SI hubiera sido posible imaginar algo más grotesco en la televisión colombiana que las series de prostitutas y mafiosos que la han plagado en los últimos años, y que han sido rechazadas abiertamente en países como Ecuador y Panamá, ello no hubiera superado el espectáculo inmoral, antiético y mercantilista –por decir poco– del cubrimiento noticioso que los canales privados vienen realizando acerca de la adjudicación del tercer canal.

Para cualquier televidente sensato la noticia sobre la adjudicación de un canal de televisión no tiene más importancia que informar sobre hechos de corrupción, desastres invernales o sucesos criminales. Incluso, no tiene más importancia que la sosa tanda de goles dominicales o la deleznable sección de ‘entretenimiento’, en la que les meten a los televidentes, a cualquier hora del día y con el fin único de subir el rating y vender más pauta, las más escabrosas frivolidades.

Pero lo del tercer canal no tiene parangón. La cantidad de minutos dedicados diariamente al tema –a mañana, tarde y noche–, el número de analistas consultados, la afectación que ponen los presentadores en esas notas, entre otros detalles, hacen pensar al espectador desprevenido que el futuro de la patria se está jugando en esa licitación. ¿Se trata, en realidad, de algo tan importante?

Si los dueños de esos canales tuvieran algo de decencia –no digamos los periodistas, que están cuidando la cuchara–, tendrían el tacto de informarle a su teleaudiencia, cada vez que van a desplegar sus ataques contra la adjudicación del tercer canal, que ellos son los directos perjudicados con la misma, ya que entre ambos se reparten el delicioso pastel de la pauta publicitaria (916.000 millones en 2009), y que de llegar un tercer competidor nacional tendrían que compartir la torta con él, lo que, en términos aritméticos, implicaría una pérdida del 17 por ciento de ingresos para cada uno (155.000 millones), que bien puede ser mayor o menor.

Los canales privados también deberían explicarles a los televidentes, que ellos suscribieron un contrato de exclusividad con el Estado que los convirtió en un duopolio por espacio de diez años, pero que este se venció hace casi dos y que cada día que se demore la inefable Comisión Nacional de Televisión en adjudicar el tercer canal significa más dinero para los grupos propietarios de los canales privados, ganado en condiciones ventajosas y, probablemente, ilegítimas, lo cual influye, además, en la baja calidad de televisión que se le está ofreciendo a los televidentes colombianos.

Ahora se ha llegado a una especie de callejón sin salida en el que el Grupo Planeta se ha quedado como único oferente de la licitación. El Consejo de Estado dictaminó que el proceso no podía continuar si no había pluralidad de oferentes, y la Procuraduría aconsejó a los comisionados tener prudencia y suspender la adjudicación.

Se le ha hecho creer a la opinión que adjudicar el tercer canal en estas condiciones es un acto de inmoralidad administrativa y una muestra del ‘todo vale’ que supuestamente caracteriza a la administración saliente. Pero se omite recordarle a la opinión que dos de los oferentes, Prisa de España y Cisneros de Venezuela, se retiraron en un gesto de juego sucio al no tener mayores probabilidades de ganar la licitación. Un sabotaje con el que pretendían modular la fecha de adjudicación para cuando ellos estén en condiciones de ganar y por el que deberían ser escarmentados, culminando el proceso. Por cierto que licitaciones de un solo oferente no son anómalas, el Estado debe y suele adjudicarlas.

Así como cuando se rumora de la candidata más bonita –para sacarla de la baraja– que le tienen comprada la corona, desde los inicios de este proceso se fraguó un guión de telenovela según el cual el gobierno de Álvaro Uribe quería adjudicar el canal a dedo en cabeza de la Casa Editorial El Tiempo (hoy Planeta) para pagarle favores recibidos. No, a los interesados –léase Valórem (antes Grupo Santo Domingo) y Organización Ardila Lülle–  no les preocupa la transparencia del proceso sino el detrimento económico que van a sufrir al dividir entre tres ese par de tetas que les han significado un verdadero paraíso por más de diez años. Lástima que el televidente no pueda decir lo mismo.

(El autor es columnista habitual del periódico El Tiempo).

Publicado en el periódico El Mundo, el 2 de agosto de 2010

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Posted by Saúl Hernández

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