Como están las cosas, nada raro que los chistes que pululan en las redes sociales de Internet se vuelvan realidad. Por ejemplo, que un juez declare ilegal todo lo actuado en el campamento del ‘Mono Jojoy’ por no haberse ejecutado en horas de oficina o que, dentro de 20 años, los generales que comandaron el operativo terminen presos a efectos del mismo, mientras los supervivientes de las Farc -los que están en Venezuela- ocupen senadurías, gobernaciones y ministerios.

Pero, al margen de esos presagios siniestros, lo que queda claro es que ni las Farc se estaban ‘adaptando’ ni la Seguridad Democrática se había agotado. Emboscar policías no es sinónimo de fortaleza sino de debilidad, y es parte de una estrategia acordada con sus colaboradores para hacerle resonancia a una nueva negociación que la guerrilla necesita desesperadamente para, ahí sí, poderse recuperar. Por eso, ceder ahora es caer en otro engaño, pues estos extremistas pretenden todo el poder y no una parte, y no cejarán en su empeño de tratar de imponer un rancio régimen comunista. Ellos no creen en más alternativas que en eso de ‘revolución o muerte’, y por otra cosa no se van a transar.

Por fortuna, el país ya no come carreta. Tan solo algunas mentes calenturientas, que pretenden que nos olvidemos de todo lo ocurrido en el Caguán, confían en que pueda darse una salida política a estas alturas. Bájense de esa nube. Cualquier proceso de paz con las Farc tiene que darse a través de la Ley de Justicia y Paz, lo cual implica, entre otros compromisos, un mínimo de cárcel insalvable. Lo máximo que se les podría ofrecer es el compromiso de no extradición en tanto se manejen bien porque, de lo contrario, como narcos que son, podrían terminar compartiendo corredor con ‘Macaco’ o ‘Don Berna’, en una penitenciaría gringa.

Es claro que un proceso de paz con carácter punitivo no es lo que están imaginando ni proponiendo los mamertos que sueñan con otro Caguán. Pero deben ir entendiendo que el país no permitirá más procesos impunes -amnistías, indultos, absoluciones- y que la justicia internacional, que la misma izquierda se inventó, tampoco da lugar a ello. Por cierto que al gobierno de Santos le va mejor mientras más éxitos cosechen los Tucanos y Arpías, y nuestros héroes de carne y hueso, así que sepan leer los signos de los tiempos y pídanles a sus amigos que se rindan si no quieren terminar muertos. Tuvieron su momento en el Caguán y lo desaprovecharon. Esa muchacha bonita no volverá a pasar.

¿Qué le sigue a la muerte de ‘Jojoy’? Pues que el Estado seguirá triunfando y los cabecillas, cayendo como moscas; aumentarán las desmovilizaciones; una parte de las Farc se atomizará en bandas netamente delincuenciales y otra, con apoyo internacional, se transformará en pequeñas células terroristas urbanas que actuarán de forma similar a Eta o al Ira.

¿Se acabarán las Farc? El caldo de cultivo de la subversión no es la pobreza -que, sin embargo, debe erradicarse- sino una visión dogmática de la política que estimula la anarquía de algunos inconformes. Ya es hora de que la rebelión deje de verse como un delito político cuando no es más que terrorismo. Esa justificación jurídica es una aberración de nuestro ordenamiento legal.

En España, lo único que pone de acuerdo al PSOE con el PP es la censura a Eta, y todo partido que se niegue a condenar a esa banda criminal está proscrito por ley; hay tolerancia cero. En cambio, aquí hemos permitido la participación en política de partidos, personas y organizaciones que les hacen el juego a las Farc, y, en aras de la libertad de expresión y el disenso, se consiente la apología. También hemos permitido que las universidades públicas sean centros de reclutamiento de la subversión y ya es hora de recuperarlas. Con el ‘Mono’ hay que enterrar todo intento de intervenir en política con armas en la mano y de querer suplantar la democracia.

Publicado en el periódico El Tiempo, el 28 de septiembre de 2010

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Posted by Saúl Hernández

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