En un país donde casi nada funciona bien es refrescante y esperanzador ver el éxito de los Juegos Suramericanos de Medellín. Y no me refiero al triunfo de Colombia en lo deportivo, que también cuenta, sino a lo concerniente con la organización del certamen, en lo que se obtuvo la verdadera medalla de oro, y a la magnífica respuesta del público con su asistencia masiva a las competencias.

Los países no se pelean la sede de los más importantes eventos deportivos por aquello de convidar ‘pan y circo’ a sus ciudadanos, sino porque es una forma amable de demostrar a sus pares su capacidad económica, social y cultural. Está demostrado que los países que organizan este tipo de certámenes se muestran aperturistas y generan más confianza, la que después se traduce en incrementos del turismo, del comercio, de intercambios culturales y migratorios, entre otros beneficios. En el mundo globalizado de hoy, el que se cierra se aísla, de ahí que no pocos creamos que Colombia perdió una gran oportunidad cuando renunció a la sede del Mundial de Futbol de 1986, evento que otras naciones de similar desarrollo habían hecho sin problemas. Además, hubo el sofisma de que se iba a dar mejor destino a esa inversión, empleándola en casas, escuelas y hospitales que nunca se vieron. Claro que, al parecer, en esa época no estábamos preparados para hacer algo a la altura, y el gran logro del país en estos Juegos es el de cambiar esa perspectiva, superando el temor de quedar mal en compromisos internacionales.

El éxito de la organización de este evento empezó a evidenciarse cuando se entregaron los escenarios terminados con un mes de anticipación. Escenarios de una calidad muy superior a lo acostumbrado en el medio: amplios, bien ventilados, con excelente iluminación, con acabados de primera calidad y dotados de un óptimo equipamiento deportivo. Escenarios que motivan a atletas y espectadores, y despiertan vocación entre los niños y los jóvenes.

La inversión de 320 mil millones no es desproporcionada; es una cifra modesta para unos escenarios que durarán 30 ó 40 años. Y aquí no habrá elefantes blancos porque todos esos escenarios los usan los deportistas a diario en sus entrenamientos. Es decir, los escenarios realmente nuevos son pocos: una bolera, un coliseo en Itagüí y tres piscinas; todo lo demás existía. La mayor parte de la inversión (80 mil millones) se concentró en la reconstrucción de los cuatro coliseos de la unidad deportiva, pues estaban vetustos y amenazaban ruina. Inclusive, para varios deportes se aprovecharon las instalaciones del Centro de Convenciones (bádminton, esgrima, pesas, voleiplaya), de clubes privados (tiro deportivo, equitación, esquí) y escenarios naturales (canotaje, vela, remo, triatlón, ciclocross). Es decir, el asunto es más de organización y de infraestructura preexistente, no tanto de hacer de repente lo que no se hizo en 50 años.

Y como ‘el diablo está en los detalles’, los organizadores no los dejaron al azar, todo funcionó a la perfección: el ceremonial de premiación fue impecable en todas las pruebas; los horarios se respetaron con puntualidad inglesa; en la magnífica villa deportiva había Internet y larga distancia gratis para los atletas; el comedor olímpico operó a la perfección –y sin regionalismos, pues se contrató una empresa de Barranquilla–; y la entrada a las competencias fue gratuita para evitar el triste espectáculo que ofrecen las tribunas vacías. Lecciones que, sin duda, deben implementarse en el Mundial Juvenil del 2011.

Finalmente, comparto la apreciación de muchos en el sentido de que la inauguración, de 6 mil millones de pesos, lució muy costosa para lo que se vio y que, de cierta forma, fue un despilfarro. La verdad es que aparte del juego de luces y la espectacular exhibición de juegos pirotécnicos, la inauguración fue un sencillo acto de circo traído de Las Vegas y presentado sin ninguna adaptación al deporte –no hubo pebetero– y a nuestro medio, a nuestra cultura. Se pretendió insinuar, a través de la locución en televisión, la presencia de alegorías a nuestra historia e idiosincrasia pero poco de eso se vio en realidad. Sin embargo, no fue un acierto menor el no caer en folclorismos baratos, con trovadores, papayeras y mulas esparciendo cagajón.

Traer a colación la ruina de Montreal por organizar los olímpicos de 1976 a un costo de 10 mil millones de dólares no viene al caso. El Cubo de Agua de Beijing, solo, costó casi lo mismo que se invirtió para los Suramericanos y, a pesar del inmenso desfase, a ratos parecía que estos eran unos Juegos Olímpicos. Por cierto que el aumento de la autoestima del país no tiene precio y sus efectos se multiplicarán a futuro. Sólo cuando se enfrentan retos con excelencia se puede alcanzar la senda del desarrollo.

Publicado en el periódico El Mundo, el 5 de abril de 2010.

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Posted by Saúl Hernández