cambien de medio para seguir consiguiendo dinero por montones, cosa que solo se alcanza saltándose la ley y quitando por la fuerza, de en medio, a quien estorbe.

No se trata de imponer aquí una visión moralista; ya a nadie escandaliza ver un marihuanero. Por el contrario, se ha reconocido ampliamente que el consumidor es un enfermo y no un criminal, pero el hecho es que las drogas son tremendamente nocivas, de eso pueden dar fe miles de madres que han visto destruirse sus familias y los médicos expertos en farmacodependencia, todos los cuales manifiestan que legalizar las drogas es un verdadero suicidio para toda la sociedad.

Publicado en el periódico El Mundo, el 1 de noviembre de 2010

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Posted by Saúl Hernández

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